Difusa deontología del escritor [10] -y fin-

A duda y obstinación

Enrique Solinas, “Escribir”.

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1.

Los objetos suelen

tener lugares (pre)diseñados para ellos.

Cuestión de ergonomía, practicidad y método.

Y allí residen, allá se quedan; y se quedan allí no porque nosotros los dejemos allí voluntariamente, si no que los distribuimos en sus parcelas idóneas

(las que nos han enseñado a creer idóneas)

empujados por la pura rutina y el desconsuelo de no hallar mejor utilidad para ellos.

2.

Este mediodía estaba cocinando tortigliones y, sin saber por qué, los arrojé de la cacerola a la pica, repentinamente.

Y me los quedé observando y me dije: “oh, esto es bello”.

E inaudito.

Y los fui cogiendo, uno a uno, con la mano, y luego en grupos, y quemaban, y noté su tacto lábil, su flexibilidad. Y quemaban. Quemaban mucho.
Pero eran bellos en su ardor.

E incluso me sorprendió todavía más poder sentir parcialmente la alegría que parecían demostrar los tortiglioni por estar allí, desperdigados en una pica y no en su lugar habitual: el plato o la cacerola.

Los tortiglioni me transmitieron su felicidad de ser tortiglioni sin más propósito que ese mismo: servir para la belleza de mi mirada.

Esto me dio una idea.

3.

Después, a la tarde /noche estuve viendo con Á. el video (pseudo)explicativo que Agustín Fernandez Mallo ha hecho sobre su trilogía Nocilla

(se puede descargar aquí).

y llegué a dos conclusiones:

a) que lo que Mallo llama debordianamente (y con algo de caspa) “deriva” no es más que la figura del zombi. El zombi cultural, si se quiere.

b) que el proyecto Nocilla no es literatura sino sociología del sujeto cultural, o del así llamado artista.

Y sus corolarios:

a.1) que la resistencia a la interpretación de la pieza en cuestión (el documental) no se hace partiendo del aperturismo de una obra que se declarase a sí misma legitimada para convocar diferentes planos de interpretación (y, por tanto, de significado), sino que apela ingenuamente al radicalismo anárquico de la relativización.

a.2) que toda la obra de Mallo es un despropósito, y esto por la sencilla razón de que -como él mismo exhibe orgullosamente- toda su obra carece de propósito. Es decir, que todo (signo y significado) se dejan a la deriva.

b.1) que el proyecto Nocilla (como así lo quiere su autor) es un testimonio fidedigno de los tiempos contemporáneos, una muestra representativa del zeitgeist.

Y del hartazgo.

4.

Contra lo que pueda parecer,

me ha encantado ver el documental de A. Fernández Mallo. Me parece imprescindible e inapelable. Y le doy las gracias desde aquí por haberlo hecho y pienso que ojalá lo vea mucha gente.

Y es que, además, me sirve como broche fabuloso para cerrar esta serie de diez capítulos en torno a la deontología del escritor.

¿Por qué?

Muy sencillo, verán, por definición, la obra artística debe hacer todo lo contrario de lo que propugna Mallo. Y es que el arte, para ser arte y no una reunión de bellos cadáveres, debe tener un propósito.

La fotografía que se ve al comienzo de este post no es artística, porque no propone nada. Es bella, sí. Igual que es bello el documental de Mallo, nadie lo pone en duda. Pero no es arte (lo que yo y toda la historiografía del arte entendemos por arte) porque carece de un ideario.

O mejor dicho, ambas cosas (la fotografía de los tortiglioni y el documental de Mallo) representan el tipo de arte que se propone en estos tiempos: un arte que se basa en la mera publicidad  de la naturaleza del mundo, con su horror y su hermosura. Sin intercesión del así llamado artista, que no es más que un dinamizador de informaciones múltiples. No ya una especie de agente de la cultura, sino un mero gerente cultural que va poniendo las ingentes piezas del lego de la cultura en los cubículos que tiene a su alcance.

Siquiera un organizador, el así llamado artista que se propone hoy día es una tabla de madera porosa que yerra por el río de la cultura.

Y de aquí la idea que he tenido esta mañana, y que la iré concretando en una nueva serie titulada “Para acabar con el lenguaje”.

Mi punto de partida es sencillo:

si nada podemos hacer con el lenguaje porque éste nos abrasa, ahoga y anula como seres juiciosos, la única salida que nos queda es destrozar el lenguaje y dotar de nuevo significado a las palabras.

O crear un lenguaje totalmente nuevo.

A la vista de los acontecimientos, no hay otra.

Y es que no es que sea cosa sólo de Mallo;

Damien Hirst, por ejemplo, el enfant terrible del arte ahora resulta que busca el reconocimiento de la crítica.

Pues eso,

que igual va siendo hora ya de dejar el patio del colegio y hablar de cosas serias,

entre adultos.

Buen momento también para recordar aquella afirmación que hace Schiller en su “On the use of chorus in tragedy“:

“A poetical work must vindicate itself”

Pues eso,

que ojalá se nos enciendan de una vez a los espectadores las orejas como en uno de esos Dibujos a Ciegas de Manuel Olias:

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