Escritor en Allak – Acciones poéticas

Sucede que  hace varias semanas me arrinconaron dos policías secretos en la calle Tallers. “¿Eres español?” (apunte: mucha gente cree que soy italiano). “¿Tu nombre? DNI”, etc. Yo estaba fascinado por la placa que me acababan de enseñar, pensando que era falsa y que, en realidad, eran poetas; escritores, en cualquier caso, o mejor (y lo que más me convenía en ese momento), protagonistas para mi videoblog.

Se me quedaron mirando con extrañeza, diciendo: “es por tu jersey cantón” –sí, así lo dijeron-: cantón (yo llevaba un jersey de color rosa). “Nos han informado de que alguien con un jersey así venía cruzando desde Las Ramblas”. Y añadieron: “¿Tú vienes de Las Ramblas?”

A lo que respondí que sí, que venía de la Catedral, de grabar unas tomas para el videoblog (Er)Rancias (esto último no se lo dije, llevaba la cámara en la bolsa; pensé que ellos podrían deducir que la habría robado).

Me miraban atónitos, sin comprender cómo les había fallado su intuición de policías secretos. Yo, por mi parte, estaba fascinado con sus placas (que yo seguía juzgando falsas). Por un instante fantaseé con que descubrieran la cámara y yo me viera obligado a enseñarles todas las tomas que había grabado para mi videoblog (y de las que me sentía orgullosísimo).

Y aún fantaseé más, e iba a realizar mi sueño: grabarlos con mi cámara, como protagonistas del videoblog, pero no me dieron tiempo y, al poco, me dejaron marchar y se fueron a la búsqueda de su delincuente de jersey cantón.

Todo esto sucedió antes (dos semanas, al menos) de que leyese Consejos de un discipulo de Morrison a un fánatico de Joyce (Ed. Acantilado, 2008), escrita a cuatro manos por Roberto Bolaño y A.G Porta en 1984.

Apenas 170 páginas de las que Porta, en el actual prólogo (más de 20 años después), dice que les obsequiaron con “buenos momentos de amistad y de escritura compartida”.

El protagonista es claramente un alter ego bolañiano. Se llama Ángel Ros y es el primero de los poetas criminales, hastiados de fatal entusiasmo; sin más obra que su propia vida (igual que el chileno por aquella época). Arrastrado a la delincuencia por amor, a una loca latinoamericana, por más señas.

Porta se acuerda del profesionalismo con el que Bolaño se tomó esta obra primeriza. Y ello se nota, no tanto por el esfuerzo en la experimentación (dialógica, estructural, narrativo/dramática), sino en la urgencia por demostrar soltura en todas las triquiñuelas que ofrece el trámite de la fábula.

Una crónica ésta (Consejos…) de la impunidad del escritor, que demostraría diez años después (Bolaño, no Ángel Ros) cómo se puede convertir uno en clásico en vida y, encima salir indemne, es decir, muerto oportunamente. Y una demostración, también, de cómo la narrativa (aunque nos pase inadvertida) siempre tiene la (pre)cuela en la vida. Así los policías secretos que quisieron detenerme dos semanas atrás y me dieron un argumento para leer, al fin, esta obra primera de Bolaño.

No negaré que la novela gana muchísimo conociendo la obra posterior del chileno, pero Consejos…, per se, es una encantadora obra extraña, aperturista.

Y me interesa todavía más esta fascinación de Bolaño por el hombre malrauxiano, de acción, a raíz de una película que vi hace solo unos días: 2012.

Podría parecer el típico bodrio de Hollywood y, de hecho, lo es. Solo que… verán, el argumento es sencillo: el Apocalipsis. El fin de los tiempos se dispara en la falla de San Andrés (California) y de ahí se desboca por todo el globo, dando lugar a la inversión de los polos, la invasión terrestre de los mares y al cambio de latitudes y consecuente surgimiento de orografía donde antes había solo la planicie de las aguas y viceversa.

La trama va de la construcción de unas arcas donde será resguardada la parte significativa de la población. A saber: políticos y millonarios. Pero un escritor, un así llamado un escritor fracasado (cuyo único libro publicado siquiera llegó a vender 500 ejemplares), se empecina en colarse en una de esas arcas y es éste quien, al final, logra cerrar (con la ayuda de su hijo pequeño) la compuerta que sellará hermética el arca, y así se salvan –in extremis, según se hace en Hollywood- los miles de humanos cobijados en el arca (fundamentales para la sustentación de una raza mejor: políticos y millonarios, ya se ha dicho).

El escritor, no podía ser de otra forma, lo interpreta el patán de John Cusack. Y también se salva, of course.

La moraleja es clara: el arte es importante y, si no queda más remedio, el artista debe recurrir a la acción para hacerse valer.

La película es una fábula inverosímil plagada de exageraciones y quíntuples saltos mortales del argumento y, por esto, ha de leerse en el sentido de una parábola moral, diría que casi al estilo volteriano.

Y en esto pensaba hoy, que esto escribo, y es domingo, cuando me he levantado de un salto. Juro que se han escuchado cuatro disparos.

Limpios, secos, rítmicos, uno detrás de otro: pum, pum, pum, pum.

Son como las tres y cuarto de la tarde. Ahora todo está en silencio. Me asomo al balcón y nada, no oigo nada, sólo diviso a una pareja, en otro balcón, mirando a la calle.

Así que fumo, pero el corazón me palpita. Y pienso –sin remediarlo-: Ángel Ros.

Al cabo de los minutos las estridencias de la ambulancia me alertan, y la policía llega sinuosa a las calles aledañas.

De nuevo en el balcón, me asomo: ahora sí hay un verdadero despliegue.

Me visto a trompicones y bajo a inspeccionar.

Tan pronto la hoja de la puerta se abre a la vida de la calle un cordón de bomberos se acoquina primero por mi presencia (la confusión, supongo), y a los pocos segundos se me abalanzan y comienzan a preguntarme dónde vivo, qué hago, dónde voy, etc

El caso es que me obligan a dar la vuelta, y así lo hago, yéndome a las otras dos esquinas para tratar de averiguar algo, pero todo el mundo me responde: “no es pertinente decir nada ahora”.

Veo un coche gris bloqueado entre un camión de bomberos y un coche de policía. Y sigo pensando: Ángel Ros.

Subo de nuevo a casa, confiando en que los noticiarios me dirán la verdad, y busco afanosamente en Internet, en la televisión, en la radio. Fumo, doy vueltas, me pongo un cinturón de hebilla gruesa. Me cambio los zapatos. Nada: películas en tv, los diarios web sin actualizar y los prolegómenos del fútbol en la radio.

Al cabo de no más de veinte minutos me asomo al balcón de nuevo y ya no hay nadie en la calle. Bajo. Nada. Sigue el coche gris en medio de la calle, pero ya liberado del coche de bomberos y del de la policía local.

Inspecciono portales, me detengo fumando en las esquinas, tratando de interpretar sonidos, mínimos clicks de gatillos de pistolas con silenciador, el más breve susurro delator. Sigo pensando en Ángel Ros. Y en Bolaño.

Pero nada, sólo el refunfuño dominguero de las hojas de los árboles.

Me he pasado el resto de la semana trajinando los periódicos catalanes y los noticiarios locales de tv, y nadie ha dicho absolutamente nada (¡nada!) sobre el particular.

Consejos… termina con estas palabras: “mientras escribo esto aún estoy temblando”. Y así sigo yo hoy, ya viernes, igual que un salvaje poeta al que le esquilmaron la verdad profunda de su historia. Sin llegar a cerciorarme de si fue Ángel Ros quien hubo de entrar a esa casa del barrio del Raval muy cercana a la mía, pistola en alto, recitando algún verso infrarrealista (sin saberlo aún), y haber disparado cuatro tiros: pum, pum, pum, pum.

Cuatro tiros que, al parecer, solamente habría de escuchar yo.

Y lo cierto es que siguen resonando histéricos en mi cabeza, del mismo modo en el que operan rabiosas las buenas novelas desesperadas,  como Consejos de un discípulo…, por ejemplo.

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