De cuando no queda otra…

"Gritratos: Gritos + Retratos". Elena Poblete (2009).

1.

Esperar indefinidamente rompe los nervios de cualquiera.

Y más, cuando a esa espera se le confieren los tintes mágicos de una sorpresa que esperamos de un cambio radical a nuestras vidas.

Así hoy, tirado en el sofá, esta mañana,

sin poder dormir y más allá de las doce del mediodía; volteándome en el sofá, viendo programas de cotilleo en los que no acababa de adivinar qué se cotilleaba, asesinatos en e La Sexta y las típicas truculencias esas de abuelos/as con enfermedades en los programas de cocina y salud, sórdidas conspiraciones familiares en talkshows, los noticiarios, etc.

Y sin poder dormir. Las doce y media del mediodía.

Mierda, puta, cojones, hostia.

Así que harto de esperar (al sueño y a las respuestas de la vida), me he hinchado a realizar llamadas pendientes.

Y es que no se puede permitir que la vida le tenga  a uno en vilo, porque uno se hace ilusiones y así… pues no, no se puede.

Claro, es mejor saber que no, siempre, saber que cierta editorial en la que teníamos una confianza absoluta nos dice que no, que no quiere nuestra novela; bueno, no al menos una de las cortas (no se especifica por qué y tampoco he preguntado; es de imaginar: no concordará con la línea editorial, seguro, siempre es ésta la razón).

Y la otra, la novela más larga, que sí, que la tienen, y que ya veremos.

Bien. Al menos respira uno aliviado.

En otra editorial, barcelonesa también (aunque decir esto es poca cosa, me hago cargo), a la que llamo seguidamente, pues no saben y no contestan, o mejor dicho, quien sabe y puede contestar no está (claro, es viernes, me hago cargo);

así que “escríbale Vd. un mail a la siguiente dirección”. Ok, anoto. Pero mientras anoto en la moleskine veo languidecer las fuerzas de mi esperanza.

No creo equivocarme si digo que será la editorial número nueve o diez que rechaza una de las novelas cortas. No soy iluso y sé que publicar una primera novela corta de un autor novel es poco menos que un suicidio económico.

Pero, qué cojones, qué es sino la literatura.

En mi descargo, o en el descargo de quienes la han leído, puedo decir que los comentarios son altamente elogiosos, pero siempre el mismo: “es demasiado literaria”. Y el corolario: no tenemos dinero, o sí lo tenemos, pero no para ti. No para esto en concreto.

Lo comprendo,

sólo que me deja perplejo la capacidad del lenguaje para tornarse en tu contra, a fuerza de serte zalamero.

Que la positividad extrema se torne negativismo, es cosa que no dejará de sorprenderme, ni ahora ni nunca.

Otra (per)versión más del lenguaje, pues.

2.

Erwin Wurm. "Untitled" (2009)

Y ha habido todavía otra conversación importante, después de las dos anteriores.

Sobre esta prefiero callarme, por el momento. Ha versado sobre la novela larga [Alytzia Abbondanza]; sí, y se ha repetido lo mismo de antes: “demasiado literaria”. Pero no está la guerra perdida, de momento.

Al menos en la voz de mi interlocutor no había pesimismo ni derrota sino verdad y cordura.

Queda esperanza, entonces.

Por fortuna Ángela me ha traído también optimismo en forma de unos somníferos de la farmacia y me he engullido varios y en algún momento indeterminado entre las dos y las tres del mediodía, supongo que me he quedado dormido.

No lo recuerdo.

3.

Y el sueño,

más o menos coriáceo, se ha andado sólo y francamente pétreo y afanoso hasta las siete de la tarde, cuando por apetitosa sugestión de Ángela, no he podido resistirme a no levantarme, pues teníamos entradas para ver a Sidonie en la Apollo (sold out).

No diré que no me ha gustado, pero tampoco podría afirmar lo contrario.

Cierto que a poco he estado de caerme desplomado de sueño mientras cantaba Alondra Bentley (que les ha hecho de teloneros).

Después, ya con Sidonie en el escenario, había algo raro, cierta sensación de “lo hacemos porque no nos queda más remedio”.

En mi opinión y la de Ángela no han conectado con el público.

Es algo que ya me fastidia bien, pues parece que últimamente sea moderna la indolencia y el ocioso desánimo. No sé, es esa actitud de “tanto me importa”, de representación convenida, de pacto brutal con el público que no debe exigir más de lo que se le da y, aun así, no debe rechistar pues es cosa de mal gusto.

En mi descargo diré que me he emocionado casi hasta las lágrimas (ya me he ocupado yo de que no se notase), pero no sé si era por mi falta de sueño, el cosquilleo deplorable en los gemelos cargados, o la inexcusable amargura por el  rechazo averiguado por la mañana y que puede que no hubiese sido debidamente asimilado todavía.

O todo junto.

Y eso que el concierto ha sido bueno, largo, con tiempo para dar repaso a todas las épocas de la banda.

O sea, ninguna queja, pero aún así, no puedo sacarme de encima la idea de haber presenciado una burda pantomima.

4.

Bartolomé Ferrando. "Idea". (1998).

Al llegar a casa hemos cenado y tras esto yo ya no podía más, así que en algún momento indeterminado entre las doce y media y la una de la madrugada del sábado, me he quedado dormido.

Me he despertado como tres veces, y a la cuarta, y ya eran las las cinco am, ha sido la definitiva.

Y desde entonces estoy sentado en la mesa de trabajo, tomando café, fumando unos cigarrillos, pensando en una cosa que me contó una vez por teléfono el cantante de Sidonie:  y es que en sus comienzos, los sacaron a botellazos de la Sidecar. Pensaron en si lo dejaban o no, y decidieron arremeter con todas las fuerzas. Para llegar a este momento.

No sé, se me ha ocurrido una idea tonta, pero ahora que lo (re)pienso es como si sobre el escenario los Sidonie estuviesen diciendo “¿y todo el esfuerzo de estos años para esto?“.

Como si les hubiese dado un vahído.

Supongo que te pasa cuando el éxito te obnubila, que te atonta. Y te desnorta. Pierdes consciencia del esfuerzo, la dirección y el objetivo. Te amilanas. No sé, ya que lo ha deseado uno tanto (el éxito) y ahora ellos finalmente lo tienen… supongo que es algo que, quieras que no, te descoloca y te hace pensar en la sospecha.

Verte devorado por el monstruo que tú mismo has creado… sí, da miedo.

Confío en que mi aprensión provenga de aquí.

Tomémoslo, pues, como alerta para la mesura.

5.

En eso pensaba ahora, en tanto que leía algo,

de Martín Adán.

Dice:

“Y tú no que quieres que sea verano, sino invierno de vacaciones, chiquito y débil, sin colegio y sin calor” [1].

Y es que, a pesar de todo, o justamente por culpa de todo… este hermoso silencio de las ocho y diecisiete am del sábado, un poco fresquito y un poquito vacacional,

sin la obligación del trabajo (por cuenta ajena) ni el ruidoso comercio con la vida,

qué cojones, pienso,

y me sonrío al verme reflejado en la pantalla en tanto que pienso que éste sí es el precioso éxito de mi vida,

poder estar aquí, ahora, en buena felicidad, sabiendo que tengo toda la mañana por delante para leer varios libros, y tal vez corregir livianamente lo escrito de la nueva novela,

y quizá surja algo más de un nuevo capítulo.

No, me digo, la resistencia no vale para nada, quiero decir que sólo es alimento para uno mismo.

Nuestra alegría victoriosa es la mayor de las ofensas a la credulidad del mundo,

ese mundo que se considera a sí mismo tan poco literario.

No es mi culpa, le digo al mundo, y lo siento, y tú verás, pues deberemos seguir tratándonos en adelante.
Eso es lo que (creo) no entendieron Sidonie esta noche.

Que el éxito no es la verbena de verano, sino la licenciosa libertad que uno se concede en el invierno, cuando todos los otros se ven esclavos de sus propias circunstancias.

Que si hay que hacer el paripé para el auditorio que nos paga y sostiene, pues bien, hagámoslo, pero hagámoslo como si fuese el agradable partido de tenis en el que, con holganza, se da uno al peloteo libertino con el mundo,

diciéndole: “¿sabes qué? mi diversión será tu condena, y no al revés, cretino”.

6.

Y de regalo, unas fotos:

[1] Martín Adán. “La casa de cartón”. Prólogo de Vicente Luís Mora. Ed. Barataria. Barcelona. 2009. [pág 16].

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