Escritor en Allak – Cuentistas

Semana de picoteos caprichosos, ésta mía.

Días últimos en los que he intentado poner mis manos, como lengua pérfida de serpiente, sobre dos de esas “cápsulas literarias portátiles de lectura instantánea” de la Editorial Alpha Decay, pertenecientes a su colección  de relatos breves Alpha Mini.

Concretamente, lo intenté con Socorrismo, de Antonio Luque y Cul-de-sac de Mercedes Cebrián.

Y me reafirmo al declarar que lo que más mola de los libros es su catalogación. Se lo repito: “cápsulas literarias portátiles de lectura instantánea” (¿puede venir algo mejor después de esto?). Sospecho que no (yo, al menos, no lo he hallado), y esto no va en demérito de las 34 páginas de M. Cebrián ni de las 99 de A. Luque, ricas la una en lo folclorista acumulativo y en su cacharrería lingüística de rompetechos y la otra en lo exótico cotidiano, y decorativo.

Sucede con esta colección como con esos libros que tienen unos título tan buenos y sugestivos que es harto difícil que el contenido los supere.

No quieran ver aquí ironía o maledicencia, porque no la hay.

Confieso que he disfrutado instantáneamente de los textos, del modo fulgurante mismo en el que se diluye el Nesquik en el vaso de leche, según se propone en el lema de la colección.

Piensen en esto: es como cuando uno va con todas sus ganas a un festival musical y hay varios grupos y el conjunto que ofrece el primer concierto resulta ser bueno, buenísimo. Y entonces, pues, maldita la gracia, porque el resto, por muy buenos que sean, ya no nos podrán de ningún modo gustar tanto como el que ya nos impresionó en primer lugar, por la pura sorpresa.

Veamos un ejemplo.

De “Socorrismo”, de Luque. Hagamos la prueba. Así, al azar. Zum, abro el libro. Leamos:

“A  Brian se lo trajo de Palma, del condado de Palma, donde estudiaba los manuales de química como un monje cartujo habría devorado un Playboy” [1]

Analicemos: más allá de la malversada ucronía (ya les digo yo que la figura del cronotopo genettiano es cosa que Luque debe pensar es relativa a la órbita de Marte) y el juego meloso de permutar el patronímico a gentilicio, uhm… sigue pareciéndome mejor el hit primero.

Traten de saborearlo una vez más: “cápsulas literarias portátiles de lectura instantánea“.

¡Me encanta!

En los minutos siguientes a la lectura de los libros de Alpha Decay (apenas tardarán treinta minutos en leer los dos, pero conténtense, que son muy baratos) y, para resarcirme de las picaduras de avispas que me enrojecen las mejillas del alma, leo el relato de Juan Villoro “La estatua descubierta”, incluído en el libro de relatos La banca pierde (Alfaguara, México D.F:, 1998).

Desde que leí un texto que Villoro le dedicó al crítico Masoliver Ródenas en el Cultura/s de La Vanguardia hace varios meses, no puedo dejar de pensar en la barba pangeica y parnasiana de Villoro.

Y eso que nunca me gustó ni su apellido, tan impronunciable, ni menos aún su barba que me hace pensar en un injurioso libelo contracultural.

Y, sin embargo, desde que leí ese texto homenaje a Masoliver Ródenas, en el Cultura/s, no puedo dejar de pensar en que las palabras de Villoro producen algo parecido a eso que la amante  de Goethe, Bettina von Armin, le reclamaba a éste en una carta, cuando le decía:

“if you only knew, how one word of yours often dissolves a heavy dream” [2]

En fin, que “La estatua descubierta” me ha dejado hipnotizado, pues tiene esa concordia justa entre misterio, profundidad psicológica y una trama que no acaba de revelársenos del todo. Y esto gracias a su solapada e imprecisa perfidia, a la sospecha, la insinuación y, finalmente, un enigma que no se nos desvela en su entera complejidad.

Sólo vean cómo empieza, así: “Los jabones negros me dan desconfianza” [3]

No he querido leer más relatos del libro. Y no por miedo, sino por respeto.

Villoro me parece de los pocos escritores coetáneos que amerita se le ponga en un busto en la entrada de casa de uno. Con ese porte regio, griego y docto que tiene, tan magnificente, como de prétor.

He estado manoseando su novela El testigo interminablemente estos días, pero no me he decidido todavía a meterla en la bolsa.

La resguardo para cuando las cosas se pongan feas, feas de verdad.

Entonces, por continuar con alguna actividad lectora, ahora mismo, y ya son las cuatro y media de la madrugada del viernes, manoseo y (re)leo ociosamente Viva voz de vida (Ed. Minúscula, 2008), esa hermosura en la que Marina Tsvietáieva homenajea al poeta ruso Maximilián Voloshin.

En el libro, refiriéndose a la madre de éste, dice Marina que “Lo importante es la suma de los esfuerzos, es decir, la solitaria proeza […] contra todos” [4]

Y, solitariamente, en la madrugada, voy a finalizar este texto mientras lucho contra el insomnio y me ayudo con la escucha uno de esos ingenios cuentísticos en forma de canción que hace tan diestramente el Sr. Chinarro,  alias Antonio Luque.

[1] Antonio Luque. La mina, seguido de Socorrismo. Ed.                    Alpha Decay. Barcelona. Septiembre de 2009. [pág 21]

[2] Bettina von Armin. Carta a Goethe [4 de Noviembre                    de 1810]. Incluída en Correspondence with a child.

[3] Juan Villoro. “La estatua descubierta”, incluído en La Casa Pierde. Ed. Alfaguara. México D.F. 1998. [pág 43]

[4] Marina Tsvietáieva. Viva voz de vida. Ed. Minúscula. Barcelona. 2008. [pág 62]

Anuncios

Comentarios desactivados en Escritor en Allak – Cuentistas

Archivado bajo Escritor en Allak

Los comentarios están cerrados.