Decir cosas

Qué puedo decir que no haya sido dicho ya

Tachenko, “Hacia el Huracán”, en VideoTapas

1.

-Hay una conferencia en Zurich, es de la Trauma Theory -me dice A.- tal vez te apetezca asistir.

Pienso, “ah, bueno”.

Reviso: el call for papers terminó el 29 deMayo.

Bueno, pienso, tal vez como público.

Bueno: tal vez me dejen proponer mi novela como obra moderna post-traumática, como ejemplo de…

¿de qué?

2.

Esto cuando me levanto, no sé, siete, ocho de la tarde. Un poco antes, puede.

Soy superfan de las adicciones. El otro día A. me dice: dormidina. Y yo: ¿qué, es droga? Y ella: no. Digo: no me interesa.

Ella dice: no, pero funciona.

Así que lo pruebo, porque sucede que me paso a veces hasta las diez de la mañana y no consigo conciliar el sueño.

El primer día -el lunes- tomo una, me desvelo a las tres del mediodía pero sigo durmiendo hasta las ocho de la tarde. Bien, pienso.

El segundo día -el martes- tomo otra. Pero esta vez no funciona.

Será la incertidumbre del sueño, mi excitación nerviosa,  no sé. El caso es que me rebullen las ideas y no, no puedo. No puedo dormir.

Una hora después me de estar mirando el techo pensando cosas y escuchando la radio (y deben ser ya las diez de la mañana) me tomo dos dormidinas más.

Al cabo, sí, por fin, me duermo.

Son las seis de la tarde cuando me despierto, todavía aletargado y patidifuso por el sueño. Mejor dicho, por la falta de sueños.

Me gustan estas pastillas porque te aniquilan el sueño, ya se cuidan bien de que no recuerdes nada al levantar. Esto lo agradezco. 

No quiero que mis sueños me digan más cosas, no al menos estos días. No necesito que más cosas se me mezclen con la novela.

 

3.

 

Cuando mi abuelo se estaba  muriendo (porque estuvo varios años muriéndose)…

O bueno,

pongámoslo de otro modo,

cuando mi abuelo andaba aguardando que el atleta que llevaba el testigo de la muerte, la antorcha luminosa del adiós,  pasase por la esquina de su sofá… bien, en esa época, su psiquiatra le recetaba montones de pastillas superfuertes.

Nunca supe de qué se trataban. No sé: para la depresión, el alzheimer, lo que fuera. En fin, sustancias potentes.

Pues bien, recuerdo que se las robaba y me las tomaba antes de ir a la cama, y dormía como un lirón. Al levantar siempre el mismo discurso: andarme por el pasillo hasta la parte delantera del chalet, asomarme a la enorme balconera, divisar el buzón: sin cartas.

Y ya, la tristeza de que nadie se acordara de mí me daba igual. Iba a la cocina azombilado, pasaba unas cuantas horas estúpidas hasta que llegaba la noche y luego salía a deambular la oscuridad con el coche.

Me llevaba mis libretas, mis cd´s, acaso mi guitarra; ponía la radio a toda pastilla y daba vueltas por la costa.

Por suerte, el dinero para la gasolina, siempre salía -todos los días- de un sitio u otro. Debo bendecir a la vida por eso (o a mi madre, que era generalmente quien me llenaba el depósito).

Escribía versos, relatos, un diario que llevaba por aquella época, una novela que me propuse y que nunca me salió… en fin, iba lastrándome de palabras para poder llegar limpio al sueño.

 Cuando asomaba el sol volvía al chalet. Me tumbaba sobre la cama.

A veces salía a correr, a las cinco y media o seis de la madrugada. Recuerdo que no había nadie en la avenida de la playa. Y yo corría con todas mis fuerzas, para perderme todas las palabras que no se habían quedado en mis libretas. Sudaba, sudaba y sudaba.

Porque no quería decir nada más, porque no quería irme al sueño habiéndome dejado cosas por decir.

Uno debería ir siempre al sueño limpio.

Al llegar a casa me duchaba y tendido desnudo en la cama, cogía varias de las pastillas que le había robado a mi abuelo y me las tomaba todas de una vez.

Eran pastillas enormes. Lo recuerdo. A veces, en momentos malos de delirio, recuerdo haberlas machacado, haberlas esnifado. El resultado era más potente. Potentísimo.

Al poco, todo era sueño. Y silencio.

Siempre dejaba la radio en marcha. O un cd.

La radio es una de las pocas cosas en este mundo que me gusta.

Me gusta oír voces que dicen cosas, porque sabe uno a ciencia cierta que la gente no dice más que gilipolleces.

Y es que sucede que así, dichas ya las gilipolleces por los otros, te evitas tú tener que decirlas.

Y esto, a todas luces, te convierte en mejor persona.

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Archivado bajo El ejercicio de la escritura, Vida personal

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