El juego de las palabras

¡Escribir me atraviesa!

[1]

AAAAA

Tengo toda la casa llena de botellas de agua, en todas las habitaciones.

Simplemente las voy olvidando.

Me las bebo y ahi se quedan, donde quedó el último sorbo.
Y hoy he caído en la cuenta de ello.
Tengo siete botellas vacías de agua sobre mi mesa de trabajo. Y eso que sólo llevo aquí tres o cuatro días.
Es el primer signo grave de descuido y desidia.

AAAA

He estado viendo Band of Brothers (Hermanos de Sangre).

He visto esa serie mil veces. Va de la Segunda Guerra Mundial.

De una división de paracaidistas.
Hay un soldado que se llama Albert Blithe al que le diagnostican una ceguera histérica.
Tras eso, no consigue dormir.

No entiende qué pasa, está desubicado, no se adapta a la guerra.

Hasta el momento en el que el teniente Spears, una noche, se lo encuentra deambulando y le resume su situación así:

La única esperanza que le queda es aceptar el hecho de que ya es un cadáver.
Y cuanto antes lo acepte, antes podrá actuar como un soldado paracaidista. Sin merced, sin compasión, sin remordimientos.

Al día siguiente consigue disparar su fusil, y dispara, y dispara, y dispara. Ya no se detiene. Acepta que ya ha fracasado. Y, a partir de ese momento, le va bien.


AAA

Esto me hizo pensar en los escritores.

Lo peor que le puede suceder a un escritor es la expectativa.

El buen escritor, el bueno de verdad, sabe que pelea contra sí mismo y contra la tradición. Sabe que su necesario punto de partida es el fracaso, porque la victoria es una quimera. Y la victoria, además, es una victoria ficticia, que se codifica en dinero, éxito, poder, influencia o concesiones políticas o estatales. Es una victoria cualitativa, sí, pero una victoria aliena a su propio trabajo con las palabras.

Es sólo a partir de que el escritor define esos márgenes, justo en ese punto cuando le va bien. Cuando le pierde la carga simbólica a las palabras. Cuando ya se siente cadáver.

Juan Carlos Onetti sería un estupendo ejemplo de lo que digo.

AA

No se trata del fracaso, ni de la filosofía de la pérdida. No me refiero a eso. No se trata de aceptar la imposibilidad ontológica del paraíso.

No hay ganancia ni pérdida.

La literatura nace ya muerta. Porque el escritor se sabe ya lacayo de su destino. Quien confía en demasía en las palabras o es un iluso o un loco. Y los escritores, mal que les pese, son los desclasados (y esclavos, por tanto) de su propio sueño.

“Razón, ninguna. Había algo de locura” [2]

dice H. Cixou sobre cómo le sobrevino la escritura.

A

Se inventan toda esta serie de beneficios materiales, los escritores, invariantes que tienen más que ver con su posición civil y no con su trabajo de escritor. Son cuestiones que se relacionan con su calidad de ciudadanos.

La escritura, es otra cosa.

Todo esto, además, los beneficios externos, se utiliza como justificación a una tarea que se sabe ínfima, porque la tarea del escritor, como la guerra misma, es un juego. Mover fichas hacia delante y hacia detrás. Ir ganando terreno palmo a palmo.

Nada más que eso.

Pero el mundo de las palabras, igual que el mundo físico, se mueve dentro de unas coordenadas precisas.

El mundo de las palabras es como las botellas que habitan cada uno de los cuartos de mi casa. Son botellas vacías, así las palabras.

El único provecho del escritor es cogerlas y agruparlas (las botellas, las palabras) y dotarlas de una unidad y, por tanto, una significación. O sea, hacer con ello algo bello o simplemente conseguir hacer algo. Reunir lo disperso o diseminar lo que estaba agrupado. Jugar con las palabras como quien juega con los dados.

Así de fácil.

Después con esas botellas (esas palabras) se pueden hacer varias cosas: echarlas al contenedor o reciclarlas o venderlas.

El trabajo del escritor es quedarse atravesado por esas palabras. El trabajo del ciudadano es el de comerciar (a posteriori) con esas palabras.

Ambos trabajos deben ser legitimos, complementarse. El cadáver que es el escritor debe hacerle de balance al ciudadano activo.

Pereza y voluntad acabarán siendo términos ecuánimes.

Lo vuelvo a repetir:

Juan Carlos Onetti es un estupendo ejempo de lo que digo.

Con esta frase de “El infierno más temido” queda todo clarificado y resumido:

-Todo puede suceder y vamos a estar siempre felices y queriéndonos.

O en palabras más sintéticas de Helene Cixous:

El soplo “quiere” una forma […] La escritura es Dios

[1] & [2] & [3] Helene Cixous “La venida a la escritura”, en Deseo de escritura, Marta Segarra (ed). Ediciones Reverso [pág. 36 & 37 & 38]

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