Escritor en Allak – Delirios pertinentes

Delirios pertinentes

Se dice de los pioneros que están locos, que son salvajes, e incluso se les acusa de cierta solapada actitud pendenciera, pero pienso que lo más destacable es su gallarda indiferencia; a hacer el ridículo, me refiero.

Y, aún más, su candor, su digna inocencia.

Los pioneros son los que van primero y no precisamente por vanidad, ni animados por una pura valentía rabiosa, qué va, lo que les mueve es el hastío frente al estado de excepción cultural de su época. Es decir: el aburrimiento. Estos pioneros son los mal tenidos por vanguardistas.

El vanguardista es un hombre sin alma, aquel que hace de la máquina su diosa, y así, esa máquina de la guerra que es el lenguaje, se convierte en su prometida. Su pluma insolente ha de buscar allá donde no se sabe qué hay: en el desierto. Y en el yermo imprevisto horizonte amplísimo es donde se afana en inventar sus más recónditas y benditas groserías lingüísticas.

Porque el buen vanguardista no se subyuga al terno de suave plumaje que adorna al laureado poeta y el digno ciudadano, ah, no, el escritor vanguardista le saca el pescuezo a la gallina por ver qué esconde dentro.

Y es que el buen vanguardista es necesariamente un orate. Aquel que se asombra con el milagro espontáneo del devenir libre del lenguaje. Y, por ello, del absurdo hermético del mundo.

Otra característica de los escritores vanguardistas es que deben ser necesariamente raros, pero no porque se lo propongan, sino por la disfunción con la que su mente –y consecuentemente, su prosa- divisan la extrañeza del mundo. Y así es como la exponen.

Pues su modo de utilizar el lenguaje juzga lo visionario, lo onírico y lo decadente como únicas humoradas posibles.

Estas son las coordenadas de las primeras vanguardias de los años veinte, las tenidas por vanguardias históricas.

De entre todas estas vanguardias, las menos conocidas tal vez hayan sido las latinoamericanas, y para ponerle remedio a este estado de cosas, nace la colección Humo hacia el sur. Se trata de una colección de necesaria estética funesta  y bella negritud, como corresponde a los irredentos cadáveres hermosos, y están editados pulcramente por Barataria, al cuidado de la chilena Claudia Apablaza. Sus dos primeros títulos son La casa de cartón, del peruano Martín Adán y Un año, del chileno Juan Emar.

Comencé a leer la obra de Martín Adán en uno de esos días que se duplican, en los que uno lleva tal vez 30 horas sin dormir, echado en el sofá, con la magia nueva de la mañana y recuerdo que me pareció estupenda, excitante e inspiradora.  Y, sin embargo, la vuelvo a leer ahora, en el alba del domingo, y me resulta incomprensible. Parafraseando al protagonista de la novela cuando dice que “no estoy seguro de mi humanidad”, se ha de asegurar que La casa de cartón no está segura de su ficcionalidad. Así, el libro es una evocación líricamente metafísica de la trascendencia de la mirada. De hecho, la escritura de Martín Adán, como corresponde al primer hombre fundacional de la vanguardia peruana,  es un puro desconcierto de la memoria, de la que van surgiendo destellos poéticos en tanto que el protagonista pasa varios días en un sanatorio, profecía tal vez de los años finales de la vida real del escritor Martín Adán, que serían consumidos físicamente en sanatorios.

Hay en Adán una sobreestimación fabulosa de la poesía, y del poeta como ser supremo. Y de ahí surge la hermosura del libro, incomprensible como siempre es la belleza. La casa de cartón podría ser perfectamente una (pre)cuela de Perorata del Apestado de Gesualdo Bufalino.

Un año, de Juan Emar, también parte de un engaño: un falaz diario anual, que consta de 12 capítulos tomando como base el día primero de cada mes. La estructura de dietario pronto muda a perfecta maquinaria de destrucción de sí mismo, de negación de cualquier simbología (por la vía de la inversión y la prosopopeya), de la lógica (anulando la necesidad de la estructura por el capricho temporal, o mejor, “atemporal”) y de la continuidad de la trama de la historia. La narración pues abunda en retruécanos, supersticiones vacuas y extrañas hibridaciones fantasiosas. Y es de ahí de dónde saca todo su humor descabellado. No en vano es conocido Juan Emar como el Kafka chileno (en palabras de Pablo Neruda). Un año cierra con un imposible viaje regenerador que hace el protagonista, en un barco llamado Orangután, hacia el sueño, y en el que le acompaña un enorme y amistoso alcatraz.

Tanto Emar como Adán mezclan en sus libros elementos tradicionales (incluso arcaizantes) y contemporáneos que al lector le resultarán tremendamente atractivos. Sus fustigamientos estéticos son una burla mesiánica principalmente hacia la convicción del orden y la dialéctica del clasicismo, que se manifiesta en una constante evidencia del artificio (explicitando que la unidad  textual se consigue sólo por la voluntad del escritor), en la forzosa soledad del lenguaje (en cuyo seno es el poeta quien domina el abismo) y, en último término, en una confianza suprema en el hombre como instrumento de la modernidad.

Por ello son ambos libros delirantes, siguiendo el sentido que le da Vicente Huidobro en su Manifiesto de Manifiestos, diciendo que ““mientras que el ensueño pertenece a todo el mundo, el delirio pertenece a los poetas”.

El lector español encontrará que Emar es quizá más terrenal y Adán más áureo, pero sentirá que ambos podrían participar sin problemas de la greguería de Goméz de la Serna, que tan bien se conoce por aquí.

En estos momentos en los que en España se trata de reactivar el movimiento de vanguardia con el corolario de los así llamados escritores mutantes, encontrará el lector ibérico una oportunidad magnífica para descubrir las raíces polifónicas de una continuidad vanguardística y experimental que hasta ahora teníamos huérfana en las librerías de la península.


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