Escritor en Allak – La extraña felicidad del gato callejero

Es una norma básica que sospecha todo aquel que haya indagado un poco en las estructuras narrativas: que cuando el guionista o escritor no se aclara a trabajar el desarrollo de algo, se lo carga.

Si es una situación, la desluce pronto y mal, o directamente la borra del script o la novela, y si se trata de un personaje, pues lo mata. Y no es tanto cuestión de impericia, como de ajetreo, viveza y premura.

Es lo que le sucede a la cimbreante 7 maneras de matar a un gato, la primera novela del periodista cultural Matías Néspolo.

Y es que sí, se trata de una novela gatuna, que opera rapidísima y que, por ello, justamente, necesita de un desenlace que no puede ser sino una trompada frontal contra la pared. Y la razón para ello es que es una historia de droga, desesperación y balaceras, la cual se obliga (por su propia naturaleza) a dispersase tan rápida e inane como las volutas ociosas de un cigarrillo arrugado. Y ello no es una crítica, sino un elogio.

Porque es gracias a esta precisión que entende(re)mos que el Gringo, héroe moral de la novela, no puede más que correr mientras las ve venir, e ir agachándose y escondiéndose, dando vueltas a las esquinas y buscando las sombras, del modo análogo al que haría un gato.

Es esta una novela de apariencias, pues El Gringo tiene un amigo que se llama el Chueco y que, en verdad, de amigo poco. El Gringo vive con una señora a la que llama abuela, y que lo crió, pero que no es su abuela. Tiene un (pseudo)familiar llamado el Toni, desaparecido diez años atrás, al que llama hermanastro, pero que, como él,  es huérfano. Y también tiene (tenía) una madre, de la que apenas sabe, recuerda ni quiere averiguar nada.

Aparte de esto sólo tiene una copia de Moby Dick, de Herman Melville, que desprecia, y no quiere leer, pues le espeta que “[Ismael, el narrador] se cree que somos todos tarados. ¿Cómo puede contar semejante bolazo?” [1]. Pero el bolazo, en realidad, es la incapacidad de el Gringo para encontrar un motivo entre tanta desdicha; ni le sirve el amor, ni la promesa de la huida, ni el conocimiento de la sórdida historia de la muerte de su madre (en la que el Toni está involucrado).

Siete maneras de matar a un gato es justamente por ello una novela de lejanías, que delata la distancia geográfica del autor con lo narrado, la distancia sentimental del personaje con lo vivido,  y la distancia empática del lector con los hechos.

Ello viene sabiamente vehiculado en un lunfardo desafecto, casi discrepante, y que obliga a todos los personajes que transitan por la novela a hablar casi igual, negándo(se)les la identidad.

El mayor acierto de la novela, a mi juicio, reside aquí, en la evidencia de eso que quiere retratar: la generación menemista de los ochenta, una generación perdida que había sido olvidada por la narrativa argentina.

Y otro de esos longevos olvidos es que el que nos recordaron los periódicos ayer: la del “anónimo” J. D. Salinger, que murió el miércoles, en New Hampshire, a sus 91 años.

Podría pensarse que el recorrido personal e intelectual de Salinger tiene también algo de gatuno, pues tan felinas son las garras al frente con las que recibió al cámara que le pilló hace unos años empujando el carrito de la compra (y que es su única fotografía conocida desde aquella foto lejana de su graduación), como sagaces son los devaneos de Caulfield, el personaje de The catcher in the rye, e igual de  taimados son los perfiles psicológicos tanto de los protagonistas de su novela Franney & Zooey, como perspicaces los de sus Nine stories.

Y es que en su empeño de cuatro décadas de ronronear por las callejas de su ofuscación y su genialidad (si es que no son la misma cosa), Salinger no nos permitió más que adivinar -y esto de soslayo- su sombra estirada y siempre esquiva de maldito gato negro, aquel que negando las leyes de la superstición y el azar, ya sabe que “la fórmula de la felicidad y de la longevidad es hacer lo que a uno le dé la gana” [2]. Y lo hace.

Pensando en esto, no dejo de confiar en la incrédula afirmación de Rafael Narbona, al decir que la muerte de Salinger no es más que una “notable exageración” [3]. Supongo que la misma que sostiene el título de la novela de Néspolo, y que el propio libro niega, pues “a la hora de la verdad sólo hay dos [maneras de matar a un gato]: por las buenas o a la brava” [4].

Será que Salinger lo intentase cordialmente durante tanto tiempo que no le quedó más que darse al deguello. Y marchó. Silencioso. Sin previo aviso, igual que los zarpazos traidores de los gatos.

O igual es que sabía que, aunque haya siete formas de matar a un gato, los linces bravos como él, tienen nueve vidas.

[1] &  [4] Matías Néspolo. Siete maneras de matar a un gato. Ed. Los Libros del Lince. Barcelona. Junio de 2009. [pág 156 & 7]

[2] Gabriel García Márquez. Citado por Miguel Dalmau en su columna “Territorio Dalmau”, incluido en La Bolsa de Pipas. nº 76. Esporles (Mallorca). Enero-Marzo 2010.  [pág 64]

[3] Rafael Narbona. La segunda muerte de J. D. Salinger. El Cultural, de El Mundo. 28-01-2010.

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