Aquí y ahora

Quizá tú ya no eres tú [1]

1.

En la vida pasan cosas,

nimias y acaso intrascendentes,

algunas desagradables, pero que, sin embargo, son el gérmen de futuras decisiones importantes.

Supongo que así es, que las más menudas crisis son, en realidad, el fundamento para las grandes resoluciones. Las más definitivas.

Esto que parece un acertijo es fundamentalmente una cosa sencilla pero para nada simple:

me he dado cuenta de que lo que yo tenía como rencorosas afrentas

(ineludibles e imperecederas) con el pasado,

no son más que pura tontería de adolescente que todavía llevaba conmigo, en esas alforjas de la culpa y el resentimiento de las que no acabamos de despedirnos, quizá por espurea nostalgia, o peor, por la incertidumbre frente a un futuro que puede quedársenos vacío, huero, sin esperanza.

Por el miedo al futuro es que uno se aferra inútilmente al pasado.

Estas justificaciones, estas excusas al menos son algo, supongo que era el pensamiento que las legitimaba hasta el día de hoy.

Un pensamiento inocente,

sí, hay que ser honesto y decir que este era un pensamiento inocente… sí, pero también dañino y, por sobre todo, representaba la disculpa del cobarde.

Vanos pretextos, si venimos a decirlo en claro.

2.

Pero nadie te ha dicho que existes tú, ante todo tú, principalmente tú.

[2]

En fin, ya saben,

el litigio con el padre, el dolor filoso de malas palabras dichas en la juventud

(que pesan y pesan y pesan)

y una cosa llamada indefensión aprendida (esto lo aprendí cuando estudiaba psicología).

Otra justificación más para no afrontar la realidad: que yo ya no soy yo.

Yo soy otra persona muy diferente de la que seguía caminando con esas alforjas vanidosas de la culpa y el rencor hasta hace apenas un año.

Dicho claramente: al poner en alto estos motivos infantiles, en el ejercicio mismo de la conversación, uno los encuentra finalmente ridículos y prescindibles.

Y uno piensa: seré tonto…

Y se piensa: menudo mamón que estoy hecho…

3.

Vivir de lo que uno escribe, ¿no te parece un buen plan de vida? [3]

Todo lo antedicho

se refiere especialmente a la escritura y a la publicación de novelas.

Y aún más, a la participación activa en la construcción de eso que se llama “ser un escritor”.

No decirlo, decir con las ínfulas del fatuo: soy un escritor.

No.

Sino serlo, con todas las consecuencias. Es decir, escribir, denodadamente.

Atreverse, lanzarse al vacío. Exigir que la industria editorial dé salida a mis producciones

(tuve dos novelas guardadas en un cajón por casi cinco años, guardadas de puro miedo)

Hasta el ultimo aliento.

Con la convicción furibunda de ganarle la partida al lenguaje, pero, sobre todo, al pasado.

Dejar a un lado la vanidad. Porque es esa misma vanidad la que nos justifica, nos decimos: oh, sí, yo soy mucho mejor que vosotros…

Atreverse pues a demostrarlo. Salir a la arena. Decir: eh, hola, estoy aquí.

Poner todas nuestras fuerzas en ello.

Porque la vanidad no es sino una forma elegante de la huida.

Quedarse, quedarse en el lenguaje. No huirle al lenguaje, ni exigirle prisas.

Decir: aquí y ahora escribo, estoy escribiendo, escribo esto y no me detendré, seguiré escribiendo. Porque no sé hacer otra cosa, porque no puedo hacer otra cosa.

El talento es un deber, me dijo Á. esta tarde.
Y lleva toda la razón.

4.


Ni habitar el dolor, ni hacer morada en la amargura.
Eso es propio de ingratos para con sus propias capacidades.

Escribir sobre el dolor y la amargura,

eso sí, para desvelar lo que de hermoso habita dentro de ellos. Sí.

Porque la vida, la literatura, la palabra y levantarse por la mañana, hacerse el café, o ponerse unos zapatos  o hacer la compra en el supermercado, o tomarse una cerveza en el bar, deben estar necesariamente llenos de deleite.

Lo contrario,

afanarse en evocar lo terrible y el daño que nos producen los otros, los malos

(porque de estos hay a patadas),

es puro ejercicio narcisista, arrogante; resulta la presunción del idiota.

Y los idiotas son sólo los que niegan la verdad a su corazón

y justifican que las traiciones gobiernen su incapacidad.

No ser por más tiempo un idiota que se afana en malograrse, tomando las decisiones equivocadas.

O sea, elegir bien, elegir la escritura por encima de todas las cosas.

Elegirlo aquí y ahora,

y que cada momento de mi vida sea este “aquí y ahora”. Ni antes ni después.

Porque tener, lo único que tenemos, es el presente.

Lo demás es palabrería, cháchara. Una pérdida de tiempo.

Pura imbecilidad.

[1] Hector Gómez. “Aquí y ahora”. Incluído en Revista Ferbero. nº 7. Junio 2009.

[2] Alberto Olmos. “A bordo del Naufragio”. Ed. Anagrama. Barcelona. 1998.

[pág 23]

[3] José Ángel Cilleruelo. “Al oeste de Varsovia”. Fundación José Manuel Lara. Sevilla. 2009. [pág 89]

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Archivado bajo El ejercicio de la escritura, Uncategorized, Vida personal

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