El manto inmenso

Sigue la palabra

Perdiendo su silueta

Al navegar el manto inmenso de la voz.

Raúl Cota Álvarez. Los cantos del silencio.

1.

Por ahí algunos dicen que es cosa de tiempo, el amor,

que se construye “en el tiempo”, mejor dicho,

y que es cosa de oportunidad, que la oportunidad ha de darse “en el tiempo” -adecuado-,

y me parece esto cierto, pero más acertado y concluyente resulta que el amor se debe a una cuestión de mero espacio.

De voces que se reúnen en un entorno íntimo, diferenciado e inmune. Que lo que importa es construir la invulnerabilidad en unas coordenadas que excluyan esa falta de autonomía en la que, de normal, habita el sujeto, condicionado por las mareas de lo social.

Siendo doble (pero el mismo), el sujeto, “en el amor”, es más poderoso que abandonado a las tormentas del capricho que impone el falaz individualismo.

El amor me parece que no es cosa contingente sino puramente especulativa.

El amor es cosa de la voz de dos cuerpos que no hacen eco sino variaciones sobre una melodía ínfima e íntima.

Que esas dos voces que aisladas gritaban en un hosco vacío de cuevas encuentren el acuerdo en algún punto, y deambulen por tanto, y en lo sucesivo, felices en la inmensidad de su propio abrazo… eso es el amor.

El puro milagro.

2.

Pero ocurre siempre que otras personas ajenas al encuentro de las voces, a la tesis entusiasta de esos besos, litigian por adentrarse impunes en ese hueco profundo que es la felicidad de un amor lleno de espacio, y gritan enrabietados, y lloran y se retuercen endiablamente en su enojo y etc

No hay que darles tregua. Ni pan.

Simplemente marcar la distancia infranqueable con esa pala de nieve que es la sonrisa social o la pura indiferencia.

Hay que advertírles a los otros a las claras: muéranse.

3.

El único lugar para el amor, hoy día, es el mismo que tendrá la literatura.

Siquiera se necesita que se trate de un espacio real sino tan sólo un espacio convincente, afín al protocolo de lo necesario.

Por una razón bien sencilla: porque no se desarrollará jamás la pasión en lugares conocidos, pues la pasión se avergüenza de sí misma, si algo no es la pasión es fatua.

Porque la algarabía de los cuerpos, sabiéndose acechada por otras voces y proclamas y convenciones huye hacia el espacio de lo posible.

El lugar de la literatura, así como el del amor, es el lugar de lo imprevisto necesario, lo que atiende a la lógica inmanente de la creación:

el buen amor siempre subvierte lo convenido y el mal gusto ese que enarbolan las gentes de bien de creer que solo es lo que se ve a simple vista. Y nada más.

Por ello necesita crear espacios nuevos en el centro mismo donde otros solo ven cotidianeidad. Ése es su misterio.

Y es esta misma razón por la que el realismo no se aviene ni con el amor ni con la literatura. Estos dos sólo pueden crecer en la incertidumbre y el deseo.

Amor y literatura crean cuerpos donde los necios sólo ven palabras y acciones.

O dicho en otras palabras:

“a text which subverts expectations may usefully serve to reawaken our perceptions […] The pattern of the ´old´is used and subverted to create the ´new´”

Elaine Aston & George Savona. A semiotics of text and performance. Routledge. London & New York.

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Archivado bajo El ejercicio de la escritura, El yo y sus aledaños

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