Extintores & Nebulosas

1.

Ha venido mi madre a traerme tabaco y hemos tomado un café.

Sobre las cuatro de la tarde.

El timbrazo de la puerta me ha obligado a saltar de la cama como un tejón. Es la segunda vez que ocurre hoy.

El timbre.

Esta mañana ha venido un tipo a revisar los extintores (¿?). Lo juro, apenas me acababa de acostar y el tipo vino a revisar los extintores… timbrazo severo y salto de la cama como un tejón, con los ojos inyectados en sangre y el alma tibia.

Como a las once de la mañana, apenas acostado.

Y digo: qué?

Y me dicen: extintores.

Yo me pregunto a santo de qué hay extintores en esta casa… pero supongo que eso tocará dirimirlo en ocasión mejor, no ahora.

Al volver a acostarme, rezongando, malcarado y huraño he pensado sobre la perversidad de la vida y sobre la reconfortante arbitrariedad de los sueños.

2.

Pues bien, sentados en el salón. Las cuatro y cuarto de la tarde, o así.

La televisón apagada, la luz ya tenue de la tarde que proviene de la claraboya, del patio de luces. Por alguna razón no me atrevo a encender ningún interruptor y los halógenos siguen quietos en su duermevela.

Fumamos en silencio. Mi madre y yo.

Entonces, una risa nerviosa de mi madre, casi como avergonzada, o acaso también temerosa y valiente a la vez.

Soy incapaz de decidirlo, por eso le inquiero:

-¿Qué?

Dice: un sueño.

Digo: ¿cómo?

Dice: me sucedió el otro día.

Me ha referido el sueño, lo he escuchado en acongojado silencio,

se trata de uno de esos sueños de puro físico, de los que te obligan a decidir si es sueño o realmente te ha sucedido, en la realidad tangible de la vida.

El caso es dice que notaba mi peso a sus pies. Que notaba el peso fuerte de mi cuerpo sobre sus pies, en el silencio de la madrugada.

Que sólo pudo resolverlo tratando de mirar de costado, con la sábana apenas un milímetro por debajo de los ojos, es lo que me ha dicho.

Que no se atrevió a mirar, finalmente, que fue incapaz de decidir si era yo a quien pertenecía el peso de un cuerpo arrojado sobre sus pies, o simplemente era un temor suyo proyectado en el sueño.

El caso es que me ha asegurado que el peso físico mío sobre ella era incuestionable, que eso fue lo que la atemorizó.

3.

Yo hoy he soñado con Alex Vergés.

Me llamaba por teléfono, pero no se aclaraba muy bien a pedirme lo que quería pedirme. Entonces la conversación se hacía larga, larguísima, tediosa y difícil, pues estaba preñada de silencios incómodos, de vacilaciones y proposiciones nunca mentadas ni sugeridas ni esbozadas.

La maquinación se sentía por los indicios, por la torpeza de los participantes en la conversación: yo y Álex Vergés.

Yo no me atrevía a preguntarle y él tampoco se atrevía a decirme.

Y así ha discurrido la conversación telefónica, entre frases a medio decir y palabras filosas que se suavizaban por el tiempo transcurrido, el silencio y la impotencia.

El sueño olía putrefacto, además, como si quienes hablasen fueran dos cadáveres,

huesos todavía jóvenes pero que andan en retroceso, con la medida justa de calcio.

Y en el ambiente… esa nebulosa blanca,

como si el que vino a revisar los extintores esta mañana hubiese vaciado uno de ellos, sólo para probar, para comprobar su eficacia, mientras yo dormía.

Esto es lo que me ha dado por pensar…

Y he pensado más aún, he pensado que el peso físico de mi cuerpo va oscilando de sueño en sueño, según los días. a mi antojo, como quien fuese gritando ayuda,

como quien pidiera un abrazo.

Me he dado cuenta de que igual que Lou Reed yo puedo meterme también en los sueños de los demás, y desaparecer limpiamente, como un prestidigitador,

como el recuerdo falaz de alguien muerto,

que reclama atención en los otros.

Así yo, hoy.

Bola extra (1):

soñar es productivo.

Bola extra (2):

In a dream you climb the stars

Toni Morrison “Song of Solomon” [p. 239]. Vintage London. 2005.

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Archivado bajo El yo y sus aledaños, Vida personal

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