Lo que siempre vuelve

1.

Leo a Miroslav Krleza.

Su novela se llama “El retorno de Filip Latinovicz“.

La publica la ed. Minúscula.

Dice:

“aquella mañana en la que su propia madre lo había echado a la calle sumida en una consternación moral, también entonces lo habían engullido las aguas de su destino, turbias y lodosas, rojas de sangre” [1].

Medito sobre esto.

Y sobre las buenas y las malas novelas.

Estudio además los calendarios lunares de 2007, 2008 y 2009.

Me sirven para mi novela, sobre todo los referidos a Noviembre.

Con la luna llena se producen situaciones extrañas. Si uno no sabe manejarse bien, se le puede ir la vida al garete, en menos de lo que canta un gallo.

El primer capítulo de mi novela demuestra esto. Y su consecuencia: no atender a las señales perversas es signo de soberbia.

Y, por lo tanto, pecado mortal.

No en el sentido de que se le finaliza a uno la existencia, pero sí que se le mata algo que quiere o desea bien. Esa es -y siempre ha sido- la consecuencia de los hombres soberbios.

2.

Sabemos que traes una historia,

pero no la avives demasiado pronto [2]

Sigo pensando en las buenas y las malas novelas.

Todas las primeras son muy fáciles de resumir.

En extremo.

Una buena historia tiene una trama sencillísima.

Todo lo bueno le viene por la calidad de la prosa, la belleza del lenguaje, la profundidad de las ideas y la moralidad del discurso.

En las malas novelas sólo se puede resolver su carencia de trama sencilla con el apéndice o la glosa.

Es decir, que acaban siendo explícitas; bien por lo didáctico, bien por lo panfletario.

Y todavía queda un tercer grado de novela: aquella cuya estética meridiana es ridículamente plausible, fina e indubitable como una parca llovizna.

Ojo, lo que tampoco quiere decir que una novela con una trama más o menos básica, sea necesariamente buena.

3.

Tú, vacíate los bolsillos vacíos [3]

Escucho canciones viejas, nauseabundas algunas y otras pasables, correctas, pero nostálgicas al fin, y lo hago porque me llevan a otro lugar.

Pienso en Kiko Amat cuando dice:

Es curioso, no me digáis que no, de lo que te acuerdas y olvidas con el tiempo [4]

Y lo que no puedo soslayar es el hambre de estos días,

supongo que viene la voracidad por la consecuencia del pasado que declina como una torre que cae a mis manos y lo vuelvo palabras (o lo intento).

Tal vez por ello veo el documental “The smartest guys in the room”.

Y después de verlo extraigo una conclusión: que la maldad del hombre es endémica. Que todos somos buenos y malos en diferentes grados y que controlar la abyección no es cosa baladí.

De eso trata también mi novela: de ese demonio que tenemos todos adentro, y que siempre vuelve, justo cuando menos lo esperamos.

Ahora me toca ese trabajo: expurgar lo que de diabólico guarda mi memoria, mi juventud, los lugares de mi infancia; mi corazón.

Y debo confesar que duele, me duele, joder, me duele.

Pero que también… si no lo hiciese no podría continuar con mi vida.

Y ahora mismo, para mí, eso es lo más importante.

Lo único importante.

Por ello no puedo más que certificar las estragantes palabras

de Herbert Read:

“el artista ha de estar dispuesto a bucear por debajo del nivel normal de la conciencia humana y situarse bajo la corteza de la conducta y el pensamiento convencionales, a penetrar dentro de su yo inconsciente y del inconsciente de su grupo o raza” [5]

Que así sea, pues.

– – – – – – – – – – – – – –

Canción del día:

Pop will make us freakys – La Rubia Montoya

– – – – – – – – – – – – – –

[1] Miroslav Krleza “El retorno Filip Latinovicz”. Ed. Minúscula. Barcelona, Febrero de 2007. [pág 13]

[2] & [3] Jorge Riechmann. “Don del extranjero” & “Cinco sin blanca”, de Conversaciones entre alquimistas. Ed. Tusquets. Barcelona. 2007.

[4] Kiko Amat. Rompepistas. Ed. Anagrama. Barcelona. Enero de 2009. [pág 14]

[5] Herbert Read “Al diablo con la cultura”, citado por Antoni Tàpies en Memoria Personal. Ed. Seix Barral. Barcelona. Marzo de 2003. [pág 179]

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Archivado bajo El ejercicio de la escritura, Vida personal

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