Bloomsday

¡Claro que me interesa la autoficción!

Patrizia de Souza

1.

Una calavera.

Vale, no es demasiado grande y además muerta, por ser calavera, claro, porque todas las calaveras deben estar necesariamente muertas, eso sí, pero era (es) una calavera, estoy seguro, y aun con su forma de troquelado era (es) puntiaguda.

La miro: me rasco el gaznate…

Me pincha, me pincho, o acaso sea la barba, que resuena como las cuerdas vocales que hay adentro del gaznate, pero no puede ser porque yo creo que estoy dormido… la barba me pica, sí, y en los sueños no hay picores.

¿Y la calavera?

Me pongo en pie, y no me mareo. Entonces digo, sí, puede que sea un sueño.

Meto de nuevo la mano en el bolsillo, mientras camino no sé si en dirección a la cama, o en dirección a la cocina, o en qué dirección, lo único que sé es que soy consciente del movimiento mismo, ese interés expectante por la propia acción de desplazarse. Sé que camino en alguna dirección, sin precisar cuál.

Y ahí está, al sacar la mano del vaquero: la puñetera calavera, pero que es simplemente un holograma inscrito en una púa de guitarra.

Y pienso: ah, claro, me la regaló mi hermano V. Ayer.

Y el corolario: ¿para tocar qué guitarra?, ¿me la ha dado porque quiere que toque la guitarra? Repito: ¿qué guitarra?

Y aún más:

pienso: ehm, sí, vale, aparte del asunto de la guitarra, el caso es que me regaló otra, otra mejor… otra púa, quiero decir, ayer, una púa donde salía dracula mordiéndole a una chica, que se movía si jugabas con el holograma mismo.

¿dónde estará? Y aún más: ¿porque mi hermano va por ahí regalando(me) púas?

La púa perdida era mejor que la púa que conservo, además la calavera no se mueve, no hace acción alguna, claro, me digo, las calaveras están muertas… sí, y yo…

Me mareo (constatación inexcusable de que no puedo estar muerto, como la calavera de la púa),

y caigo en la cama, y me llevo la mano sobre las pantorrillas y descubro que llevo vaqueros y me digo: ¿qué haces en la cama con vaqueros?

Y pienso si no será que deliro o que estoy en un sueño.

Angela se gira y sólo lleva unas braguitas, y no abre los ojos y le pregunto y dice: ¡tengo mucho sueño!

Decido que tengo que dormir más. Más. Mucho más.

En el reloj de muñeca pone que son las 08:57. Al que madruga se le llenan los bolsillos de piedras, me digo.

Duerme, es una orden, duerme.

2.

Mientras cierro los ojos

(y no sé si estoy saliendo del sueño o entrando en él), una frase rebota en mi mente: “el entusiasmo es muy mal talante para empezar [1]“.

Me propongo agotar mi bravura en el sueño y despertar solo cuando esté tan cansado que no pueda ni levantarme y entonces me vea obligado de nuevo a dormir, para que hoy, 16 de junio, no pase nada, absolutamente nada.

O sea, que mi plan básicamente es la letargia misma, gozar ese sonambulismo contemporáneo. Y trágico. Y humorístico. Y demencial.

Cierro los ojos…

(pero no, no consigo que se me cierre el alma,no, no puedo ¿por qué el alma no duerme cuando soñamos, puñeta!);

el caso es que le voy dando vueltas al asunto de la emoción, pues la pura excitación me embarga,

así, con los ojos cerrados y el alma turuleta y… que será por eso que sucede una de esas erecciones tácitas, de esas causadas por la misma alteración penosa del ánimo. El deseo mismo por sufrir una erección.

Pum, y ahí está, satisfecha y fatua como toda erección…

Ahora no, pienso. No. Me digo: quédate quieto, que pasará…

Y abro los ojos, miro el techo, pienso en esta frase:

Me tapé con una colcha gruesa hasta la nariz y me concentré en la mancha del techo para evitar pensar en la noche anterior [2]

Ah, sí, pero qué hice yo anoche… La púa. Ah, ya.

Y recuerdo… todavía sin poder ni salir de la vida ni meterme en el sueño…

recuerdo…

tenía 14 años cuando formé un grupo que se llamaba “Los Rockin´ Cadillacs”. Tocábamos rock and roll, claro. Y queríamos triunfar muchísimo.

Mis papás me construyeron una sala de ensayo insonorizada en la parte de atrás del jardín, en el chalet que teníamos antes de arruinarnos y tener que venderlo.

Los Rockin´Cadillacs… yeah! por puro orgullo me pagué mi primera guitarra con todo lo que trabajé durante un verano en un chiringuito de playa.

Yo tocaba la guitarra, y cantaba, y escribía canciones de desamor…

No, no quiero volver a tocar la guitarra nunca más, tocar la guitarra, ser músico, escribir canciones de desamor… duele. Duele.

Duele.

Además nunca fui buen guitarrista, mi tío Antoine decía que era igual de excitante que un palo de escoba, como cantante, como guitarrista.

Mi hermano V. simplemente dice que soy un sosainas.

Vale, nunca tocaré la guitarra como él. Pero la melancolía me habita.

Oh, sí, yo os digo… amigos, en verdad os digo que mi único pecado es esta alma mía melancólica que me martiriza desde la cuna…

Una maldita alma melancólica que no dormita siquiera cuando uno sueña, y que ahí sigue, ale, ale, percutiendo como una mala pécora.

3.

-Calla, calla, quieto! calla, que tengo mucho sueño… -me recrimina Ángela.

Será que hablo en alto, o no, será que ya esto no es ni vida ni sueño, sino muerte.

¿Será así el purgatorio?, pienso… así un lugar en el que todo el mundo tiene ganas de dormir…? eh?

Dice Javier Marías:

Seguramente sólo se pierde de veras lo que uno olvida o rechaza, lo que prefiere borrar y ya no quiere llevar consigo, lo que no queda incorporado a la vida que se cuenta uno a sí mismo.

Me llevo la mano al vaquero, con atemorizada presunción y, por suerte, ahí sigue: la púa.

La miro.

Entonces todo queda claro: hay que levantarse.

Al trastabillar por el pasillo, y comprobar en el reloj que son más de las doce me entra la angustia: tengo que coger un tren esta tarde. Vuelvo a Castellón.

Y la angustia significa no querer hacer lo que se sabe que se debe hacer.

4.

Por ello abro la maleta verde, rígida, prístina, y tiro prendas adentro, y luego las saco, y las vuelvo a tirar, y me tropiezo con los armarios, y me pongo unos zapatos y luego otros, y le pido a Ángela que ponga música en el Spotify, y cuando ha puesto una canción le digo: “no, quítala, no me gusta”.

Y le doy otro título, de otra canción. Y otra vez lo mismo. Y ella, en un determinado punto, desiste. O la hago desistir.

Entonces me acuerdo que deberíamos comer, y no estoy seguro de si vamos a comer o si quiero comer. Esto es una duda que me asalta a diario: si quiero dejarme morir o sigo alimentando pérfidamente la maquinaria del cuerpo.

Ésa es mi duda.

Pero bueno, pongamos que ella sale a la calle, pongamos que ha caminado por Sant Antoni, y tal vez por Pelayo, y que está en el Carrefour de Las Ramblas y me llama por teléfono

(en tanto que yo me pongo zapatos y me los vuelvo a quitar y empalmo cigarrillos)

y me dice: qué.

Y yo: pues nata para cocinar, mushrooms, cebollas de girona… y, y vino. Ribera del Duero. Y ella: qué.

Y yo: vino, Ribera del Duero.

Y pongamos que antes le he dicho: he sacado un sobresaliente en la asignatura X, (una asignatura que es de indios y chicanos, básicamente).

Y pongamos que por eso ella ahora responde: oh, sí, sí, lo celebraremos. Con vino, claro. Ribera del Duero.

Cuelgo el teléfono y vuelvo a la habitación donde está la maleta.

Es una habitación pequeña, con dos armarios (uno a cada lado). Y mi maleta en el medio y todo el resto de espacio está ocupado por los zapatos de Ángela.

Vuelvo donde el ordenador y chequeo el mail.

compruebo que mi tren sale a las 19:30. Y saber que mi tren va a salir a las siete y media y no a las siete y veinticuatro ni a las siete y cuarentayocho ni a las siete y dieciseis, me llena el corazón de alegría.
Así que me digo que ya podré hacer más tarde la maleta y me siento en la silla verde, y cierro los ojos,

pongo una canción en el Spotify y, a pesar de saber que estoy muerto

(o en un sueño de aceptable calidad),

me siento feliz.

Pongamos que suena Be my Yoko Ono.

Todos los muertos felices… pienso. Pensar es una forma de estar muerto.

5.

Lo celebramos, claro. Yo cocino.

Comemos los dos.

O ha cocinado ella. O a medias. Bueno, digamos que mientras Ángela hizo los preparativos yo estaba trasteando por Internet y probándome zapatos

(lo cual es marciano porque ella gasta un 37 y no me caben sus zapatos -a veces me he puesto algunas braguitas suyas, pero esto es otro tema-).

Lo celebramos, sí, ya lo he dicho.

Y ella habla por teléfono después mientras me deja metiendo (y sacando) ropa en la maleta. Y me harto y la lanzo al cesto de la ropa sucia y le digo: lávamela, por favor, cuando puedas. Para mi vuelta.

Ella dice: claro. Hecho. Y lo dice sin dejar de hablar por teléfono.

Así comenzamos a hablar los tres por teléfono (o sea, que ella habla con otra persona al otro lado del hilo, pero yo le hablo a ella, y así cuando ella me transmite lo que su amiga le dice por teléfono, pues es como si los tres conversáramos).

En uno de estos momentos ella me dice que la avise cuando tengamos que irnos. Así que empalmo tres cigarros y cuando veo la última colilla retorcerse en el cenicero, digo: ¡ya!

Voy a recoger la maleta para irnos, pero al verla todavía abierta y tan vacía, agarro rápidamente algunos libros y los arrojo dentro.

Pienso: bien.

Cierro los cuatro cierres de la maleta y no la bloqueo con la combinación ni con la llave. Sólo los cuatro cierres.

Bajamos, y me acuerdo de un MG descapotable que vimos hace dos o tres días.

En el pakistani de la esquina imprimo el billete de tren y me hago un lío con las calles y le digo a ella que quiero ir en autobús

(y argumento convincentemente mil razones por las que es mejor ir en autobús), pero ella, Ángela, serena y dulce dice: no, vamos en taxi.

Entonces me llevo la mano al bolsillo, por buscar no sé …calderilla, un mechero… y sólo encuentro la púa, la saco, se la enseño a Ángela y ella se ríe.

Y dice: no te preocupes, pagaré yo.

Estar sin dinero es otra forma de estar muerto, pienso.

6.

Me pongo nervioso en la sala VIP de Renfe, ya en la estación de Sants.

Es la primera vez que estoy con Ángela en esta sala y ello me produce una suerte de excitación pecaminosa. Ella se sienta en un sillón blanco y yo en uno de los puffs negros.

La miro y pienso que la veo desde fuera,

pienso: qué mujer. Y luego me miro a mí y pienso: qué hombre.

Y esto no significa nada, pero sin embargo, tiene un significado preciso y concluyente. Lo intuyo.

Y pienso de nuevo: qué mujer. Qué hombre. Y lo pienso como si no fuéramos nosotros mismos los que estamos aquí, sino que esta representación fantasiosa de nosotros mismo fuese una suerte de regalo que la vida le hace a los muertos, para engañarlos, para que vuelvan, para que coman y produzcan dinero, para que no piensen…

Al salir me tropiezo y tiro una mesa. La recojo. Suerte que era de plástico.

No se ha roto.

7.

Ya con el traqueteo infame del tren pienso en el infierno, y en los trenes Alaris; a pesar de que vayas en preferente no te dan cena, ni copa de bienvenida, ni un vaso de agua, ni periódicos.

Nada.

Me llevo la mano al bolsillo del vaquero y lo único que encuentro es la púa de la calavera.

Cojo un libro en cuya primera página pone: Para Ángela y Pepe, con mucho cariño.

Cierro los ojos.

El traqueteo del tren me recuerda que tengo costillas. Los trenes nunca van a ninguna parte, pienso. Los trenes también tienen costillas, pienso. Yo ahora mismo, no voy a ninguna parte. Esto último es un apriorismo.

Cojo uno de los libros que he traído. Leo. Leo en una de sus páginas:

“la desesperación es bella” [3].

Cierro de nuevo los ojos, me preparo mentalmente para la aridez de los próximos días, estaré hasta el día de San Juan en Castellón. Solo. Sin ganas de estar. Ni solo ni en Castellón.

Si esto no fuera un sueño, ja… si esto no fuera un sueño…ejem, sé que podría llorar… y lo sé porque con la púa con forma de calavera que me regaló mi hermano V. me rasco la tripa, y no se escucha ninguna canción más que el chirriar de dos superficies mórbidas.

El lánguido susurro cándido de cuando actúa la metempsicosis…

8.

En la vida uno puede apearse de los trenes que quieren llevarnos lejos, pienso, esos mismos trenes que no van a parar a ninguna parte, pero que siempre van lejos de los deseos de uno, siempre hacia el infinito… o hacia Levante.

El deseo es solitario, sí, lo dice el título de este mismo blog.

El deseo es otra forma de estar muerto

(o soñando).

Escribir la tragedia de no poder ser la reencarnación de Ulises en este día de Bloomsday de 2009, sé que es una forma de redención, o así lo espero,

porque este tren no me lleva a Ithaca, y por las ventanas sólo se ven sombras.

Y las sombras nunca dicen la verdad.

Y lo que es más verdad que la verdad, siempre es mentira, o autoficción.

Es decir, que afortunadamente, sólo podemos reencarnarnos en nosotros mismos.

O sea, que este Bloomsday que me lleva a ninguna parte, en verdad,

me lleva al fondo de mí mismo, al corazón de mis tinieblas.

Puede que sea un mal lugar, pero al menos se está calentito allá adentro.

[1] Luis Magrinyà. “Conformidad” en Los Aéreos. DeBolsillo. Barcelona. 2006. [pág. 139]

[2] Andrés Felipe Solano. Sálvame Joe Luis. Ed. Alfaguara.Bogotá. 2007 [pág 61]

[3] Ramiro Lapiedra. “Epifanía: un rodaje porno”. Ed. Mountainsoft. Madrid. 2ª edición. Junio de 2009.

02-06-09_1659

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s