Escritor en Allak – Memorándum

Dice Alberto Corazón en su libro Una mirada en palabras (Seix Barral, 2008) que el encuentro pleno con la obra de arte se produce siempre a través de nuestra memoria profunda.

Déjenme recordarles que para que se produzca la hondura de la emoción, se necesita su dilatación en el tiempo y la búsqueda infatigable entre sus dobleces y flancos de aquello que Hugo de San Víctor llamaba “el sacramento” y que, en términos estrictamente literarios, se correspondería con la antojadiza verosimilitud.

De su reverso, lo irracional, es de lo que trata Rex (Anagrama, 2007), del cubano José Manuel Prieto. Una novela estructurada en 12 capítulos (o lecciones) en los que el narrador (referido por sí mismo como “el comentarista”, y que es un falso preceptor) instruye a su pupilo Petia –hijo de unos semiparódicos mafiosos rusos- en las cosas importantes de la vida, tomando como única sabiduría confiable “El libro”, que en este caso no son Las Sagradas Escrituras como en el caso de Santo Tomás, sino “A la búsqueda del tiempo perdido”, de Proust.

Rex es una novela bucle y así se sabe desde el comienzo, pues comienza y termina en el comentario de la Gran Obra de Proust. Y hay también una razón añadida para su prosa boomerang, y es la poeticidad que supura; ya se sabe que toda cerilla fracasa al tratar de iluminar el abismo.

Y así incluso fracasa el libro de Proust (a pesar de contener toda la pedagogía necesaria para la vida), pues el comentarista se ve constantemente obligado a parafrasear y evocar otros libros y autores “menores” y en los costados de la prosa de José Manuel Prieto aparece gran parte de la historia de la literatura. La lección es clara: las palabras de un escritor están conformadas por las palabras de todos los demás escritores, incluso las de sus posibles (errados) exégetas.

Contra lo que algunos críticos han querido ver, la obra de Prieto no es metaliteraria ni mucho menos lógica, sino que trata de las bastezas descabellas de la vida, que el gran escritor (Proust, en este caso) vuelve moralidad lírica.

Y es que este es el mayor propósito de este libro, en el cual la ausencia de trama (apenas pinceladas burlescas, simulacros de un thriller que habla de una conspiración para vender diamantes falsos)  trabaja incansable, como el que picase sobre piedra, para valorizar los únicos materiales (toscos) que tiene la literatura: las palabras.

No es por ello un libro fácil, se diría incluso que llega a ser exasperante, pero uno no quiere abandonarlo, pues en el constante esfuerzo de cada página se ve el chisporroteo de una verdad huidiza, nunca simbólica sino misteriosa, como todo lo arcano que hay en el hombre.

El escamoteo constante de los verbos tampoco facilita la lectura, los hipérbatons, la falta de conjunciones, las anadiplosis y muchos otros recursos lingüísticos nos explotan de continuo en el cerebro, y es esta bufonada la que sirve para rectificar la premisa del libro (sacada del filósofo Berkeley), que es la siguiente: “las cosas son como parecen”. Rex, finalmente, nos acaba convenciendo de que esto es mentira, su permuta del mensaje evidencia que la única realidad es que las cosas son (según) cómo se nos dicen. Y que no hay verdad inviscerada, ni última. Ni inalterable.

Por ello en cada frase, en cada párrafo, en cada página, en cada uno de los 12 comentarios (o lecciones) de Rex se nos conduce hacia lo esencial, puesto que “hay cosas en las que es mejor no pensar, en las que un alma limpia y recta nunca se detiene”. El triunfo de la novela está en la máxima que Hugo de San Víctor propone en su tratado medievalista Didascalicon, cuando dice que “Será el más sabio de todos quien haya querido aprender algo de todos”.

Habiendo aprendido de aquel que todo lo engloba y contiene (Proust), tras las doce lecciones del maestro, el pupilo Petia, está capacitado para eludir el comentario (al cual está íntimamente ligada la impostura) y así acometer una obra primaria, real.

Una obra que, en términos de Alberto Corazón, “ dialogue no con la historia del arte, sino con la historia (memoria) de la cultura”.

La moraleja es clara, y ahí está además la realidad para confirmar que el proyecto de José Manuel Prieto es un acierto congruente con los nuevos tiempos: un iceberg de 19 kilómetros ha sido descubierto por el glaciólogo Neal Young avanzando hacia las costas de Australia. Del último acontecimiento parecido del que se tiene memoria data del siglo XIX.

Al igual que este iceberg que amenaza chocar contra tierras australianas, habría de perpetrarse una gran obra que lleve al colapso el desbarajuste de esta última etapa de postmodernos glosistas paródicos que es el siglo XX y hacer lo que Proust hiciese con la cultura anterior a él.

Prieto ya se ha ocupado de cartografiar a rotring el plano del hipotético nuevo edificio.

A ver quién se anima con los cimientos.

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