El desencanto del trovador

1.

No sé exactamente qué pasa.

El frío, tal vez, o que llevo un par de calcetines encima de los otros. Que me estira la camisa (y es que me ha crecido el pecho estos últimos meses lo que no se hinchó durante los 32 años anteriores).

No lo sé.

Fumamos en la entrada del Palau. Es sábado. Hay gente. Tiritamos. Vengo con A. Me giro. Veo a una amiga suya. No digo nada. Y fumo durante unos segundos más. Me cuestiono si realmente estoy donde estoy y veo lo que veo.

Pienso en mis calcetines y esto me tiene paralizado, durante segundos inenarrables. No sé.

Entonces le digo a Á: ahí está tu amiga.

Y lo digo sin girarme: “apoyada en el marco de la esquina -le digo- donde el bar”

-Ah, sí, qué bien -dice A- saludémosla.

-Claro.

Está ella sola, esperando a más gente. Y esperamos con ella, a esa más gente. Y luego (en pocos minutos, o en segundos, no sé) llega la demás gente y dicen sus nombres que danzan en el aire frío de la calle y nosotros, que somos gente cordial, decimos los nuestros en respuesta a los suyos.

Yo sólo puedo pensar no tanto en el frío como en mis dos pares de calcetines.

No hacía esto (me refiero a lo de ponerme dos pares de calcetines, uno encima del otro) desde hace… yo qué sé, seguro que doce o trece o quince años.

Y esto me turba.

Antes de venir al Palau  hoy (y ahora son como las ocho y treinta tres minutos de la tarde) estaba leyendo Dangling man de Saul Bellow, una novela de 1944 contada en forma de diario. El personaje central, Joseph, dice algo así como “ya no soy el hombre que fui hace un año”.

Su personalidad oscila en los últimos meses, obligado a esperar por una orden del gobierno para incorporarse a filas.

Antes de haber comenzado esta novela, leí The professor´s house de Willa Cather. Al personaje de esta novela, Godfrey St Peter, irónicamente, le sucede que al quedarse un verano solo, tratando de trabajar en su libro (un compendio de la historia de los pioneros españoles en USA), mientras su familia viaja a París, recupera su yo anterior, el de muchos años atrás. De cuando niño.

Y se da cuenta de que lo que hay en medio es una versión de sí mismo que le demandan las circunstancias. Que está encantado con ello, no hay duda, pues es un hombre feliz y tranquilo, pero que -al mismo tiempo- esta transición significa un badén en su vida. Digamos que, de una vez, confronta a su “yo auténtico”, el mismo que fue de niño.

Pienso en mis calcetines, mis calcetines dobles de adolescente.

Á, y su amiga, y los amigos de ésta y ahora nuevos/falsos amigos nuestros, farfullan algo en respuesta a las cortantes puñaladas del frío de la calle.

Yo sólo pienso en si seguiré teniendo una nariz.

2.

Se ve bonito el Palau, es la primera vez que vengo. Diría que por la única razón de que nunca ha habido un espectáculo que me interesase, o acaso tampoco me haya esforzado yo mucho para hallarlo.

Venimos a ver a Nacho Vegas y The New Raemon.

Bueno, en realidad, venimos a ver el interior del Palau de la música. Lo otro es sólo un pretexto.

Nuestras entradas están en el segundo piso.

Al alcanzar uno de los descansillos en la ascensión hasta las butacas nos encontramos con una sala que lleva por nombre Sala Millet. No sé si es la impertinencia de la risa, la constatación de los grosero o la simple “desesperanza ontológica”, que me lleva a no dejar de concentrarme en mis calcetines.

Y en los tiempos cuando llevaba esos calcetines.

En esa época recuerdo con claridad ir caminando solo por la calle, en la madrugada, levantar la vista del gabán y ver sobre el reloj de una caja de ahorros que marcaba el contador de temperatura 13 grados.

He pasado circunstancias peores, me digo, con grados bajo cero, y en diferentes partes del globo. Y, sin embargo, recuerdo esa madrugada, en Castellón, de adolescente, caminando solo por la calle, como la vez que más vulnerable me he sentido frente a las incomodidades de la naturaleza.
Era la época en la que llevaba no solo dos calcetines, sino dos camisetas interiores y, probablemente, una chaqueta y una sobrechaqueta.

Y andaba flaco y esmirriado como sólo los pobres de espíritu lo pueden estar.

Hambriento por la vida, que se diría.

3.

Estamos en lo que convencionalmente llaman el gallinero. No quedaban ya más localidades para cuando nos decidimos a comprarlas (me las regaló Á, de hecho, un regalo postnavideño).

Lo que se hace obvio desde el principio es que desde nuestras localidades apenas se ve el escenario, cosa que se agrava según se van ocupando las cinco o seis filas de sillones que tenemos delante.

Los sillones no son incómodos, simplemente están diseñados para personas menudas, hombres de baja estatura y piernas cortas, de los que prefieren el bullicio de la cercanía de voces, piernas y bien a mano los brazos de los otros.

Me siento incómodo, tropiezo a izquierda y derecha, delante y atrás. No tengo lugar para dejar el abrigo, ni cruzar las piernas, ni nada.

Me fijo en las cristaleras de los laterales, hermosas. Pero sólo pienso en de qué manera tan salvaje se cuela el frío a través de ellas.

4.

The New Raemon sale solo al escenario, con una guitarra, se le nota cohibido, enojado o, tal vez, con la tristeza que marca la decepción.

A la tercera canción disculpa su orfandad escénica, su guitarra acompañante abandonó el barco 24 horas antes, dice, sin mayores explicaciones.

Yo, que veo cómo hay músicos que se aprenden todo un repertorio en apenas unas horas, me pregunto dónde está el problema.

Quiero decir, estamos en el Palau, no en un bar de Gràcia.

No le queda más remedio pues que tirar él solo, como puede; con dignidad, eso sí, y del mejor humor que le conceden las circunstancias.

Acaba el concierto de no más de media hora con “Yo soy Simon, tú Garfunkel“. Emocionante, sin duda.

Las canciones, al no haber sido arregladas para una sola guitarra, han quedado un poco como de maqueta primeriza.

De esbozo, vaya.

Pero bien, más o menos bien.

5.

Nacho Vegas sale con su banda en los diez minutos estipulados.
De hecho, ni se avisa de la presencia en el escenario (como sí se hace en el Auditori) y hay un revuelo de gente por aquí y allá durante los primeros momentos del show.

Vegas no abre la boca hasta, qué se yo, la octava canción, por lo menos.

Podría perdonar la mala educación, incluso que la música suene muy bajita (por cuestiones de seguridad arquitectónica se limita la potencia), podría incluso disculpar su desgana concediendo que es indiferencia creativa, pero que toque desafinado, mira Nacho, esto ya  clama al cielo, tío.

La mayoría de canciones, además, tienen el tono cambiado, previsiblemente porque Nacho no llega con la voz. Así que sucede como cuando las orquestas suben a tonos mayores las canciones más melódicas y todo suena a pachangueta.

De hecho, cuando la banda toca “El hombre que casi conoció a Michi Panero” no estoy muy seguro de si estamos en un karaoke de la Gran Vía o en el regio Palau de la Música.

6.

Mientras suena “El hombre...” contemplo fascinado el espectáculo de las luces contra los laterales traseros del escenario, unos frescos preciosos, y el juego de focos que van escalando como arañas por sobre el tejado y las marquesinas y los arcos y las vidrieras laterales, verdosas y pulcras.

Y esas luces en forma de antiguas bombillas alargadas, cubiertas del plástico con el que recubrían las viejos postes transmisores del telégrafo.

Este espectáculo visto desde la parte de arriba en la que estamos de veras que es precioso, sugestivo y con un punto naïf que encandila y evoca esa mirada del adolescente que caminaba en la madrugada de 13 grados de Castellón.

Pienso en el frío.

Pienso en Millet.

Y mientras la banda toca algunas canciones más y Nacho ronronea o hace algo parecido a gorgojeos histriónicos,

y finalmente se marchan y la gente sigue reclamando más,

y un backliner más bobo que menos sale al escenario y afina una guitarra y la gente chilla y se desgañita porque cree que habrá más, pero no hay más,

y salimos a la calle, y sigue haciendo el frío de antes (o tal vez más),

yo sigo pensando en la belleza aerodinámica de mis pies.

Y me digo que cuando llegue a casa habré de escribir todo esto en mi diario, aquí, de la forma más urgente posible, porque la indiferencia pronto se transforma en tristeza y, de inmediato, en inacción.

Esto es lo propio del frío me digo mientras caminamos cruzando Via Laietana:

la neutralización de la inteligencia.

Por eso he decidido que hasta nueva orden, voy a llevar dos pares de calcetines, para poder protegerme bien de la estafa del mundo: y de su desencanto.

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