Espías silenciosos

He walks because he is not stopped by anything [1]


1.

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"¡Burocracia!", de Cecilia Szalkowicz, Gaston Persico & L. Estol.

Camino estos días entre la burocracia,

delegando mi impertinencia en el arreglo forzado con los compases de espera;

intento no detenemerme más que para lo necesario: un poco de sueño, el café, vestirse… apenas más. Una ducha, claro. Una ducha rápida… sí.

Ni siquiera me da para el afeitado.

Y, al despistarme, la burocracia me ataja, y la driblo -o lo intento-; y la muy puta se me pone de nuevo al frente. Una y otra vez.

Venimos haciendo un juego en el que yo hago como que soy de su grupo de amistades, pero me siento espía del sistema. Y el sistema me sonríe (o sus funcionarios) y todos contentos.

Pienso en Anthony Masters cuando dice:

The writer is a natural spy, perpetually gathering intelligence and often living, as Graham Greene would have it, on the dangerous edge of things [2]

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2.

Además, camino estos días entre llamadas de teléfono que me exigen letras pendientes con el banco y proposiciones variopintas

(unas las hago yo, y otras me las van haciendo).

Todo son letras, pues, letras de la vida, el dinero, la economía y el sentimiento.

Y es que todo es lenguaje, sin remedio.

A este respecto ando dando vueltas a la idea de acabar con el lenguaje, pero todavía no puedo más que enunciar vagamente el propósito.

Tengo que pensar más sobre ello.
De momento,

quedémonos con este verso del poema “A little language” ,

de Robert Duncan:

“There is a pun of scents in what makes sense “

O sea: el truco; y es que hay que acabar de una vez con los ardides mágicos de la falaz filosofía del lenguaje.

3.

Volviendo

a las cosas de la guerra mía con el mundo, pues me parece que de momento vamos empates (más o menos): mi bonhomía y paciencia contra los tratos que exige la negociación social y empresarial / Y la hostil resignación elástica de la burocracia.

De momento…  hemos quedado en buenos términos. Creo.

La burocracia me dio lo que le pedí, y yo no perdí los estribos.

Así que bien. Nada más allá de lo tolerable.

Ahora nos miramos con recelo, desde lejos. A la distancia. Yo y la burocracia. O yo y todas las demás cosas que vienen a mí intercedidas por el lenguaje.

Me doy cuenta, pues, de que ser un espía en el terreno del logos es la tárea del escritor. Y a ello me doy con fuerzas renovadas.

4.

Poetry´s the mother of those who have created their own mothers [3]

A este respecto

viene la revelación que tuve anoche; esta mañana -para mí-, más bien. Y que tiene que ver con un verso del poema “Anorexic” de Eavan Boland que dice:

Flesh is heretic

Sucede que la tercera parte de la trilogía en la que trabajo desde los últimos tiempos se ha alineado ella sola en el segundo lugar, y la estructura se me va formando mentalmente.

Pero hasta ayer (esta mañana) seguía sin tener el punto inicial del relato, así que espiaba a mi propio intelecto, tratando de hallar ingeniosamente algún indicio.

Y así, de (re)pronto, al andarme a la cama y cerrar los ojos, sucedió.

En el contorno de los párpados, mis córneas cansadas, alucinadas o extáticas, comenzaron a proponer(me) un extraño relato:

un hombre que caminaba, apenas el contorno negrísimo y unos pasos silentes pero decididos, que iban y venían como en un loop por sobre el contorno interno de los párpados.

Y me acordé: los fantasmas. ¡Mierda!, pensé.

Pero lo pensé con alegría, porque al abrir verdaderamente los ojos había un hombre sentado en mi sofá.

Un hombre cualquiera, ni más alto ni más bajo, pero real, y sí, obviamente, un holograma (real) producto de mis pasadas pesadillas.

Aquí la clave, me dije: la superación de los miedos. El salto a la etapa adulta. Éste es el tema de mi novela, joder.

Porque hasta ayer mismo seguía sintiendo presencias en la noche,

correteando por el pasillo, ¡tocándome incluso!, invadiendo mi espacio, asechándome. Presencias perversas que me llevaban al punto del temblor y la taquicardia, el puro miedo.

Miedo auténtico que algunos llamarán remordimientos y que yo considero verdaderas presencias espectrales con capacidad de incidir virulentamente en el ánimo del cuerpo, pero, sobre todo, de la mente.

Esto me hace pensar en el terror. En el terror pasado. El mío.

Porque anoche, al abrir los ojos y justo levantarme para comprobarlo, él estaba allí. Era un hombre, tal vez yo, mi yo del pasado. Y era real como la pera que cae moribunda del árbol. Así el hombre, que se me fue desdibujando de las córneas hasta írseme al sofá y, de ahí, desapareció finalmente por la ventana.

Pero estuvo ahí, corpóreo, nada de como una ilusión óptica. Se materializó en un cuerpo real.

Por ello pienso en una frase que leí esta tarde en el Cultura/s de La Vanguardia:

Quizás sólo los escritores pueden aspirar a manterner relaciones póstumas con los lugares de sus obra[4]

Y héte aquí la clarividencia:

las presencias no han desaparecido. Ahora mismo

(y son las siete am de la mañana, y es todavía de noche, muy de noche)

esas presencias siguen aquí, en el pasillo, más suntuosas y caudalosas que nunca, apoyadas en la otra silla que tengo a mi lado, tecleando en el otro portátil, tal vez incluso robándome algo del humo de mis cigarrillos.

La diferencia es la naturaleza de la relación que tenemos, y es justo lo que decía Miquel Berga: la naturaleza póstuma de la relación la clarifica y rescinde su exclusividad. Nos quita de tener que pagarle a los fantasmas el tributo de la sumisión afectiva.

Diciéndolo de otro modo: madurar, la edad adulta, no es más que la aceptación de los putos fantasmas silenciosos.

La sabiduría que ha venido en el silencio ha sido esta: las defunciones implican necesariamente que seguimos corriendo. Aceptar los fantasmas (ahora juguetones) que campan por la casa es una afirmación de la vida.

Y de la escritura.

Y lo sucedido es que se ha invertido la relación jerárquica:

a partir de este momento soy yo quien mando sobre mis fantasmas.

De eso habla(rá) la novela: de la subversión y del lenguaje.

De demostrar quién tiene el bastón de mando.

5.

Esta tarde estuve en el Lletraferit.

Antes pasé primero por la biblioteca a buscar varios libros. Básicamente busco libros del tipo Künstlerroman.

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Pero felizmente me halló “Quartet” de Jean Rhys.

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Es fascinante cómo los libros,

esos espías silenciosos que habitan las estanterías van oliendo nuestro sufrimiento o interés y, en el momento más preciso, nos dicen “hola, estamos aquí, sólo para ti“.

Y uno los coge, e igual que con los fantasmas, los subyuga y los hace suyos.

Estas son las cosas que marcan definitivamente la personalidad del individuo.

Porque en la vida sólo se pueden tomar dos posturas:

o espiar o ser espiado.

En la vida se elige: o el verbo o el silencio.

Todo lo demás es la impostura de la burocracia.

– – – – – – –

Canción del día:

Secret Agent Man – Johnny Rivers

– – – – – – – –


[1] Italo Svevo. “Mr. James Joyce described by his faithful pupil Ettore Schmitz“, incluido en Escritos sobre Joyce. Ed. Nexos. Barcelona. Febrero de 1990.

[2] Anthony Masters. “Literary Agents. The novelist as spy”. [From the introduction] Baril Blackwell Ltd. New York. 1987.

[3] Robert Duncan. The H.D. Book. Frontier Press. 1984. [p. 21]

[4] Miquel Berga. “Las raíces catalanas de ´1984`”. Suplemento Cultura/s de La Vanguardia. Miércoles 30-Septiembre-2009. [p. 24]


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