Escritor en Allak – Philip Roth ya no sale de casa

Observó en cierta ocasión el excéntrico suicida David Foster Wallace (y esto para encararse con el procaz John Updike) que el sexo no es remedio para la desesperanza ontológica.

A mi entender, sólo cabe la censura para la desesperación, y la condescendencia para con la metafísica. Ambas cosas no es que sean condenables, es que (me) resultan indignas.

Y el sexo, no debe ser enmienda ni acreditación de nada, más que de sí mismo. Porque ahora la única trascendencia del Yo es aquella que lo relega a mirarse atentamente a sí mismo: el deleite escéptico de su reflejo en el cristal.

Un yo magnífico, narcisista, encantado con su vanidad. Y es así como lo entiende, también, Katie Roiphe.

Para ella ya no resulta crucial el hecho mismo de la conquista erótica (per se), ni su ulterior capitulación sexual, ni tampoco el recuento de la singularidad de ambas acciones. Sólo importa que la belleza del relato de los hechos sea referida atendiendo a la noble pureza del novelista, sujeto que –así parece- siente repudia por el vulgar mundo del deseo, tendencia que –según Roiphe – domina nuestra sociedad actual.

Para mí, honestamente, es más un problema de conciencia.

En palabras del filósofo Thomas Angel, la ciencia (y, por ende, el mundo objetivo) aparece cuando se supera lo que él llama “la vista desde ningún sitio”. Antes de alcanzar ese punto está nuestra subjetividad, el lugar donde habita la conciencia y donde se confunden pasado y presente, donde las cosas, al mismo tiempo andan juntas, formando un todo y, sin embargo, están igualmente separadas, en una multiplicidad.

Y es desde aquí desde donde debe abordarse el problema, por la sencilla razón de que lo sensual y lo evocador, para que alcance su mágica grandeza, debe darse en la literatura en ese punto nebuloso que no puede ser convenientemente cartografiado, ni dicho, sino sólo sugerido por aproximación.

Y toda esta cháchara a cuento de la última novela de Philip Roth, “The Humbling” (Jonathan Cape, London, 2009). Una novela más o menos corta (140 págs) trufada de una serie de escenas sexuales que dan risa y casi vergüenza ajena.

Y así resultan, por la confianza esotérica que el autor (Roth) pone ciegamente en ellas, para que le justifiquen la resolución de la trama y debido a su abrupta intrusión en el momento en el que la peripecia se estanca.

El protagonista de la historia (Simon Axler) es un sexagenario actor con problemas, pues cree haber perdido esa voz interior que le garantizaba que lo que sucedía en el escenario (gracias a su interpretación) era auténtico:  por verdadero y cardinal. Y quiere suicidarse, porque siente que agotó su tanda de suerte en la vida (o su cupo de talento), pero no puede, no consigue la jactancia necesaria para resolver el final del tercer acto de la larga obra teatral que ha sido su vida.

Y aquí entra Pegeen Mike, veinte años menor que Axler, hija de unos actores que otrora fueron amigos y compañeros de Axler en su juventud, en New York.

A Axler lo hemos de suponer un actor rico y famoso (apenas se nos menciona esto con breves pinceladas) que no sólo cautiva a Pegeen con sus regalos carísimos sino con su obscenidad sexual (al punto de que Pegeen –hasta el momento de conocerle lesbiana recalcitrante- se torna heterosexual). Es este (supuesto) fulgurante éxito también el acicate para el resentimiento y envidia que suscita en los padres de su nueva novia.

La novela acaba, como debe ser, en suicidio, pero las causas que lo motivan finalmente (Pegeen le abandona sin mayores miramientos), no parecen convencernos del todo. Y esto (sin entrar en muchos detalles) debido a que la novela hace aguas justo en el momento de la revulsión sexual (habrá dildos, penes de plástico, tríos… bueno, ya conocen al viejo Roth y sus fantasias sexuales).

Lo que en las novelas primerizas de Roth era poeticidad, anhelo y gozosa locura sexual se ha vuelto ahora una suerte de baratura pornográfíca, que en contra de resultarnos transgresora, deriva a lo cómico (no por ser irónica, sino ciertamente por su intento de grave bravuconería).

Y es que al transmudar el lenguaje soez en algo casi cartográfico (y acuérdense aquí de Thomas Angel), parece más un atestado policial que escenas dramáticas de sexualidad conflictiva o creadora.

La estructura está bien, y es la adecuada a un novelista con oficio. Es justo decir que la resolución final de Axler emociona, su última representación al modo de Konstantin Gavrilovich en la obra La Gaviota de Chejov es un final pulcro, propio de un novelista de los grandes.

Pero a la novela le faltan las razones, sobre todo las del lenguaje. Y eso, en un novelista que se pretende moral, es una franca derrota.

Es como si Roth escribiese desde afuera de la historia, a golpe de imagen y el discurso se hubiese pactado con un personaje (uno más de sus alter egos) que no es más que un fantasma.

Dice el artista Isidoro Valcárcel Medina que el problema con la imagen es que está fosilizada.  Y añade, además, que los argumentos para el culto de la imagen son producto de la tristeza. Y así lo patético es saber de la tristeza de Axler, y de la tristeza misma de Philip Roth, pero no conseguir sentirla y que, además, nos resulte irrelevante.

A Roth, con esta novela, le ha pasado aquello que a Boris Vian cuando en su libro póstumo “No me gustaría palmarla” cantaba:

Me gusta el sol pero no me gusta la calle /

O sea que me quedo en casa[1]

Pues eso.

[1] Boris Vian “Hace sol en la calle” incluido en No me gustaría palmarla. Poema ilustrado por François Avril y traducido por Fernando Savater.

Ed. Demipage. Madrid. 2009. [págs 30 & 31]

Anuncios

Comentarios desactivados en Escritor en Allak – Philip Roth ya no sale de casa

Archivado bajo Escritor en Allak

Los comentarios están cerrados.