Remembranzas de agosto

1.

Sí, fue en Madrid.

Por el Parque del Oeste, me parece.

No acude a mi memoria  el nombre del tipo, pero era actor, de todas formas, de una compañía que hacía gira por los pueblos de Castilla.

O sea que no lo conocerán.

(Éste no es de los que se volvieron famosos, como sí ocurrió con otros que traté en aquella época).

Vaya, es irrelevante. Le llamaremos X.

El tipo del que quiero hablar (X) vivía por aquella zona y, a veces, nos reuníamos en su barrio para tomar una cerveza, charlar o servía su piso como simple punto de encuentro de nuestras salidas de fin de semana de la ciudad.

El caso es que era actor y jardinero. El tipo del que hablo (X).

Y procedía de El Toboso (sí, sí, la patria de Dulcinea). Lo que, por supuesto, le confería un rasgo de carácter particular: la irrenunciable influencia cervantina.

Nunca fuimos amigos, pero formábamos parte de la misma compañía teatral.

O sea que nos tratábamos e, inevitablemente, compartíamos impresiones sobre la vida y el arte (o algo así).

La obra en la que trabajábamos en aquella época, cómo no, era una parodia contemporánea quijotesca.

Voluntariosa, sí, voluntariosa sí que era la obra.

La compañía… no tanto.

2.

Me sacaba unos años, este chico. X.

Pongamos que entonces él tendría treintauno y yo veintiseis.

Ensayábamos nuestra obra magna los fines de semana en El Toboso.
Entre semana lo hacíamos en unos locales del ayuntamiento de Madrid. Por la Castellana, diría. Eran gratis.

El fin de semana bajábamos a El Toboso.

Un largo trayecto de carreteras ruinosas y angostas, paisajes quemados por el sol y nadie en kilómetros y kilómetros y kilómetros.

En El Toboso pasábamos el fin de semana ensayando, comiendo y bebiendo

(las horas son largas, larguísimas en pueblos como El Toboso).

Era casi gratis, además. Porque dormíamos y comíamos en casa de los padres de este chico, de X.

Las copas… no sé. Yo no las pagaba.

De aquella casa recuerdo el excelente vino y el inquebrantable frío.

Y unos padres también voluntariosos.

Bueno, también recuerdo el pub del pueblo: a determinada hora quitaban la música y aquello se convertía en un bingo.

Recuerdo caminar por las calles, recuerdo tratar de emborracharme, voluntariosamente. Pero nada.

Recuerdo la calamidad de aquellos días.

Y la franca e ingobernable soledad.

También la sensación excitante de la búsqueda, el desamparo y la inservible libertad.

3.

Y eran calamitosos aquellos días por una razón: el dinero.

Verán, la obra en la que veníamos trabajando desde los últimos meses se financiaba -supuestamente- por la comunidad de Madrid.

El inconveniente es que el dinero nunca llegaba. No llegó, al menos, hasta que yo -harto- me largué.

Y me largué verdaderamente, porque había llegado al límite de mis recursos. Tuve que hacer la maleta y volverme cabizbajo a Valencia.

En fin,

que allí todos estábamos por el dinero. Nunca se hablaba de arte, se hablaba de dinero. El dinero todo el tiempo. Dinero, dinero, dinero. Y el dinero no llegaba.

[A veces uno piensa que el arte es sólo eso: vanas infundadas promesas de vaporoso cumplimiento]

La obra, consecuentemente, resultaba un desastre.

Porque nadie estaba a lo que estaba.

Los unos (el director y su socio) estaban a la búsqueda de subvenciones y los otros (los actores) estábamos rezando por las buenas nuevas.

De los tres actores (más el director y su socio; cinco integrantes de la obra, en total) el único que no tenía otra fuente de ingresos era yo, así que mi situación era un pelín más insostenible.

Supuestamente, el dinero habría habido de llegar desde la comunidad de Madrid, ya lo he dicho.

Sólo que… la comunidad de Madrid parecía querer hacerse la coqueta y demandaba largo flirteo, dedicación y entusiasmo.

4.

Y esto viene a colación de algo que me interesa: el dinero y el arte.

Resulta que el tipo del que hablo, X, una noche, sentados en uno de los parques cercanos a su casa me dijo que yo tenía un problema. Según él, se trata de lo siguiente:

que yo soy de los que, o me salgo con la mía (es decir, soy de los que opinan que he de ganarme el dinero con mi arte), o no estoy dispuesto a dedicarme a cualquier otra cosa.

Y X. tenía razón. Toda la razón.

Recuerdo que añadió:

fíjate, yo soy jardinero y no me importa. Dedico mi tiempo libre al teatro.

Eso es todo.

5.

No tengo nada en contra de quien toma esa postura.

Recuerdo también -por la misma época- un furibundo desprecio

(teñido de cierta envidia, probablemente)

que me propinó cierta secretaria de una conocida revista en la que trabajaba, así como el director de la misma, cuando les dije que me iba a encerrar un año a escribir mi primera novela.

Su respuesta fue muy parecida a la de X:

trabaja y en tu tiempo libre escribe.

Mi respuesta fue (y es): No.

Siempre he sentido la secreta sospecha de que quien esto dice

(búscate otro trabajo)

es porque no está seguro ya no tanto de sus cualidades, siquiera de su talento, sino de sus capacidades, sobre todo de la capacidad de resistencia, entrega y decisión.

No nos vamos a engañar: el arte es una cosa dura. Y lo es no tanto per se sino por las consecuencias que trae.

A estas alturas las evidencias son abrumadoras.

Yo entiendo la tentación del fracaso,

yo mismo la he sentido innumerables veces.

Pero ni la opción correcta me parece la de la falsa humildad

(buscarse un trabajo de jardinero)

ni hacer arte por dinero

(aquella obra desastrosa que esperábamos se financiase por la comunidad de Madrid).

6.

En estos momentos leo una obrita menor maravillosa, calificada empero como una de las diez mejores novelas escritas en castellano de la segunda mitad del siglo XX.

Una auténtica gema, una delicia.

Una obra maestra. Una exquisita fiesta sensorial.

Se llama “Helena o el mar de verano”, y es de Julián Ayesta.

Ayesta fue diplomático de profesión.

Así que, tal vez, esta excepción pueda desmentir todo mi discurso.

No sé.

[Es la única obra narrativa que el autor publicó en vida].

Lo único que recuerdo ahora,

en esta noche tremendamente calurosa de agosto de 2009, es algo más que me dijo X., el actor, durante el transcurso de aquella lejana conversación en un banco cercano al Parque del Oeste, en Madrid,

cuando yo tendría unos veintiséis años y estaba más que dispuesto a abandonarlo todo para concluir mi primera novela.

Me dijo:

“por las noches no puedo dormir, las preocupaciones me embargan”.

En aquel momento no lo sentí así

(a pesar de haber sentido una honda punzada al escucharlo),

pero lo pienso ahora y me planteo:

¿No se tratará dicha confesión de una consecuencia de la negación del arte?

¿Es esto lo que sucede cuando se cambia el festín de la palabra por el festín del dinero?

Hoy hace demasiado calor, tengo fiebre y estoy a punto de caer rendido… y ya son las cinco y media de la mañana.

Pero esto es lo que pienso hoy, ahora, con este calor horrendo, pienso que el arte es cosa del individuo, manifestación de su genial singularidad.

Y pienso también que el dinero no dice nada de aquel que lo posee.

En cierta ocasión Hemingway le dijo a F. Scott Fitzgerald:

“Francis, la única diferencia entre los ricos y todos los demás es que los ricos tienen dinero, eso es todo”.

Sí, eso es todo.

Al menos por hoy.

Con este tremebundo calor es imposible pensar con claridad…

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