¡Sálvame!

Ya no se aceptan más bromas

“Yo soy Simon, tú Garfunkel”. The New Raemon.

1.


Se llama Salvador, el protagonista de mi novela.

Pienso en él. En cómo es su vida. Qué le gusta, las cosas que le son propias:

bebida predilecta, gustos sexuales, normas de conducta y ética, si americana o parka, si zapatos con tacón o bambas, si ciencias o letras; si  ateo o cristiano, si… en fin, esas cosas que suelen servir para identificarnos.

Salvador está todavía reticente a hablarme, por el momento.

Me cuenta algunas cosas, sí, pero como en zafios zarpazos. Nuestras entrevistas, por el momento, arrojan unos resultados modestísimos.

Así que el jueves por la noche busqué en el sueño soluciones a este dilema

(suele ser en el sueño, no sé por qué, cuando a los personajes de las novelas les da por manifestarse con mayor libertad).

Entretanto, recordé la angustiosa y emocionante película Salvador, de Manuel Huerga (2006) que había visto días atrás.

La primera parte de esta película es necesaria, e ineludible para entender el desenlace posterior, pero narrativamente mala, muy mala.

La segunda parte, donde verdaderamente se desarrolla el drama, es memorable.

No lacrimosa, sino precisa, incluso mostrándolo todo, sin ocultar ninguna arista ni apartando la cámara de lo terrible, es un metraje sutil y precioso, dada su integridad neutral.

Y así esperé yo que sucediese con mi sueño, esa noche, que se transformase en esa segunda parte provechosa en la que Salvador me lo diría todo; todo todo.

2.

No sin alegría pero con cierta decepción por no haber contado en mi sueño con la presencia de Salvador, me levanté la mañana del viernes,

y la sorpresa buena vino en el desayuno de la mano de Humpty Dumpty,

ese huevo frágil que siempre anda en bamboleo y peligro de caerse a un lado u otro de la frontera:

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Y mi amigo Humpty Dumpty,

vivaracho y dicharachero él,  me transmitió un mensaje que no por profético me resultó menos inquietante: IKEA.

Así lo dijo.

Y, sin saber bien cómo, me encuentro a la busca de un autobús en Plaza Catalunya

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Y, al poco, adentro de uno de ellos, Gran Vía arriba…

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Y me pierdo, Á y yo nos perdemos, en una zona de polígonos industriales

y por aquí la ciudad de la Justicia y por allá edificios sin acabar

y por aquí nada y por allá descampados y… bum, el Ikea.

Mierda.

Pero entramos,

comemos salchichas, bebemos fanta de naranja, salimos, fumamos, volvemos a entrar y ya a partir de que un cartel dice Exposición, se vuelve todo un laberinto de callecitas y curvas y referencias y precios y muebles y complementos y accesorios y plantas y libros falsos que decoran las estanterías, y plantas y espejos y cuberterías, mantelerías, vajillas y… y mesas y sillas y…

y… uf! hube de sentarme a reflexionar qué estaba pasando:

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Como no encontré mayor verdad que la que siempre exige la naturaleza del arte, y es una máxima bien sencilla:

continuar siempre hacia el frente, que ya se nos revelará el propósito en el camino,

pues eso es lo que hicimos,

seguir hasta buscar la salida.

Y en el ínterin, un flash, una revelación: una silla. Esto es lo que vinimos a hacer. Ajá. Éste fue el mensaje de Humpty Dumpty.

Claro, ¡eso es!, necesito una buena silla, cómoda, móvil, adaptable y ergonómica.

Esto es lo que me ayudará con mi nueva novela. Sentirá también Salvador el gozo, la comodidad en la que se producirán ahora nuestras charlas y se me confiará ya libremente.

Fíjense sino ya qué placidez en el ánimo:

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3.

Como teníamos entradas para el Auditori, al final de la tarde

(no sin antes haber celebrado con buen vino la productividad del día)

nos cogimos el metro y nos fuimos para Monumental, sí, donde la plaza de toros.

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Y allí, caminábamos distraídos cuando A. me alertó de algo:

Hey, Mira, mira, Pepe, mira esto.

Y nos detuvimos a mirar una hoja suelta de periódico caída frente a la plaza de toros  (concretamente del periódico ADN).

Y aquí tienen una prueba más de que el arbe urbano espontáneo y efímero es sabio, y dice la verdad. Un día antes de la tibia sospecha y desconfianza de Ayala-Dip, y del franco desdén (por la innecesariedad del proyecto) de Ricardo Senabre,

la calle, el público (que es al fin quien compra los libros) ya había dictado su verdad.

Fíjenese que sorpresa encontrarse una hoja pateada en el suelo con el careto de Mr. Nocillo, que alerta de que “Fernandez Mallo pone fin al Proyecto Nocilla“:

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Y la reflexión es sencilla:

quién ha puesto fin a quién, eh?

he aquí la cuestión.

4.

Y hablando de finales,

en contra de la estimulante catalepsia que esperaba sufrir con el concierto de Francisco Nixon,

me encontré con una incomodidad ingrata y cierta sensación de impotencia.

Adoro sus canciones, desde siempre, y las de la Costa Brava todavía más. Y, sin embargo, quedaron deslucidas, como cantadas y tocadas a desgana, sin esa melancólica luminosidad que tienen en las grabaciones.

Incluso sus atuendos parecían fuera de lugar. Lo siento, pero no se puede salir a tocar al Auditori de esa guisa.

Eso sí, el broche del concierto, “Treinta y tres”. Inmejorable. Emocionante. Fabulosa. Para mí, el concierto comenzó y terminó con esa canción.

Todo lo anterior pareció calentamiento, titubeo y toma de contacto.

Cierto que se le veía nervioso, y él mismo lo reconoció.

Pensé al verlo salir a escena que algo terrible le hubo de suceder esa tarde.

Espero que no sea nada grave, porque me gustaría volver a verlo con su verdadero esplendor, porque tenerlo lo tiene, eso es incuestionable, pero anoche su estrella no brilló en el Auditori.

No sé, quizá es que nadase en secano, tal vez su ámbito sean los conciertos a domicilio y se sintiese anoche fuera de lugar. No puedo juzgarlo, pues nunca estuve en uno de ellos.

Aquí lo tienen, de todos modos, en su faena de anoche:

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5.

Bien diferente resultó la actuación de The New Raemon,

ya natural y con desparpajo desde el principio, honesto, vibrante y dándolo todo.

Claro que jugaba en casa, eso hay que decirlo también. Claro también que anda en racha y que su ascenso va a toda pastilla, y eso ayuda, claro.

También ayuda una buenísima banda cubriéndole y el dominio de la voz que tiene The New Raemon ya no es que ayude, es que juega una partida de hilaridad y sorpresa y entusiasmo contra sí misma que es casi increíble e hipnotiza.

Esa voz disfrazada de pop inglés en Madee y que ahora se vuelve loca en su propio regocijo costabravista, y en castellano.

Sus versos además, juegan al despiste, apostando siempre por el detalle imprevisible y la asociación incrédula que construyen unas canciones y un repertorio de puro mágico.

Algo determinante también que tiene además la obra de este muchacho es que todas sus canciones forman un continuo;

no significa ésto que sean intercambiables, sino que tienen entidad propia y que las diferentes combinaciones de ellas producen resultados diferentes.

A ver, en la mayoría de bandas estos resultados se codifican en las diferencias de intensidad del repertorio,

en el caso de The New Raemon y unos pocos más, lo que sucede es que la ordenación produce verdaderas obras diferentes. La consecuencia es que acontece un verdadero diálogo entre las canciones sobre el escenario.

En fin, una noche inolvidable.

Aquí la faena de The New Raemon:

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Y como colofón, el público, que es él que manda siempre

-y que (diría yo) pareció quedar bastante satisfecho anoche con ambos conciertos-:

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– – – – – – – – – –

Canción del día:

Dramón Rodríguez – The New Raemon

– – – – – – – – – –

Actualización 27-10-2009 [02:08 am]

La edición de Otoño (número 19, titulado Los músicos escriben) de la revista Eñe ha dejado en abierto el texto de Francisco Nixon “Champán para todos”, en el que glosa la figura de su amigo desaparecido Sergio Algora.

Se puede leer íntegro aquí.

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