Vidas futuras

A todos nos dan a menudo ganas de largarnos de este país [1]

1.

De este país o del universo,

le dan ganas a uno de largarse.

O callarse y quedarse bien quietecito, dormirse a base de somníferos y basta.

Beber vino, cerveza, aguarrás, lo que sea que se tenga a mano.

Claro que sí, es la fiebre humana que a veces ataca nuestra sensibilidad

y que alerta a nuestras piernas del probable calambre en el que ha caído -y aún caerá más- nuestro cuerpo.

Claro, y el desánimo crece hasta esos límites intolerables que obligan a la planificación de extremas maniobras de escapismo.

Pero es una creencia absurda, la de que todo-lo-que-está-más-allá

(sea donde sea este más allá) será mejor, más conveniente, apropiado, excitante e inspirador.

Porque lo que demonios sea que haya más-allá, no depende tanto del más-allá, sino de lo que nosotros mismos veamos en ese más-allá.

Y es que por mucho que vayamos a ese más-allá, iremos probablemente con nuestra frustración, desánimo y encono, y así no nos quedará otra que ceder a la desesperada indulgencia.

Y creo, además, que pensar que cualquier cosa habrá de ser mejor que la nuestra simplemente porque no es la nuestra es una hipótesis arriesgada; una torpeza casi pueril, diría.

Una inelegante proeza del subconsciente nauseabundo que nos traiciona, convenciéndonos de que no, de que seguro que lo otro, cualquier cosa, lo que sea, será inexcusablemente mejor.

La consecuencia de esto para mí es clara (y me sirve para balancear a la contra las demandas de la desdicha): el mar, vivir en una ciudad con mar.

Es imprescindible, para mí.

La sola posibilidad del infinito azulverdoso a la mano actúa como irremplazable bálsamo ante la tentación de salir por patas.

2.

Los que se enfadan suelen perder

“Cosas que suelen ser”, del blog El rincón de Pintón

Porque no gana quien corre sino que corre más quien gana.

Y ese triunfo se consigue con paciencia, esmero, trabajo, dedicación y sí, suerte, también suerte.

El que acaba pronto acaba mal, porque no selecciona las oportunidades sino que va agarrando las que primero le vienen, sin discriminar. Así su vida futura no será más que la apariencia de una mejorada vida futura;

ese disfraz de aire consumido, lego de su propio descrédito.

Y es que para la buena realización de las cosas se necesita tanto el oportunismo como el buen juicio de saber qué tren es el adecuado.

Y no siempre es el más vistoso o el que carga con más vagones o el parece que corra más.

El tren que llega más lejos, normalmente, suele ser el más precavido, no necesariamente el que menos paradas tiene, pero sí el que más tiempo se detiene en cada una de ellas.

Javier Marias, “El folklore de los huesos indignos”. La Zona Fantasma. 22-Noviembre-2009.

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