Las ciudades

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Rastros de mi apellido "hallados" en Barcelona.

1.

Cuesta un trabajo ingente

-y a menudo ingrato-

hacerte a una ciudad.

Tiene uno que proponerle a la urbe sus condiciones,

inadecuadas -por norma-, y ésta no suele aceptarlas.

No, al menos, de primeras.

Sucede el incoveniente al no compartirse el código. La comunicación es inefectiva, pues. Al menos al principio.

Y es que a uno le cuesta no tanto hacerse a los códigos, sino entender por qué una determinada ciudad funciona con esas peculiares leyes que le son propias,

a ella y a nadie más.

Y es que las ciudades son como las mujeres.

Todas se parecen una barbaridad. Y, sin embargo, un mundo peculiarmente distinto les es propio a cada una de ellas, las conforma e individualiza.

Aquellos que no se permiten “entender” las razones de las ciudades, serán siempre para éstas un estorbo. Así para las mujeres.

La ciudad,

igual que hace una mujer merecedora de atención y capricho, le otorgará al inadaptado su cara más indiferente y cruel.

Le negará lo más valioso que cualquier ente vivo puede ofrecernos: su afecto.

2.

Existen dos formas de “tratarse” con una ciudad:

la del extranjero, el visitante,

el que por muchos años que lleve vividos en una ciudad en concreto, se negará sistemáticamente a dejarse penetrar por dicha ciudad.

Ya no se trata de que no acepte el sistema de normas que la ciudad dispone, si no que dicho visitante construye un muro sigiloso frente a la necesaria idiosincrasia de la ciudad, que será para él siempre una enemiga.

Al turista se le perdona su urgencia, mas nunca se le perdonará al visitante su estulticia.

La ciudad castigará al visitante, al extranjero, negándole su profundo conocimiento.

En esto, visitante, extranjero y turista obtienen el mismo resultado:

una visión tópica de las cosas;

la sospecha de que tras los reflejos de los objetos, hay algo que merecía haber sido vivido en profundidad.

Lo que une al visitante, al extranjero y al turista es la cobardía.

El temor de no ser dignos del suelo que pisan.

De ahí su ociosa y callada violencia.

3.

Hay otro tipo de relación para con la ciudad:

la del habitante.

El que trata de “crearse” en la ciudad nueva.

El que apalabra un pacto con la ciudad, un pacto único. Del mismo modo como se establece una amistad o se cuida un afecto:

con tiempo, esmero y negociación.

El habitante, igual que el esforzado artesano, sabe que esto es un trabajo laborioso y que no siempre da fruto.

Porque entre los seres con vida siempre se produce un intercambio.

Y el intercambio exige decisión, tino, oportunidad y suerte. Y tantos factores juntos, pues no siempre se alían.

La diferencia entre el habitante y el extranjero es la misma que la que se da entre el conocido y el amigo, entre la amante y la novia.

Los primeros juzgan pertinente el reproche y la soflama, sus razones son siempre prioritarias y excelsas, en tanto que las nuestras resultan prescindibles.

Por eso a uno le acaba sobrando su compañía.

En cambio,

los segundos aciertan a comprender que nuestras diferencias resultan valiosísimas para ahondar en la justedad de nuestros acuerdos,

los cuales acabarán produciendo un enriquecimiento mutuo e imperecedero.

Lo mismo ocurre en la relación de uno con las ciudades que habita.

No es extraño pues

que las relaciones afectivas con las personas que nos rodean a cada momento

condicionen (y establezcan) el modo en cómo nos relacionamos con la ciudad que habitamos,

visitamos

o de la que preferimos voluntariamente seguir siendo extranjeros.

>>>>CONTENIDO EXTRA:

Rastros del arte urbano

que habitantes de Barcelona han ido dejando agradecidos en sus calles,

[éstos dos vistos en  la Calle San Rafael (Raval)]:

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