El breve encanto de lo mundano

1.

Son casi las ocho menos cuarto de la mañana del miércoles y llueve.

Ha aparecido ya la necesidad de la calefacción. El invierno.

Fuimos hoy a comprar un jersey. No necesito más. Un jersey rosa, precioso y funcional. Vimos más, y algunos de dibujo más elaborado y formas y colores más complejos, pero me dio la impresión que era innecesario ese gasto en jerseys.

Al menos de momento.

Me siento satisfecho por no sentir la perdición del consumo.

Agradecido, diría, de no sufrir la debilidad “posesiva” de los objetos.

Cierto que tengo muchos libros y compro más y me regalan todavía muchos otros, pero más cierto es que leo una cantidad ostensiblemente mayor de libros sacados de bibliotecas públicas.

Y me parece bien.

2.

Puedo sentir los ritmos de la tierra, el nacimiento, el florecimiento, el declive y la muerte, en mis huesos.

Mis huesos. [1]

Son las nueve menos cuarto y ha dejado de llover.

Al menos con la virulencia de la última hora. Ha sido una verdadera tormenta, de esas que hacen temblar la estructura de la casa y golpean los cristales como la fuerza de un ejército silencioso que quisiese invadir tu casa.

Hay niños alegres en la escalera ahora que seguro van camino de la escuela.

Y sus madres detrás,

con esa voz dulce y de atronadora confianza del corifeo.

Me acuerdo de algo sucedido durante la cena.

Se trata de una secuencia de varios segundos, más bien breves, que suceden en muy pocas ocasiones.

Son esos segundos de los que habla Johnny Cash, en los que, al fijar la mirada en un punto concreto, ese punto coincide con otro punto de otra parte del globo que desconocemos.

Cash lo llama encuentro con la presencia de dios.

Yo lo llamo notar las entrañas de la naturaleza.

Sólo me había pasado en una ocasión anterior. En casa de mi madre. Cuando escribía mi primera novela.
En ambas ocasiones esto ha sucedido estando en la cocina.

No sé qué significa, pero sé que es una buena señal.

Una señal inmejorable, diría yo.

Significa que tengo el beneplácito de las musas para escribir esta nueva novela.

Significa que es una novela necesaria.

Así sea necesaria para mí solo.

3.

Es la una menos diez del mediodía.

He salido a la calle a acompañar a A. de camino al trabajo.  Llovía. Me he mojado.

Me ha resultado halagador y divertido.

Iba (yo) con una camiseta de manga corta y zapatillas y el jersey que compré ayer atado a la cadera.

Fui a buscar mobiliario de oficina y pinturas.

Los comercios estaban vacíos. Ningún cliente.

Sólo yo.

Resulta enternecedora la actitud de los dependientes de los comercios, ahora, ahora que nadie quiere comprarles… ahora que sólo me tienen a mí como cliente…; su servilismo no puede resultar sino paradójico.

Es decir, que justo por esa razón no me ha dado la gana que me ensañaran nada, y no he comprado nada. Aunque es cierto que tampoco llevaba dinero encima, pero eso es lo de menos.

Un vendedor debe convencer o proponer, no arrastrarse y aguardar como hacen los mayordomos del servicio.

Si lo pienso… las artes ahora parecen mayordomos al servicio del dinero de las instituciones.

Pienso en algo que dice Enrique de Hériz sobre los editores que gustan de la usura:

“los editores que priman por encima de cualquier otra consideración los resultados económicos terminan perdiendo dinero. Qué dañina paradoja.” [2]

4.

Es ya el día siguiente.

O sea, las nueve menos diez de la mañana del jueves 22 de octubre.

Lo acabo de revisar en el calendario.

Se me han cortado los labios, como cada año. O como cada cambio de estación.

Me duelen. Pero ya estoy acostumbrado a ese dolor. Así que pienso más en cosas que hacer o leer que no en el dolor de los labios.

Porque esto es un secreto: si no piensas en tus labios ya no te duelen.

Esto lo aprendí ayer. Al hilo de la novela que escribo.

Es una cosa muy sencilla. Así:

que la presunción de la verdad no es sino que la forzada constatación de una sospecha.

O en términos más sencillos:

si nos empeñamos en que exista un corte en los labios, éste persistirá con su existencia.

Si lo olvidamos, entonces conseguimos dejarlo en descrédito frente a la realidad y ya la valoración siquiera sucede en términos de existencia sino en términos de pura pertinencia.

Banalidades, vaya.

5.

Son las seis menos cuarto de la tarde del jueves.

Sigo leyendo a Johnny Cash, dice:

“El proceso creativo al que en ocasiones se entrega mi mente ocurre, normalmente, sin diálogo. Son las cosas mundanas, donde el ego se encuentra con lo cotidiano, lo que motiva mi diálogo interno.” [3]

Estoy solo en casa, camino por el pasillo, voy y vengo.

Tengo la radio encendida en el salón. Se escucha una voz.

También una música sale del mac (Off the hook, de los Rolling Stones).

La voz de la radio del salón dialoga de un modo imposible con mi vecina, que ensaya del otro lado de la pared, a voces, las notas musicales.

Alguien le acompaña al piano. Ahora cantan juntos.

Entre tanta cantata bravucona suelto unos cuantos improperios al aire, palabras groseras, pero dichas con alegría y esmero.

Y así, desentendiéndonos, a nuestro modo, dialogamos.

Pues pronto se convierte todo en la necesaria algarabia caótica que ha de preceder al buen acto de la escritura de novelas.

Cierro presto el blog de wordpress

y continúo entonces con el documento de word que está siempre abierto, dispuesto a recibir más palabras.

Y yo, claro, se las voy a dar.

Estoy totalmente dispuesto a hacerlo.
Es más, lo hago.

Ya mismo.

Porque lo mundano, para que su favor nos resulte provechoso, debe sernos suministrado siempre en pequeñas dosis justas.

– – – – – – – – – –

Canción del día:

Martini dry – Philippe Sarde

– – – – – – – – – –

[1] & [3] Johnny Cash y Patrick Carr. Cash. La autobiografía de Johnny Cash. RBA Bolsillo / Global Rhythm. Barcelona. Septiembre de 2007. [pág 31 & pág 254]

[2] Enrique de Hériz. Del prólogo a la reedición de El día menos pensado. Ed. Edhasa. Barcelona. 2005.

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