Give it a further thought [Parte 1ª]

Todos los esquizofrénicos acaban estrellándose contra su propio pensamiento [1]

1.

Es interesante

la idea desarrollada esta tarde en su conferencia en el MACBA por

John Rajchman.

Su idea:

el acto de creación es interpretado como la asunción de un nuevo cerebro, tanto de la parte misma del artista (el artista se provee de un espacio diferente al propio y lo transita, lo “crea”),

como del espectador/lector.

El artista cuando sale  metonímicamente “afuera”

(pues la conexión se produce siempre por identificación del espacio neuronal con la proyección imaginativa de “lo real”)

desconoce con qué se va a encontrar, a pesar de que sabe que habrá de verificar su intuición -lo que le motiva a la acción y concluye en un acto creativo-

(y esto sólo cuando se trate de una vívida intuición y no un mero indicio o suposición),

lo que le ha llevado justamente ahí afuera.

* Nótese la abismal diferencia que implica esto respecto al hecho de simplemente corroborar un prejuicio (que es lo que ocurre con el arte que trabaja sobre el cliché).

2.

Del lado del lector, un proceso parecido opera, y es por ello que, de un modo extraño, el lector/espectador es asimismo creador de las obras.

Claro que esta idea es de Deleuze vía Foucault y, más aún, traída de Artaud (el cuerpo sin órganos).

Pero no esta de más que la recordemos ahora.

Una forma fácil de decirlo:

nos gusta justamente Francis Bacon porque no somos Francis Bacon. Porque en el acto de disponer atentamente nuestra capacidad de sorpresa frente a cada uno de sus cuadros, en ese momento y lugar “creamos” a Francis Bacon.

Lo que nos fascina es pues que nos provean de una mente y de un cuerpo nuevo, diferente, ajeno al nuestro, pero que no es ni nunca será (ni puede ser el nuestro) el nuestro.

La consecuencia más inmediata es que la mortalidad del arte está justamente en su mentira: “there´s a taint of mortality in lies -which is exactly what I hate and detest in the world” [2]

Se trata de una asunción propiamente ontológica.

Y lo contrario:

la creación (o llámese en términos de Deleuze “experimentación”) de un espacio nuevo, garantiza su perpetuidad. Y, de algún modo, no tanto su trascendencia (lo que implicaría notaciones religiosas) sino lo que podríamos llamar su “incesante fluir”,es lo que garantizada su perennidad

(la mirada constante).

3.

Y traigo esto a colación por aquellos escritores del no que no vacilan justamente en tomarse la dirección contraria:

llenar ese nuevo cerebro (o cuerpo) con el cerebro de los demás.

Su propia negación de un espacio posible para la creación los convierte en creadores por la vía de la recepción. Es decir, metafísicamente quedan invalidados sus propósitos.

Para que se entienda, me refiero a lo que Rodrigo Fresán llama: “lectores que devienen escritores”.

Y por decirlo en otras palabras,

lo que hacen esos escritores propios de la postmodernidad “negativa”  es jugar con las cosas que ya existen, no proveen al espectador de (re)formulaciones ni por la via de la tradición, ni por la vía del viaje sin “red” a lo desconocido (a tratar de verificar sus intuiciones); o sea, llenan los espacios nuevos de su trabajo con los trabajos de los otros.

Llenan cajas con las sobras de otras cajas encontradas en el desván de la historia de la literatura.

*Se me podría argüir que el problema es más complejo y que tiene que ver con que la originalidad es hogar con pocas habitaciones disponibles, después de que prácticamente esté todo dicho. Sí. Pero, igualmente, esto es una formulación propia del siglo XX. Y, en cualquier caso, sería algo que viene después, cuando ya se han disparado las alarmas. Quiero decir que trabajar los materiales que se parecen a los materiales de otros, es propiamente trabajar con ideas vueltas clichés, no es trabajar con imágenes. El problema de la originalidad, si acaso, vendría a posteriori.

Este tipo de literatura del no se afana en el calambur. Hace imposible que  los mundos posibles sean ontológicamente homogéneos (Lubomir Dolozer).

Y es que el problema sigue siendo de intención. El motor que inicia la acción. Los resultados (la obra), habrían de calibrarse con otros parámetros y tampoco es lo que me interesa tratar ahora.

Digamos solamente que al aferrarse a la imposibilidad de la invención, retoman un discurso circular, propio de los pueblos paradójicamente pre-tecnológicos.

Contra la idea deleuziana de “perjudicar la estupidez” ajena, los escritores del no se mueven en los parametros mismos de la convención (la convención literaria, o sea, el cánon), hábilmente, y esto a través del sarcasmo.

La ironía detenta inteligencia y juego, pero el sarcasmo sólo puede nacer de la amargura y la desolación. Los escritores del no se aferran desesperadamente a una concepción (post)existencialista del mundo y la literatura.

Veamos un ejemplo de esto último:

“Si tú, querido, ponderado lector, te tomas la molesoa de avanzar minuciosamente con el escritor e inventor de estas líneas por el luminoso  amable mundo matinal,no con apresuramiento, sino más bien cómoda, objetiva, llana, prudente y tranquilamente, ambos llegaremos ante la ya citada panadería con rótulo dorado, donde nos sentiremos movidos a detenernos con horror para asombrarnos de manera dolorosa de la burda jactancia y de la triste deformación a ella íntimamente vinculada de la dulce rusticidad” [3]

.

4.

No se les puede negar su ingenio, esto es cierto.

Pero también hay ingenio en los chistes, y nadie con una mínima seriedad considerará al chiste o a la microficción verdadera creación literaria.

Resumiendo: los escritores del no son a los escritores del sí lo que el sarcasmo a la ironía,

una desdichada y grotesca malformación.

Habría que repensar esto:

“what one recognises as desirable for oneself, one ought to be willing to grant to others” (Confucio)

Algo tan sencillo como:

muerte crea muerte; repetición genera tedio, y la serialización invoca el runrún del silencio e induce francas ideas de suicidio.

Así que, más que otra cosa,

lo que necesitamos es la inapelable escritura del sí.

Bienvenido sea, pues, el oxígeno.

Hacer justamente esto (poner las cartas sobre la mesa):

Escribo aquí porque quiero que me vean
escribiendo. Deseo que los chicos se acerquen
para preguntarme qué hago. Deseo que
cada uno de ellos se pregunte
si estoy escribiendo sobre él.
Deseo que la respuesta, siempre,
sea que sí.

Lawrence Schimel“Poema Plaza de Chueca”


[1] Antonio Orejudo Utrilla. “Ventajas de viajar en tren”. Ed. Alfaguara. Madrid. 2000.

[2] Joseph Conrad. Heart of darkness. Penguin Classics. London. 2007. [p.32]

[3] Robert Walser. “El paseo”. Ed. Siruela. Madrid. 5ª edición. 2005. [p. 18]

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