Escritor en Allak – Seamos Realistas

Los días, hoy, se parecen a un poema de Joan Perucho llamado Testigo y que dice: “la ceniza de la rosa estructura el contorno de la rosa”.

Se refiere a lo inmóvil, a la verdad suspendida en el aire: “rosas de ceniza a punto de desvanecerse en la nada”. Una veracidad que se nos presenta como señuelo, inauténtica, o quizá desfallecida. Una realidad que sólo parece ser posible si se plantea en sus interconexiones con las sombras.

O eso es lo que piensa David Shields, que en febrero publicará “Reality Hunger: a manifesto”. Un ars poética que, según su autor, nos ayudará a entender a esa multitud de individuos aislados que somos hoy la realidad, el mundo, o tal vez un insoportable constructo artificial que  parece ser una simulación de la vida.

Yo, a las cinco de la tarde del jueves, recién despierto, lo único que veo son sombras.

Y el recuerdo de un pequeño papel de cuaderno de anillas, la hoja cuadriculada, y un mensaje críptico. Algo sucedido en el sueño. Me anestesio con galletas de chocolate y aguardo con los ojos cerrados por ver si se me desvela el contenido del papel. Entonces un sabor de whisky con naranja en el paladar y la pobre imagen de una cervecería a las nueve de la mañana. E intuyo el dolor, en el sueño, y por asimilación, en la vida.  Así que abro los ojos y me niego a saber nada más sobre el sueño.

Y es que últimamente me dio por tratar de interpretar los sueños, aunque debo decir que tampoco llegué a conclusión alguna. Lo único que podría decir del sueño de hoy es que habla de las veleidades (¿del artista?).

Y aquí la pertinencia de una de las cosas que, al parecer, pretende poner en cuestión Shields en su libro, o sea: la veracidad de las cosas. Lo inquietante es que Shields recurra a la “negative capability” de Shelley. En fin, que si el realismo es una reacción alérgica a los antojos idealistas del romanticismo, y el artificio un acto postmoderno, no acabo de ver claro por dónde nos la colará Shields. Esperaremos a Febrero, pues.

De todos modos, en estos días, según creo, la pelea más notable no es tanto la que se trae la realidad con el artificio sino aquella de  la ficción del narrador de las historias con el propio autor de la ficción del narrador de las historias.

En este sentido, a uno (a mí) le sucede que le repele el personaje llamado Ivan Thays, por su vandálica mansedumbre y su cordialidad desafecta. Pero con todo y con eso, no hago caso a Rafael Lemus cuando en su crítica de Letras Libres dice que Oreja de Perro, la novela del peruano Ivan Thays, es una buena novela. Y la leo. Pero, al poco, no me queda más remedio que considerar la acusación que hace Lemus de que [Thays] “se topó con un estilo ya hecho y decidió emplearlo”. A uno se le queda la impresión al acabar de leer la novela de que va un poquito hacia delante y otro poquito hacia detrás, de pura inercia, como quien sentenciase que “lo importante no es pensar” (pág. 150).

Entre las influencias más notables de Thays, Lemus menciona a Coetzee y a Mario Vargas Llosa por exceso (de copia, se sobreentiende), pero yo añadiría a Kenzaburo Oé por defecto (de anhelo de semejanza, claro). Y, sí, también tiene razón Lemus, es una buena novela. Todo casa bien, y no hay demasiada sangre ni demasiado sexo, ni demasiada bonhomía, según procede con una novela que busca el consenso de un grupo amplio.

La misma anuencia contemporánea es la que busca “El relámpago inmóvil” de Pedro García Montalvo. A este libro lo que le sucede es que las necesidades del autor se supeditan a la conveniencia del discurso y los actos de los personajes, y se siente más uno transitando una escaleta de guión superficial que verdaderamente conociendo la complejidad de los personajes. Y así lo digo porque es una novela realista, tanto que casi parece haber sido escrita por alguien de la generación del 98 y tijereteada luego y cubiertos los parches con detalles coetáneos que garanticen su actualidad por algún editor avieso (la referencia a la guerra de Irak es sencillamente ridícula).

El relámpago inmóvil” es también una novela buena. A pesar de su solemnidad pomposa y su esforzada grandilocuencia. En fin, es buena –al menos- hasta la página 147 (tiene 200 más) que es hasta donde yo he leído. Ya saben: los malos muy malos, los buenos muy buenos… etc.

El relámpago inmóvil” comparte con la novela de Thays una suerte de realismo retórico (el uno en su sentido minimalista y el otro con toda la fuerza barroca de la que es capaz). Y esto se manifiesta en lo que Giménez-Frontín llama “las artimañas de la narración y la escritura”. Presunción, vaya.

En fin, que se me han hecho ya las seis de la mañana mientras tecleaba esto y corro a la cocina al anuncio del silbato de la cafetera. Mientras remuevo la cucharilla pienso en la instalación que Ai Wei Wei ha puesto en el Pabellón Mies Van der Rohe. Lo que ha hecho ha sido llenar las dos piscinas del recinto una con leche y la otro con café. “El peligro es consustancial al arte” ha confesado Wei Wei a los medios de comunicación.

A veces uno se pregunta si en literatura eso se refiere al riesgo de que las novelas (al caérsete de las manos) te den con el canto en el pie desnudo.

Igual tuviésemos que tomar la actitud de ese espectador que denunció al músico Larry Ochs por considerar que lo que tocaba no era jazz, según se anunciaba en el cartel del concierto. Aunque bien pensado, si tuviéramos que demandar a todos los que engañosamente ponen la palabra literatura en la solapa de un libro… igual se nos iba la vida en ello.

Y hay que ser realista: vida sólo hay una; y novelas muchas. Muchísimas.

Demasiadas, tal vez.

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