No seas cruel

It´s one of the primary impulses to write: to fix the annoying.

John Reed. Easyreeder.

Todo el día frío/calor  calor/frío

así ayer y el lunes, que fue cuando celebramos la fiesta de mi hermano pequeño recién llegado de Italia.

Lo pasamos bien, muy bien, lo pasamos -de hecho- fenomenal, pero yo andaba en manga corta y hacía un frío que pelaba y perdí un paraguas de Á. en un taxi y luego quise colarme en el Bagdag a hacer un espectáculo improvisado poético… pero había un rumano, o checo o ruso. En cualquier caso un tipo muy alto.

Y un detalle importante: no llevábamos cámara de vídeo encima.

Así que ganarse unos empujones y tal vez decorarte la cara de bermellón para que no pueda quedar para la posteridad… pues, hombre. No sé.

Así que hoy pensaba en las cosas molestas.

Iba en el autobús esta tarde a casa de P. a montar unos vídeos para el show del viernes de Harold & Blúm y estaba lleno el autobús de viejos y de tarados. Y de tarados viejos, y de viejos tarados.

Y cándidos mozuelos en carros con las ruedas quietas. Algunas mujeres cuidando de los carros, también. Y un señor, me parece.

Y yo, por supuesto. Y mis ensoñaciones.

Y vaya que no sé si así del refilón puede que quisiesen incluirme en alguno de sus grupos. Esto es lo que pensé, pensé que no cuadraba mucho en este grupo autobusero de miércoles por la tarde.

Así que andaba leyendo a Miguel Delibes y pensaba en la falta de originalidad de la violencia contemporánea, y en el empalago que su proliferación y vastedad nos producen.

Y es que la repetición en contra de ser puerta para la meditación y el culto a lo sagrado, se ha mudado a una suerte de mediocridad catastrófica e inacabable.

Como si todas las cosas se equivaliesen, pero en contra de equivalerse en lo próspero, lo hiciesen en lo adverso y la consecuencia fuese una bajísima calidad del producto (del producto humano, digo).

No sé, en esto pensaba esta tarde, que estaba comiendo con P. y ya eran como las cuatro de la tarde y yo tuve como un deja vú hasta casi gracioso.

De repente noté como alguien desde una de las mesas de la esquina lanzaba el tapón de una botella de plástico contra mí, y yo no sé si lo lanzó o no lo lanzó, porque al girarme y ver una pareja que miraba la tele,

hasta dudé de la veracidad de lo sufrido; a la afrenta me refiero.

Pero el caso es que yo diría que si cayó un tapón cerca de mis pies.

Y me giré, y los contemplé: ella era una mujer de espeso cabello rizado y él un hombre fornido y gritón.

Y los miré, y allí seguían, como si nada, gritándose entre ellos, gritándole al camarero y gritándole al televisor. Ordenando la comida y la bebida y tal vez ordenándose a ellos mismos y -tal vez- al mundo que los rodeaba.

El caso es que su supuesta concentración en sus gritos, en su propia individualuidad, convocó por contraposición una suerte de afrenta.

O así lo sentí, o lo quise sentir.

No pude más que acordarme de Dahlmann. Y más que de Dahlmann, del mismísimo Borges, el cual escribió “El Sur” para conferirle tintes dramáticos e inexorables a su ceguera. Pues la historia parte de un golpe que Borges se dio contra una esquina y por culpa de la cual, comenzó a manifestársele la ceguera.

La anécdota es una anécdota vulgar, probablemente como todas las cosas que le hubieron de suceder a Borges y, sin embargo, o justamente por ello, una decisiva molestia irreparable que exigía ser escrita y vuelta maestría del culto literario.

De vuelta a casa, con el autobús nº 50, la afrenta del tipo fornido del bar se me antojó una pálida ensoñación debida a mi más que probable comienzo de fiebre, que temo me ataque ferozmente en los próximos días… y me noquée.

Y me acordé del poema “El surfer” de Gonzalo Escarpa, donde hace una explicación de la utilidad de la literatura,

que no por ser más prosaica que la de Borges resulta más inestimable, pues además consigue Gonzalo dotarla de la necesaria ironía que exige en nuestros días el tratamiento poético de los asuntos humanos.

Gonzalo dice: la literatura sólo sirve para inventar al vida, para señorearse encima de ella, porque así son los tiempos y no queda remedio. Hay que enfrentarla en términos crudos, porque así se nos presenta, la vida. Pero Gonzalo es un idealista, en el fondo, a pesar de las apariencias.

Todo ello me lleva a “5 horas con Mario“,

de Miguel Delibes, que disfruto estos días.

En ella una mujer exorciza sus demonios mientras vela el cuerpo muerto de su marido, un catedrático de instituto.

Y escritor simbolista o decididamente malo. Eso no podremos juzgarlo.

Pienso entonces en la violencia contemporánea, en el silencio que nos produce su indigesta gula.

Y mi vecino abre la puerta, son las seis de la mañana; se marcha al trabajo.
Me pregunto en qué trabajará mi vecino…

Me pregunto por qué nunca he hablado con mi vecino, siquiera cuando un cerrajero de guardia vino a derribarle la puerta porque se dejó adentro la llaves, el muy

Y me digo que toda la culpa la tiene Facebook, que ahora todo quisque pelea por abrir  las velas de su ingenio y el resultado acaba siendo una maraña de ruido que parece inofensivo y, quizá por ello, acaba doliendo.

El Facebook es la mayor constatación del estado de los tiempos.

Sucede  con esa plaza del mercado que es el Facebook como con la mujer protagonista de “5 horas con Mario“,

que no se hace un ejercicio de contrición sino de repulsa.

Y lo peor, repulsa de uno mismo. Porque en el Facebook, igual que esa mujer en la novela de Delibes que vela un muerto, sólo escucha cada uno su propia voz. Porque los otros, la sociedad, está muerta, están muertos, está muerta de hastío, la sociedad, están muertos de falsa benevolencia, sus miembros.

En estos tiempos hay muchas palabras que pelean contra sí mismas.

Esa es la motivación de la escritura, hoy día; eso es lo que nos duele: el fastidio de sólo poder conversar con nosotros mismos, sabiendo que nadie más nos escucha.

De ahí la ira, de ahí la proliferación del género policial como nuevo best-seller, de ahí la frustración y la mala literatura.

De ahí que

esté notando ya el comienzo de un catarro de cojones y, sin embargo,

tenga al frente el ventilador a toda pastilla y siga siendo incapaz de apagar este maldito portátil… y me haya dado a escribir lo escrito.

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Archivado bajo El ejercicio de la escritura, El yo y sus aledaños, Vida personal

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