Desasosiegos

“Todo lo que duerme es niño de nuevo. Tal vez porque en el sueño no se puede hacer mal, y no se da cuenta de la vida, el mayor criminal, el más redomado egoísta es sagrado, por una magia natural, mientras duerme” [1]

1.

Pues así, siendo niño de nuevo,

he estado la mayor parte del día de hoy y de ayer.

Con la recatada ilusión de quien busca un improbable tesoro bajo las sábanas.

También fui a los cines Renoir, y a la Penúltima a tomar varias Moritz, es cierto.

Y he (re)leído en varias ocasiones el arranque de “The Wild Palms” de William Faulkner, por una cuestión de tono.

Y es que así como se afina un instrumento, hace uno con la prosa propia. Hay quien se sugestiona con canciones que suenan en el equipo hi-fi o en el tono monótono del silencio.

Otros como yo, preferimos dejar que sea la agitación del corazón la que nos gobierne a través de las palabras de los más grandes.

A este respecto, no puedo continuar un sólo segundo más sin mencionar a Fernando Pessoa.

2.

“En efecto, duermo, pero no sé si duermo” [2]


Si para la construcción de mi primera novela utilicé “El oficio de vivir” de Cesare Pavese, para ésta en la que ahora trabajo, utilizo el “Libro del Desasosiego ” de Fernando Pessoa.

Y es un dato que merece destacarse y es que ambos libros no son de mi propiedad.

El primero, el de Pavese lo robé de la biblioteca de mi padre (hace unos seis o siete años) y el de Pessoa se lo he robado a Ángela

[y mira que he curioseado su biblioteca cien veces y deben creerme si digo que lo había visto pero él no me había mirado hasta hace unos días].

No se trata de que estos diarios/libros nos sirvan como inspiración o estímulo, sino como apoyo espiritual.

Igual que al cristiano le sirve la biblia como consolación y refugio, así me sucede a mí con “El libro del desasosiego”: me conforta, ayuda y dirige mis pensamientos torvos hacia la buena luz clara.

Lo llevo por todos sitios de la casa, lo mantengo cerca de mí y dejo que sus palabras me iluminen a cada poco. Y es que leo muy pocas líneas cada día. Muy pocas.

Poquísimas.

A veces, unos solos párrafos me son suficientes para calmarme.

3.

Otro

de estos libros/talismán que me será capital en algún momento es “La novela luminosa” de Mario Levrero.

Y así lo fue también, en una época dura, en Valencia, los “Pensamientos” de Pascal.

Pero vayamos al sueño, y es que yo, igual que Pessoa

“investigo con la imaginación” [3]

Y esto en el fondo quiere decir: dormir todo el día.

No sé qué método tendrá el resto de la gente, los escritores quiero decir, pero a mí me sucede que es cerrar los ojos, amorosamente, y en el sueño, encogido en la cama, feliz por no estar en la vida, la novela se me va armando sola,

sí, claro, con paciencia de horas y lentitud de días… meses, y a veces años, por supuesto, por supuesto.

Y nada más cierto que luego habrá de venir el trabajo de veras arduo y latoso del escritor:

corregirle los flecos, ordenarla y apuntalarle los flancos.
Esto es lo desasosegante de la escritura, claro.

El trabajo de “censura” del escritor, por así decir.

Y esto suele suceder a partir del capítulo tres (así me sucede a mí) porque en ese momento es cuando la procacidad imaginativa del sueño y la necesidad de verosimilitud de las estrategias narrativas colapsan,

cuando deseo y necesidad entran en conflicto,

cuando se decide si eso que uno tiene entre manos es de veras una novela y no una sucesión más o menos afortunada de sketches y verborrea imparable.
Es ese el momento más difícil (para mí) de una novela.

La bisagra entre el capítulo tres y el cuatro.

Ahí es de veras cuando una novela debe demostrar su pertinencia y, aún más, cuando el escritor se debe medir a las claras con su talento.

Es justo ese momento en el que me hallo ahora mismo.

Y esto me resulta, os lo puedo asegurar, muy excitante.

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Canción del día:

Dandies entre basura – Los Negativos

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[1] & [2] & [3] Fernando Pessoa. Libro del desasosiego. Edición de Ángel González. Ed. Seix Barral / Biblioteca Breve. Barcelona. 18ª edición, junio de 1997. [pág 62 & pág 71 & pág 58]

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