Tristezas desconcertantes

Creo en la voz y la palabra

Pepo Paz (Bartleby Editores), en su blog El editor en su laberinto

1.

Leo “Rompepistas” de Kiko Amat y pienso en la humillación.

Hay una relación muy clara entre lo ridículo que es profanar los límites para simplemente evidenciar lo ultrajante de un contexto y su ingrata consecuencia:

la autohumillación que siempre acompaña a dichos actos;

y esto por lo suicida de la empresa misma.

Así mi juventud, pienso: un desastre mayúsculo. Un señuelo para la tristeza.

Una vergüenza escrita en letras mayúsculas. El gran despropósito.

Aunque, supongo que… si le preguntas a cualquiera, a cualquier ser humano honesto y sincero, te dirá lo mismo, que su juventud fue un territorio inhóspito,

grotesco y probablemente hediondo

al que no desea regresar por nada del mundo.

2.

Bailar para mantener alejada la marea de la tristeza [1]

Es lo que hacemos da adultos,

lo de aceptar la tristeza y no engañarnos con el baile.

O sea, que bailamos igual, sí,

pero a sabiendas de que el baile tiene el efecto de una peonza que más pronto que tarde se detendrá e irá reculando hasta caerse definitivamente al suelo,

evidenciando entonces que nuestro culo sigue visible, al aire,

sin más protección que nuestra indiferencia.

Y así es: la tristeza se nos viene a ráfagas, como la poesía y los resfriados,

como las buenas rachas azarosas en las que la economía, la suerte y los negocios

nos son favorables.

Según creo la diferencia entre la juventud y la edad adulta,

en cuanto a términos de tristeza, se reduce a que en la primera la aflicción es sencilla y arrítmica taquicardia, casi punk, y las tribulaciones se nos convierten en perenne melancolía llegada la edad adulta, hasta que un buen día,

un seguro soplo al corazón detiene la fiesta y se acabó: la melancolía concreta su amenaza

y se torna silencio y todo se vuelve inacción.

3.

me estoy negando a pensar. Es más difícil de lo que parece [2]

La edad adulta -me doy cuenta-

consiste en no conseguir dejar de pensar.

También hay pensamiento en la juventud, por supuesto, pero es una especie de hipótesis del pensamiento, como un reflexionar a la carrera.

La juventud es el postmodernismo de la vida.

Por contra, la edad adulta se caracteriza por un galope que gustaría huir del juicio y dedicarse únicamente al pillaje existencial; o sea, el deseo de poder razonar lo justo.

Pero no se puede. Así ha de ser. Que el pensamiento devore la volición.

El hombre se vuelve adulto cuando una bruma negra se le instaura en el pecho y el cerebro no hace más que buscar estrategias a toda pastilla para no sucumbir al hundimiento.

La juventud se convierte en esa otra cosa que ya no es la juventud

cuando la sombra que corría detrás nuestra se nos pega definitivamente a la espalda y ya nuestro destino es irreversible (o prácticamente estático).

Entonces sucede que triunfa el instinto y la decadencia del intelecto progresivamente deviene cáncer y se acabó lo que se daba.

 

4.

Esta es la razón

por la que los jóvenes escritores tratan de escribir desde el intelecto y los más viejos desde la emoción.

Y ambos se equivocan,

porque solamente se puede escribir desde el instinto, la intuición y la duda, se tengan quince años u ochenta.

Es el instinto al hombre lo que la tradición a la literatura.

Cuando un escritor (tenga la edad que tenga) escribe adentro de la emoción o adentro del intelecto lo que hace es “imitarse”,

y la imitación es copia, y la copia es una devaluación de lo único.

El genio pues, proviene solamente del impulso, la corazonada y el riesgo, porque hay una cosa que casi siempre se olvida:

la representación de la obra de arte no pasa por hacer figurativismo del yo,

el yo de la verdadera obra de arte es autónomo y solamente responde a su propia naturaleza, jamás es una mimesis de las emociones ni del raciocinio del autor.

Jamás.

 

[1] y [2] Kiko Amat. Rompepistas. Editorial Anagrama. Barcelona. Enero de 2009.  [pág 182 & pág 244]

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Archivado bajo El ejercicio de la escritura, El yo y sus aledaños

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