Thoughts of…

I am writing…

what? Thoughts… any thought.

Thoughts of wonder; of no return [1]

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1.

Ángela duerme en la cama.

Llegó ayer de Barcelona. Hicimos una hoguera en la playa. Casi nos emborrachamos. O nos emborrachamos y dejamos el casi para figurar, por descontentar a la luna, por hacerle creer eso al poeta de que “mienten los que dijeron que yo perdí la luna” [2]. Porque luna, anoche al menos, no hubo.

Solsticio, y para de contar.

Le gustaron mucho los fireworks, a Ángela.

Ahora, duerme.

2.

Hoy tuvimos cena con la familia al completo, exceptuando mi hermano V. que está en Barcelona.

Mañana, a la tarde, volvemos a Barcelona.

En esta existencia de precariedad pienso en eso de Cixous, en esa “sensación física de ser un frágil champiñón, una espora eclosionada en una noche, que se mantiene en la tierra solamente por tempranas y frágiles raíces” [3]

Somos apenas hipótesis, pura precariedad.

Como ese tá-tá-tá incesante de la máquina de escribir, del teclado del ordenador, un sigilo continuo y maltrecho, que nos lleva a concluir novelas que nadie quiere leer, relatos que se pudren en hojas de word que no verán la vida del libro físico en la estantería de la tienda a su debido tiempo.

Porque todo, siempre, llega tarde.

3.

Sí, qué remedio, hoy hacemos una maleta, mañana la deshacemos y al día siguiente, al buscarla en la esquina del cuarto y llenarla de nuevo y llegar a otra ciudad y descubrir un vacío que se intuye… así nuestra vida hoy.

Una vida de maletas siempre dispuestas, de carreras flojas y de munición desperdiciada.

Corro por el pasillo, son las cinco de la madrugada. Estoy escribiendo un ensayo, y leyendo un libro de poesía de Anne Carson (La belleza del marido). Y escuchando al tiempo algunos vídeos en el YouTube.

(Si no existiera el YouTube habría que inventarlo).

Pienso en que mañana ya no estaré aquí. Es mi último día en esta casa.

A partir de aquí me voy a Barcelona y de aquí a Londres.

Corro por el pasilllo, abro la puerta de la habitación y Ángela duerme.

Mañana ninguno de los dos estará aquí y, sin embargo, estoy seguro de que esta cama no llorará nuestra pérdida.

Y tampoco podría decir que lo lamento.

Esta cama, es una más de esas prendas que no alcanzan la maleta al día siguiente. Es una más de las cosas que se pierden.

Pienso en todas las cajas de libros que tengo en esta casa, sin abrir, porque vinieron de Barcelona y no me dio tempo a acomodarlos.

No me llorarán tampoco todos estos libros, a pesar de estar llenos de mis horas y la letra de mi mano en anotaciones urgentes u ociosas o acaso necesarias.

No, estos libros tampoco me llorarán.

Y supongo que está bien.

Nuestra precariedad no nos permite cargar con todo.

4.

Vuelvo de nuevo al pasillo y al lado de la puerta de la habitación donde Ángela duerme, se enciende el detector de la alarma de robo.

Es una luz roja que asusta entre la oscuridad.

Tampoco esta luz me guardará recuerdo, pienso. Y pienso también en todas las cosas que hacen de nosotros nuestro futuro.

Voy a la cocina, encuentro un ron Brugal añejo. Me sirvo uno, con coca-cola.

Vuelvo a mi habitación de trabajo, que da a la calle. En la calle el silencio duele como cualquier rechazo, duele como solo el silencio que uno no elige puede doler.

Sorbo el ron y fumo.

Irónicamente, pienso, esta casa es mi futuro. Y así lo es porque guarda recuerdo de todo un enorme pasado ineludible, que me permitirá conformar un futuro sin cargas. Entonces, pues, me digo, no es tan mala la precariedad.

Sin precariedad el futuro es imposible.

Hay un verso de Anne Carson que dice: “Hoy no he ganado. Pero quién dice que no ganaré mañana”.

Yo creo que en mi vida ahora, son todo ganancias. Porque todo es futuro.

Y eso se consigue sólo cuando entendemos que el futuro no es una nostalgia sino un afecto, que no se trata de una producción sino de un deseo, cuando entendemos que la seducción es justamente eso: pensar que en la vida todo es búsqueda sin retorno y que, afortunadamente, nada pesa.

Porque siempre, siempre, siempre, lo más importante corre a la velocidad misma de nuestros pasos. Y todo lo demás es accesorio, prendas de ropa que pueden (y deben) quedar fuera de la maleta.

Y ése es precisamente el secreto del amor. La garantía de su perpetuación.

Sin amor, además, nunca hay futuro.

[1] Raquel Gelabert. “Ink on paper”. La Bolsa de Pipas. Abril 2009. nº 73.

[2] Pablo Neruda. “LVII”, de Cien sonetos de amor. Seix Barral. Buenos Aires. 2002.

[3] Hélène Cixous. “Mon Algériance” en Les Inkorruptibles, 115 (20 agosto-Septiembre 1997)

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