While you weren´t watching

Zack Brown. "We don´t want adds, we want art"

Zack Brown. "We don´t want adds, we want art"

1.

No sé si tengo resaca, frío, fiebre

o una mera preocupación, innominada sigilosa preocupación.

Si al menos supisese de qué se trata… imagino que la cosa sería más fácil.

Aunque, tal vez, lo único reseñable sea exactamente eso: que con la innominación todo es nebulosa, duda y misterio.

Y me refiero exclusivamente a las consecuencias de estar tres días sin escribir una sola línea, qué digo, ¡ni una sola palabra!

Cierto que ayer me ocupé con una cena con J. y el contrabajista y de emborracharme y dormir mucho (como unas quince horas) y cierto que anteayer estaba con un libro de Toni Morrison (me leí 43 páginas).

Pero esto no explica nada.

Tampoco razón alberga para poder justificarme la compra de unas zapatillas (me he decidido a hacer jogging como un pichiflautin) que me llevó la tarde entera. Son las primeras zapatillas que compro en diez años. Las compré doradas. Horribles. Llamativas. No sé por qué. Pensé que dado que me sometía a la traición del deporte debía lucir lo más hortera y estrambótico posible.

J. detesta mis zapatillas. Me las puse anoche para ir acomodándome.

A mí me parece que están bien. Aunque sepa que no lo están.

Pero uno debe mantener a rajatabla su criterio, así sea errado.

2.

Por recomendación de mi amigo M. estuve buscando los dos primeros libros de Luís Magrinyá (deBolsillo, 2006, 8´95 euros each), “Belinda y el monstruo” y “Los aéreos”.

M. dice que leer “Tal vez sea la culpa de Mozart” le recordó a esos libros.

Y como nunca he leído a Luís Magrinyá, pues me fui corriendo a la Babel y me dijeron que sí, que sí los tenían, pero en la estantería no estaban (la dependienta no los logró encontrar ni yo menos), así que me fuí de brazos caídos.

Sabiendo que estaban allí (lo decía el ordenador) pero sin poder llevármelos. Es el peor trauma del deseo: desear algo que no sabes dónde está.

Supongo que eso es lo que me sucede estos días. Y aquí la trampa del deseo, digo del deseo per se: no saber qué coño queremos. pero quererlo, igualmente.

Tampoco me fue mejor con la Feria del libro que hacían en Santa Clara. En serio, querido Alberto Fabra, llamar a eso feria del libro es un pecado ontológico.

Y deberían caérsete las muelas de verguenza.

Lo único bueno fue encontrarme con el ex-detective cibernético y ahora vuelto estudiante de informática y con una rubita maja que iba con él y la promesa de una fiesta en su piso (¿el de ambos?), una fiesta de esas estudiantiles, ya saben, de las que hacíamos hace diez años, cuando me compré aquellas primeras zapatillas nike azules,

a quest for decadence.

Así que por paliar esa deshazón mía horrorosa, mi amiga I. me llevó al rastro. El rastro es el mejor sitio donde estar cuando la casa cruje, y se quiebra, y caen cascotes y amenaza derrumbe.

Compré:

1. “Narrativa rumana contemporánea”. VVAA. Darie Novaceanu (editor y prologuista. Alianza Ed. 1974.

2. “Este Domingo”. José Donoso. Club Bruguera. 1980

3. “Adolfo”. Benjamin Constant. Planeta. 1983.

4. “Obras Escogidas”. San Juan de la Cruz. Espasa-Calpe. 1974.

Me gasté cuatro euros.

3.

Entonces luego le invito a I. a un granizado y ella elige el de kiwi.

Un granizado que se ve asqueroso.

Verde musgoso como las piscinas llenas de ranas.

Pero ella lo sorbe con placer y dice: ¿quieres probarlo? Y aún más, dice: ¿y tú por qué no tomas ningún granizado?

Yo la miro extrañado, curioso por saber por qué ella quiere que yo pruebe el kiwi o cualquiera de los otros granizados variados que hay en la heladería.

Le digo que no.

Incluso sacudo los hombros con indignación.

Y mientras vamos caminando hacia el parking a buscar su coche y ella recibe llamadas de gente que quiere unos gatitos que ella regala, y hablan y acuerdan una hora y un lugar y ella habla cariñosamente de los gatitos…

pues yo no puedo dejar de pensar en el kiwi. Detesto el kiwi del mismo modo que detesto los melocotones y la piña y las nueces y cientos de cosas más.

Pienso en la paradoja de que le invite a I. a un granizado de kiwi y ella luego quiere que yo lo pruebe.

Pienso, me digo: hay algún tipo de mensaje importante en el malentendido del kiwi que tu eres incapaz de desentrañar.

Entonces me acuerdo de un corto que vi el otro día “Kinki Hoodoo Voodoo”, de César Velasco Broca. Es un corto descorazonador, a uno lo deja impotente.

A pesar de ser de ciencia ficción, se percibe que en el corto existe un latente mensaje poético.

Es potente, potentísmo, el mensaje, y viene dicho mensaje ambicionado por esa presencia del blanco cuya manifestación nos hace sentir la pura esencia de lo trágico.

Y es que le explota a uno en la cara.

Pero, sin embargo, uno ve el corto y piensa qué pasa, qué, pero qué, qué pasa, qué…

y uno sabe que pasa algo. Pero no se sabe el qué.

Supongo que la vida al fin es también ciencia ficción, que nos pasan cosas y uno sabe que esas cosas son significativas, que son la esencia pura de la tragedia de cada uno de nosotros, pero uno no sabe por qué ni para qué.

Quizá haya que ir encontrando nuevas formas de nombrar a ese dolor contemporáneo que algunos llaman la enfermedad del éxito, pero que a mí me parece una mutación bastarda del spleen baudeleriano.

*la fotografía es de Barbara Celis.
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Archivado bajo El ejercicio de la escritura, El yo y sus aledaños, Vida personal

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