Escritor en Allak – James Joyce que estás en los cielos

Habla Zadie Smith en su ensayo “That crafty feeling” [1] sobre algo que ella llama magical thinking. Según la idea de Smith, un escritor, llegado a la mitad de la escritura de su novela, se enfrenta a una suerte de estado mental caracterizado fundamentalmente por el colapso del tiempo. Entonces, todo lo que existe en el mundo, absolutamente todo, está relacionado con su novela.

Dice Zadie Smith que sucede que si este escritor coge un libro de poesía de la estantería y lee la primera línea de un poema (la primera que le venga a tiro), se acabará dando cuenta este escritor -que está en su momento de magical thinking- de que este verso azarosamente encontrado le servirá de epígrafe, y que era justamente el epígrafe que el escritor necesitaba, y todavía más, que ese verso hubo de ser escrito por el poeta con la única intención de facilitarle el trabajo a este escritor que lo ha hallado.

Pues bien, estaba yo hojeando un libro de Paul Eluard llamado El amor y la poesía (Visor, Madrid. 1997) y, de pronto, frente a mis ojos se iluminó un neón al tiempo que leía este verso: “Todo lo que se repite es incomprensible” [2].

Verán, sucede que esta semana estaba (re)leyendo a Joyce, concretamente el libro A portrait of the artist as a young man y, al mismo tiempo, estaba yo escribiendo un ensayo sobre Joyce.

La consecuencia es que no paraba yo de hablar de Joyce con Ángela. Y no fue hasta que encontré ese verso: “Todo lo que se repite es incomprensible” que descubrí, sí, completamente, el misterio de James Joyce.

El caso es que la clave del estilo modernista de James Joyce, y que algunos encuentran incomprensible, farragoso y denso, es justamente eso: su incomprensibilidad.

La repetición poética de Joyce persigue el efecto de nublar el juicio, porque no apela, de ningún modo, a la intelección, sino que ataca directo al sentimiento. Porque a Joyce no se le ha de entender a través de la matemática lingüística, sino a través de las improbables concordancias sinestésicas, de la broma lírica; pero, sobre todo, de los fatales juegos de ingenio, que tantas veces pecan de solipsistas, aceptémoslo. Y, en consecuencia, la frustración del lector proviene de ser incapaz de convertirse en la mente del mismo Joyce, cuyas asociaciones se fundamentan en lo sensorial.

Por ello, es Joyce, de una forma oblicua, religioso. Y no porque hable de religión, aunque también, sino porque el sistema estético que comenzó a desarrollar en sus años parisinos, a partir de 1902,  fructificó en un mantra que ya puede verse en A portrait of the artist….

Una compleja nueva teoría de los afectos que, al modo de los barrocos, invoca un nuevo discurso melódico alejado de lo racional y apegado al humanismo. Una estética recitativa, homófona, a pesar de (o justamente por) sus altisonantes divergencias que explotan en una somnolencia propia del discurso sagrado.

Así que, después de haber averiguado la secreta síntesis de la prosa de Joyce y haberme avenido a la revelación del magical thinking, he estado jugando con las páginas conmemorativas de los 20 años de la colección de poesía de la editorial Tusquets, sus Nuevos Textos Sagrados.

Y el neón, para mi sorpresa, nuevamente ha hecho su trabajo.

En esta ocasión ha sido Alfonso Costafreda, quien escribía para mí lo siguiente: “Solitario recorres ciudades extranjeras / y en voz baja murmuras sonidos de disparidad” [3].

El caso es que en mis sueños de esta semana se ha presentado Joyce, no alguien que es como Joyce o se le parece o alguien que dice ser Joyce, no, no, no: Joyce mismo, desde el cielo, se ha presentado en mi sueño conjurando para mi gozo aquello de “Welcome, O life!” [4].

James Joyce, el escritor genial de Dublín, ha sido quien me ha dictado el título de esta columna: “James Joyce, que estás en los cielos”.

Cuando me desperté ayer (el jueves por la mañana) y se lo conté a Ángela (que Joyce mismo me había dicho que tenía que titular “Escritor en Allak” con el título “James Joyce, que estás en los cielos”), ella me miró raro. Y no se lo reprocho.

Porque la verdad, hasta aquel momento (el jueves, ayer) yo tenía pensado hablar de otra cosa, y verán cuando les cuente lo siguiente lo claro que se les volverá todo (o el tembleque que les entrará en el cuerpo).

A comienzos de semana estuve leyendo Amigos que no he vuelto a ver, de Ignacio Vidal-Folch (Anagrama, Bcn. 1997). Me gusta leerle en el Babelia, pero nunca había cogido uno de sus libros. Y saqué este de la biblioteca, por pura curiosidad. Leí las primeras hojas en las también primeras horas de esta semana, con avidez y ligereza, pero pronto me reclamó la atención mi semana joyceana, de trabajo y (re)lectura, así que hube de dejar a Vidal-Folch con el consuelo de las dos pilas de libros que aguardan en una mesilla, y que tengo a la izquierda de mi mesa de trabajo, mesilla utilizada justamente con el propósito de que no se sienten en lástima los libros en standby, pues de esta forma, quedan reunidos en un gran grupo no ya de abandonados en desprecio, sino de reservas en espera de su turno.

El caso es que Joyce, que está en todo, supongo que hubo de darse cuenta de este detalle (ahora que escribo esto desde el futuro del viernes sé lo que no sabía el jueves). Además, estando en el cielo, igual que Dios (me refiero a James Joyce), lo controla todo, hasta mis pensamientos, reflexiono ahora en silencio. Y, cómo no, añado para mí mismo, Joyce está enterado de todas las cosas cotidianas que me suceden.

Pues bien, el miércoles a la tarde (como bien sabía Joyce) estábamos Ángela y yo en el Lletraferit, justamente hablando de él, de Joyce, aunque un poquito también de Virginia Woolf, y luego, velozmente, otra vez sobre Joyce.

A nuestro lado había un grupo de tres personas que, sospecho, nos escuchaban (y ello a pesar de que parecían estar tramando algo, algo tal vez literario, recuerdo que pensé). Eran tres hombres.

De edad indeterminada, sobre los cuarenta años.

Bien, en un momento, harto ya de hablar de Joyce (y a eso de las seis de la tarde), me levanté para ir al lavabo, pagar e irnos.

No sé cuánto hube de demorarme, unos minutos, pocos; supongo.

Al volver a buscar a Ángela a los sillones de cuero de la entrada, percibí la inexistencia del grupo de tres hombres que, hasta el momento en el que yo me hube de levantar, estuvo sentado a nuestro lado.

Ninguno de los tres había allí, en esos tres sillones arrugados y todavía cálidos.

Comencé a ponerme la americana, a recoger los libros (entre ellos, cómo no, A portrait of the artist…), la cartera, y me dispuse a colgarme en el cuello la bufanda.

Entonces Ángela, mediosonriendo, medioconspirando, se rió.

Me miró fijamente.

Dijo: “¿sabes quién estaba sentado ahí, a nuestro lado, en ese grupo de tres?”.

Respondí que no, que no sabía.

Dijo, no sin misterio: “Creo que se estaba fraguando algo, una colaboración literaria, algo así”.

Me quedé en silencio. Yo había pensado lo mismo.

Entonces, con una menesterosa sonrisa cómplice, lo soltó;

dijo: “Ignacio Vidal-Folch”.

Y añadió: “¿Y sabes qué? Me ha saludado, al marcharse”.

Pero cómo, pense y dije, “¿acaso lo conoces?”.

La negativa de Ángela me dejó estupefacto.

“¿Entonces…?”-inquirí.

Ángela siguió negando con la cabeza, sonriendo.

Ayer por la tarde, jueves, me pasé toda la tarde pensando y escribiendo y hablando sobre Joyce.

En algún momento recuerdo que Ángela se sentó a mi lado.

Recuerdo que seguimos hablando de Joyce, y en un momento me vino a la mente la imagen del miércoles a la tarde de Vidal Folch y la visita esa misma noche a mis sueños de James Joyce,

y me dije: “ajá, ya lo entiendo todo…”.

Ahora que lo rememoro, mientras esto escribo, diría –no sin cierto pudor- que se podía detectar en sus ojos, en los ojos de Ángela, ayer a la tarde, mientras yo pensaba y me dije y le dije a ella “ajá, ahora lo entiendo”,

confesaré que algo parecido al chispazo primero del neón inédito de un verso brillaba mágico en sus ojos.

[1] Zadie Smith. Changing my mind (Occasional Essays). Penguin Press. New York. 2009 [pp. 104]

[2] Paul Eluard. “Poema XXVIII”, de “Primeramente”. Incluido en El Amor y la poesía. Ed. Visor. Madrid. 1997. [pp. 43]

[3] Alfonso Costafreda. “¿Hay acaso un lenguaje?”, Incluido en 20 años de poesía. Nuevos Textos Sagrados (1989-2009). Edición de Andrés Soria Olmedo. Ed. Tusquets. Barcelona. Mayo de 2009. [pp. 137]

[4] James Joyce. A portrait of the artist as a young man. Ed. Penguin. London. 2000. [pp. 275]

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