(Des)Conexiones

A. R. Penk (Tríptico para Basquiat) [1984]

A. R. Penk (Tríptico para Basquiat) 1984

1.

Esto lo escribo en un plantilla de word, al modo que hube de forzarme a hacerlo unos cuantos años atrás, justo cuando escribía mi primera novela y, por alguna razón, no tenía Internet.
Lo hago igual, ahora, hemos sufrido una interesante tormenta, caprichosa pero violenta, dispensadora de unos goterones tremebundos y que, al parecer, han acabado jodiendo las conexiones. La mía, al menos. Es de Ono. Mi proveedor de Internet.
Aquí en Castellón.
Desde las nueve de la noche, o así, que no hay Internet.
Y me he quedado sin poder actualizar el proyecto Erótica Mix.
El problema no es complejo, sino de lo más simple, y es su bella simpleza lo que lo torna irresoluble.
Veamos, el router está en la parte de debajo de la casa, y en la parte de debajo de la casa hay un estudio de arquitectura, y el estudio de arquitectura tiene una alarma.
Además no tengo llave de la puerta. Así que, aunque quisiera entrar a riesgo de que saltara la alarma (que seguro que saltaría), no puedo hacerlo.
Es decir: no puedo entrar a resetear el router. No al menos esta noche, y son algo más de las dos de la madrugada.
Así que, por esa razón estoy escribiendo insomne en esta plantilla de word.
He subido con el portátil al tejado, he pillado algunas redes, pero ninguna abierta. Una de ellas se llama “ventura”, y me ha dejado entrar, pero no funcionaba, me ha hecho gracia la ironía, he supuesto que se trataba del bluetooth de algún teléfono. No sé.
El caso es que me he acostado, me he vuelto a levantar…

Deambulando por el salón he encontrado “El ABC de la relatividad” de Bertrand Rusell. Leo en la página 116: “La búsqueda de la exactitud cuantitativa es tan ardua como importante “[1]
Es curioso cómo siempre encontramos lo que buscamos. Mi búsqueda hoy de red es igual: tan ardua como importante. Sólo que yo añadiría. E inútil. Por lo deleznable de su fundamento: buscar paliar mi soledad.

2.

La noche aquí se vela; aquí se llora
El día miserable sin consuelo,
Y vence al mal de ayer el mal de agora
[2]

La noche siempre es territorio virgen, es decir, sin mácula de sosiego. La noche es el gran paradigma de la vida: es la desolación y al mismo tiempo el fértil terreno del amor.
La gran paradoja de la noche: ser una y ninguna.

3.

-La gente está ahí de juerga, tirándose en pelotas a la piscina, y ella está ahí sentada contemplando la luna. [3]

Siempre hay alguien ausente, cada noche, todas las noches, siempre hay alguien que cada noche se queda contemplando la luna.
No sé si hoy hay luna. Yo no soy ese morador taciturno. No esta noche.
No lo comprobé al subir al tejado. Se me pasó.
Puedo decir sin el menor rubor que lo que hay es llana tristeza;, o ni siquiera eso, pena, una pena que se eleva casi a la categoría de pánico, por saber que “Todas las cosas vuelven a la causa “ [4].
Y la causa siempre es el miedo.
Esto es estúpido, pero me dio miedo subir otra vez al tejado. Pero es que nuestros miedos son siempre estúpidos, pienso.
No sé por qué, pero ahora mismo, y deben ser las cuatro de la mañana, me digo a mí mismo que si subo al tejado estará lleno de invasores, invasores del este o del oeste, con sus caras iracundas y sus gestos toscos.
Gente mala que no quiere matarme sino solo sacarme el corazón de pura ansiedad, gente terrible que, a base de una lenta y minuciosa tortura, quiere reemplazar mi corazón por una turbina.
Y lo harán prohibiéndome dormir, o sea, negándome el sueño ( en sus dos acepciones, el sueño puro y los deseos más primeros de la vida: poder seguir escribiendo).
Yo nunca imagino la muerte como algo plácido o liberador, sino como un libro mal escrito. Yo nunca imagino la muerte (al menos no ahora) como la consecución de nada, ni tampoco como el pasadizo pertinente.
Yo, cuando me hablan de la muerte, siempre imagino que tengo un libro estupendo, que lo tengo en la cabeza y en los dedos, caliente y necesario, y lo escribo, pero para cuando chequeo las palabras que han quedado escritas en la hoja o en el documento de word, las palabras son otras, y más concretamente, palabras impertinentes, de las que no conjugan bien.
Porque la prosa tiene la melodía misma de la excelsa música.
Y esto lo saben algunos músicos, que tienen en su cabeza melodías preciosas y, sin embargo, sus dedos se atabalan. Por eso dejé la música, ahora que lo pienso, porque supe que nunca sería capaz de armonizar lo que había en mi cabeza a través de unos dedos.
Una cosa siempre me martirizó de la música: que incluso en el silencio no se detiene. La música es el territorio preciso de la vida, porque busca perpetuarse y es repetitivo, misterioso y siempre consigue sobrevivirle, al tiempo.
Dicen que la literatura está hecha de tiempo, pero no es verdad.
Algunos lo quieren decir de un modo más poético y dicen que “el hombre era un invento de las aguas para así poder transportarse de un sitio a otro “[5]. Supuestamente, ese hombre sería espacio. Pero no, tampoco es eso.
No sé de qué está hecha la buena literatura, pero sé de lo que no está hecha.

4.

-Mira a tu alrededor, muchacho ¿Qué va a salir de aquí? [6]

Pongamos que fue el miércoles. Una cena. En casa de la madre de J.
Estaba también mi amigo el contrabajista. El que ya no tiene novia. O que está en un impass, yo ya no lo sé.
Lo que sé es que J. tiene novia, la misma desde hace un porrón de años. Pero entre semana nunca queda con nosotros. Sólo los sábados. Las chicas de las ciudades pequeñas sólo salen los sábados, por la noche, quiero decir.
Supongo que está mal visto que lo hagan entre semana. Yo ya no entiendo nada. He desistido.
Llegué tarde a la cena, eso es lo que cuenta, que llegué tarde, y es importante también que tenía cosas pendientes, que no acabé con esas cosas que tenía pendientes…
Y quería además escribir un poco más, uno siempre quiere un poco más, de escritura o de lo que sea. Y ese poco más postergó mi llegada hasta las diez y media
(habíamos quedado a las nueve).
El pollo al curry, afortunadamente seguía en la cazuela.
-Le falta todavía un rato –me dijo J. al llegar- siéntate, bébete una cerveza.
Y de repente se rieron, los dos.
Yo no entendía nada. Al poco dijeron: “estamos colocados, bueno, un poco”.
Me quedé mirando, observando un reloj redondo y plateado que la madre de J. tiene en su cocina. Y es una cocina americana, con barra, taburetes y una mesa.
El reloj se veía franco y jubiloso, por ello, distante, como todas las cosas que se manejan por la precisión, como un fusil, o una máquina de escribir.
Así el reloj, minucioso y certero. Así ese reloj impasible, continuando un año y otro con su trabajo.
Esto es lo que pensé: ese mismo reloj estuvo ahí el año pasado y el anterior y el otro y quizá el de antes del otro y, sin embargo, nosotros aquí, también, sí, igual que el año anterior y el otro y el de antes del otro, pero ya no estamos tan jóvenes, ni el bullicio de los días perdidos resulta tan gratificante como antes.
Pensé en nuestra obsolescencia, en eso es en lo que pensé.
Entonces, supongo, no podría precisarlo, pero diría que ellos hablaban, o no lo sé, o yo simplemente bebía, e iba pensando en mis cosas, recriminándole tal vez algo a J. por el periódico que co-dirige. O fuese que yo hablaba también mientras este pensamiento sinuoso se me desperdigaba por las venas y esa turbina que tengo por alma…
Qué caramba, me beberé dos cervezas, pensé, por ver si les alcanzo el paso.
Y me bebí no dos ni tres sino unas cuantas cervezas (Heineken de lata) y además una botella entera de Ribera del Duero (tinto, Tamarón, mi preferido). Y varios porros que me dejaron más que atontado y pronto a sucumbir al llanto.
No sé qué hora sería de la noche, tal vez tarde. Seguro. Tarde ya en la madrugada.
Lo único que recuerdo es que iba por la calle, unas calles sórdidas, abandonadas de gente y de ruidos, unas calles silenciosas donde resonaban nuestros pasos ebrios, pues caminaba conmigo el contrabajista.
El caso es que pensé: no conseguirás llegar a casa, no, no lo conseguirás.
Y añadí para mis adentros: no, no lo conseguirás, so idiota.
Pero, de repente, miré al contrabajista y lo escuché hablando y me reí y él dijo: qué te pasa.
Y me confié al saber que si él venía a mi lado, tal vez se ocupase él de recogerme si es que caigo, me dije a mí mismo.
Repliqué: nada, nada… no me pasa nada
Y tras una pausa, dije: Es sólo que… bueno…
Pensé: “tal vez estemos más viejos, sí, eso es cierto, pero sabemos caminar juntos, en los malos momentos”.
No puedo asegurar si lo dije o no en alto.
Es lo que tienen la marihuana, que te confunde.

[1] Bertrand Russell. ABC dela Relatividad. Traducción de Pedro Rodríguez Santidrián. Ed. Ariel. Barcelona. 2ª edición. 1989.

[2] Fray Luís de León. “Esperanzas Burladas” de Poesías. C.E.G.A.L. Madrid. 1991.

[3] Charles Bukowski. Mujeres. Compactos Anagrama. Barcelona. 8ª edición. 2000. [Pág 194]

[4] Dámaso Alonso. “Ejemplos”, de Poemas Puros. Colección Austrañ Espasa Calpe. Madrid. 1981.

[5] Rodrigo Fresán, prólogo de “Dentro y fuera (12 cuentos de mar)”. VVAA. Ed. Debolsilo & Fnac (Ed. No venal). Barcelona. 2005.

[6] Óscar Esquivias. Inquietud en el paraíso. Ediciones del Viento. La Coruña. 4ª edición. Enero de 2007. [Pág 190]

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***Actualización (20-Junio-2009 `14:45]):
la conexión ha vuelto (alabado sea dios) y
Erotica Mix ya está actualizado.
En los siguientes días seguirá su ritmo normal
(recemos para que no vengan más tormentas).

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NO todo va a ser leer...:

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Archivado bajo El ejercicio de la escritura, El yo y sus aledaños, Vida personal

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