Escritor en Allak – Asuntos de familia

Será que esto de ser feliz que me sucede últimamente, aquello de andarse a buenas con la vida, le conduce (me conduce) a uno (a mí) a pensar como un niño (yo, el niño Pepe; Pepito, pues).

Y ello me obliga a reflexionar sobre la familia, y también en esa incómoda inocencia que juzga las relaciones entre las tres cosas (el niño, la felicidad y la familia). Porque debo decirlo ya –y esto por si no han caído aún en la cuenta-: las familias se hicieron para el único beneficio de los niños (y bueno, también para el de esos niños creciditos a los que llaman abuelos).

Así, pues, me veo estos días barajando la conveniencia del pensamiento casi meloso con el que los niños se asombran ante la vida (y la muerte). Y la relación que existe, por tanto, entre el lenguaje poético y la familia.

Para mi propósito me he venido a leer “Las primas” (Caballo de Troya, 2009), de Aurora Venturini, en la que Yuna, la protagonista, nos confiesa que su único delito (cuasi poético) es el de haber acunado justamente con el calor de sus manos el capullo de un gusano de seda al que obligó a salir a la fría vida y, así, fue cómplice del suicidio del gusano, que cayó muerto, por prematuro.

Y prematuro es el bebé de la hermana de Yuna (una joven “profundamente minusválida” [1]), que muere en el parto, producto de la violación de José Camaleón (nótese la ironía), el profesor de pintura de Yuna al que ésta pronto supera y, tras la jubilación de éste en la Academia de Bellas Artes, sustituye como docente. Porque es también Yuna precoz (como pintora) y, al mismo tiempo, “medio loquita” [2]. “Alta, de un metro setenta y delgada” [3]. Y se parece al Retrato de mujer con corbata, de Modigliani.

Yuna no deja de pintar en sus cartones, cartones que nos cuenta, describe y nos da su título, pero que no vemos y que funcionan como la crónica invisible de la fatalidad familiar.

Pronto se vuelve famosa y sus cuadros se venden a precios generosos y sale en los periódicos. Al mismo tiempo que ella sube, su familia se desmorona, para acabar Yuna descubriendo  que “es mejor entenderse con una misma” [4].

El aprendizaje de Yuna viene mostrado a través de su relación con el lenguaje, pues es muy consciente de estar escribiendo su (des)memoria y se nos justifica al disponer su historia de manera que “carece de estilo literario”, lo cual no es enteramente cierto. De la dificultosa comparecencia de los signos ortográficos al comienzo de la novela, y la necesaria ayuda del diccionario, que provocan, en los momentos más emotivos y líricos, la explosión de parrafadas sin puntuación (pero con aliento hipnótico), pasamos a las frases breves y de severo control que finalizan con la siguiente verdad mentirosa: “Borré. Borré, Borré todo” [5].

La novela es testimonio de esta infancia y adolescencias borradas.

De lo que concluyo que los niños/adolescentes son también perversos y que es esta -y no ninguna otra sospechosa gratitud-, la razón para que se les mantenga en el claustro seguro de la familia, a la chavalería -de otro modo, quizá, incontrolable-.

Mi segunda incursión estos días se produce con “El papel de mi familia en la revolución mundial” (Ed. Minúscula, 2009) de Bora Cosic. La clave para entender la novela es la frescura subversiva que se menciona en la contraportada.

Aquí quien nos cuenta la historia es un niño que quiere ser escritor. La narración toma la forma de una suerte de irreflexiva redacción escolar. Pues sucede que el niño protagonista no es en este caso deficiente, pero –y así se lo espetan para su escarnio- tampoco es “ni hombre ni mujer, pues escribe poesía” [6].

La de Cosic es una novela cáustica, atropellada y urgente, impetuosa, osada y, a la vez,  profundamente hermosa (por su humorada utópica), donde todo se revuelve y embarulla. Una novela que comienza en el fascismo y acaba en el comunismo. Una novela en la que lo que antes valía ya no vale. Donde la melancolía no permite ni un solo gesto y lo que se propone como nuevo es fatal y homogéneo, como el aburrimiento. Por ello la familia no puede más que cantar, bailar y vivir, como ha hecho siempre y esto le obliga a estar necesariamente al márgen. Porque para el protagonista, la familia “es una profesión, aunque se tome a broma” [7]

“El papel de mi familia… “ es un grotesco retrato de costumbres pre y postguerra que ni entienden unos ni otros. Sobre todo la familia del protagonista, con una madre lunática, un padre patéticamente alcohólico y un abuelo deliciosamente ácrata. Una familia que baila al son de los camaradas que, día sí, día también, les invaden la casa hasta que se la confiscan y los mandan a todos a un piso de una única habitación. Pero allí todo sigue igual (o peor). Y bailan, y cantan y se quejan, pero todo sigue igual (o peor). De este modo nos lo va contando el niño hasta que finaliza la novela y es justo cuando acaban de ponerle los primeros pantalones largos, y aquí, como evidencia, testifica que todo fue “un gran barullo, pero fue así. Así o aún peor” [8].

Habiendo leído ambos libros, piensa uno (pienso yo) que hay narraciones que son como las familias: pesarosas, traqueteantes, repetitivas y, lo peor: apropiacionistas. Y que, justo por ello, nos repelen en sus comienzos (así me ha sucedido con ambas novelas) y a poco estamos de abandonarlas. Supongo que del mismo modo en el que todos hemos sentido esa incitación perversa a desatender a nuestra propia familia.

Y lo que es incuestionable es que uno (con toda legitimidad) podría reprocharle a ambas novelas (y a su misma familia) eso de lerdo que tienen los cortes súbitos con que nos fustigan, los finales abruptos que nos molestan y la cargante evidencia de la doblez moral y sentimental. Pero, igualmente, no podríamos dejar de reconocer que eso que nos molesta, nos revela asimismo una lucidez y valentías asombrosa; la insolencia que tal vez nos falte para encarar nuestras propias miserias.

Es curioso que en las dos novelas tratadas sean los padres (los hombres) los que en un momento u otro abandonen a los niños (y al resto de la familia desvalida). Pasa lo mismo en una película de Claude Sautet llamada “Classe tous risques” (1960) que vi esta semana y en la que Jean Paul Belmondo hace de amigo más o menos cándido que ayuda al gángster asesino protagonista a que huya de la policía y se establezca en un piso franco en París y que, al mismo tiempo, abandone a sus dos niños pequeños al cuidado de una pareja mayor; para su mejor futuro, se entiende.

En la novela de Cosic se dice que la familia “es el mundo entero” [9], y en la de Venturini se opina que “todas las familias tienen algo de extrañas y que, sin embargo, lo disimulan” [10] Quizá esta desvergüenza narrativa a ritmo de nouvelle vague vista en las tres obras mencionadas, nos demuestre que la felicidad no es más que el intermitente picoteo de palomas. Pero que son los niños los más duchos en la tarea de traerlas a la mano a comer. ¿Será pues que la navidad hecha de regalos que iluminan las manos todas nos sirve como disfraz de candor que burlará a las palomas?

Lo único que puedo decirles es que pienso que la niñez no es sino el olvido. Y la literatura testimonio –y recuperación- de ese fracaso. Y es lo que también creen Venturini, Cosic y Sautet. Contigo, lector, ya seremos cinco.

[1], [2], [3], [4], [5] & [10]. Aurora Venturini. Las Primas. Ed Caballo de Troya. Madrid. Abril de 2009. [págs 61, 20, 80, 84, 189 & 69]

[6], [7], [8] & [9] Bora Cosic. El papel de mi familia en la revolución mundial. Ed. Minúscula.  Barcelona. Mayo de 2009. [págs 119, 126, 151 & 97]

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