Poiesis

Luego, la vida había vuelto lentamente,

también para él, al acostumbrado engaño [1]

1.

Así sucede

que tardo más de lo habitual en dar respuesta a las cosas.

No sólo mails o mensajes, o invitaciones, sino incluso la réplica precisa al riego de mis propias ideas suele venir estos dos días con deleznable retraso.

O acaso debería decirlo con mayor propiedad: no, el riego no flojea, sino que se mantiene su particular y peculiar ritmo nervioso, pero parece ser que las ideas vienen a desestimarse con mayor celeridad que antes.

Me gustaría pensar que esto responde a que se me ha tornado el juicio más exquisito.

Pero uno nunca sabe.

2.

Me ha llamado mucho la atención esta frase de

Fernando Royuela:

Al delegar la obligación de triunfo se transfiere al mismo tiempo la responsabilidad sobre el fracaso”

Habla Royuela de cómo las palabras cambian el mundo.
Supongo que tiene que ver entonces mi lentitud

(o mi rapidez fulgurante)

con eso de la responsabilidad compartida, entre yo y mis heterónimos.

Pienso en que en un momento de la vida acabamos desdoblándonos y entramos en crisis, porque nuestros diferentes yoes pelean por propósitos diferentes

-o acaso les ahoga su complicada complementariedad-.

Entiendo que es esto lo que me sucede,

que la celeridad es la fuerza con que se impone el acuerdo para no tener que pelear conmigo mismo.

No ya por pereza, sino por temor al largo litigio.

Y que la lentitud, entonces responde a la complejidad de hallar el acuerdo que contente a todos mis yoes.

Como ese verso de Peru Saiz Pérez,

tan sencillo y a la vez revelador de la importancia de que encajen bien unas cajas con otras, y que uno se pregunta constantemente a sí mismo:

¿quieres meter tu poema en mi cuaderno?

3.

Tiene un nuevo amigo que se llama Dios [2]

Hablando de la dispersión identitaria,

he visto con bastante agrado The three burials of Melquiades Estrada, y ya con un menor interés (a pesar de haberla visto antes que la otra) Frozen River.

En ambas se produce una lectura muy interesante de la identidad.

En la segunda desde una vertiente más maternal e integradora y en la primera desde una posición más épica y, por tanto, necesariamente más varonil.

En ambas se rompen las relaciones de familiaridad y se construyen otras nuevas.

Seminal debe ser en nuestro tiempos el estudio sobre cómo se agregan y repelen las moléculas de nuestra identidad, pienso.

Y es que me temo que nuestras reflexiones, en adelante, sólo podrán ser válidas si las situamos en estados fronterizos.

Porque lo que se ha roto -desde hace tiempo- es la linealidad.

Pues la frontera ya no es algo rígido o geométricamente delimitado en puntos concretos donde las realidades chocan, sino que la misma frontera móvil converge en todos los lugares al mismo tiempo.

La realidad, en su conjunto, ha evidenciado el sueño alephiano de Borges.

Ahora lo uno ya no es parte del todo sino que lo contempla en su totalidad.

La crisis viene de saber que uno es todo y a la vez uno no puede dejar de ser uno mismo.

Conjeturo que eso evidencia la maduración del carácter, que supone no la calma como uno sospecharía sino el irrefrenable delirio.

4.

Estos días

en conversaciones con amigos escritores hemos llegado al acuerdo de que debemos generar un nuevo paradigma inclusivo que de cuenta de cómo se las ve hoy día el artista con la realidad.

Porque los modelos del siglo XX y hacia atrás resultan arcaicos.

Son modelos obsoletos que no nos sirven.

Porque el alumbramiento del artista, del producto que genera el artista, mejor dicho,  se desentiende de los métodos tradicionales.

Lo que había hasta ahora es ya Historia, de la que se escribe con mayúsculas y se llena de polvo.

Con la entrada de lo digital y lo global,

el artista deba adoptar otro nombre que garantice la inclusión de todos sus heterónimos pero no como en la época clásica o acaso de la forma que hiciese por ejemplo Pessoa,

sino que fuese uno el conjunto de sus heterónimos.

Y a eso, a esa clase nueva de “alumbrador” de realidades invisibles,

me parece que ya no le podemos llamar artista, sino que habrá que inventarse otra denominación.

Y así con el paradigma que lo sustenta(rá).

5.

Me acuerdo de Heidegger hablando de la felicidad

(el éxtasis, dice él)

que produce el hecho de que una cosa abandonde su posición para convertirse en otra cosa

[la propia creación artística]

Me planteo si es que quizá en nuestros días la respuesta que le viene de fuera al creador  es tan abrumadora como al mismo tiempo decepcionante.

Y al éxtasis de sentenciar una posición nueva para la cosa, le sucede (o acaso viene atada a él) y de manera ineludible, la decepción.

Hay una frase ilustrativa a este respecto,

de Blanca Riestra, dice:

“como si el ruido fuese un ungüento indispensable para la melancolía” [3]

Estamos llenos de ruido, de melancolía y, sin embargo, de felicidad.

Nunca se había dado el caso de esta bipolaridad creadora,

tan inmediata, mediatizada y, por contra, profundamente libre e inútil.

Esa “minoría casual y variopinta

de la que habla Mario Benedetti en su poema Los Poetas ya no vive su paranoia sino que enparanoia su vida.

Y esto me lleva a dudar de si mi tardanza tiene que ver con mi sabiduría o con mi malsana fijación por agradarme a mí mismo.

O puesto en términos más sencillos:

no estoy seguro de si la edad produce sabiduría o simplemente diversifica y enrevesa la irreparable tontuna con la que nace el ser humano,

incluso el poeta

(o especialmente éste).

[1] Giani Stuparich. “La isla”. Ed. Minúscula. Barcelona. 2008. [Pág 29]

[2] Tulio Stella. “La familia fortuna / Arte Poética”. Ed. Lengua de Trapo.

Madrid. 2001.[pág 11]

[3] Blanca Riestra. “Anatol y dos más”. Editorial Anagrama. Barcelona. 1996. [pag 15]

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