Soñar con libros

Del sueño

lo único que importa es su calidad.

Esto lo sabe cualquiera.

La ausencia de ruido, la oscuridad que resguarde el tranquilo letargo de las pupilas, la buena conciencia… un cuerpo adorable que le acompañe a uno…

Sí, sí, estos son cosas que ayudan, pero no garantizan la calidad de una buena soñada.

Del mismo modo ocurre con un libro,

pero a la inversa: el estilo, la originalidad, el dominio de los recursos son -de normal- garantes de la calidad.

Pero la calidad en un libro, contra lo que sucede con los sueños, no lo es todo.

Porque un libro, a pesar de ser un libro bueno, bien escrito, de un buen autor, a pesar de ser de calidad, no garantiza (per sé) una gratificante leída.

Pues así está resultando con los pésimos sueños que estoy teniendo estos días por culpa de los obreros y sus violentas herrramientas y golpes y gritos, demenciales obreros que me tienen invadida la casa.

Pues así con “Los dominios del lobo” de Javier Marías

(Su primera novela, circa 1971).

Lo abandono en la página 192 (de un total de 338).

Justo aquí:

Se abrió una puerta de vaivén y un hombre gordo con un gorro de cocinero entró con una fuente llena de carne muy frita, y dijo:

-Ya está, señor Wainscott -Y la depositó sobre la mesa [1]

Pues ya está.

Aquí me planto yo también. Dejo el libro sobre la mesilla de noche.

Abandono.

Y eso que llevo semanas soñando con leerlo. Lo rescaté en mi último viaje a Bcn, y me lo traje y comencé a leerlo con placer e interés, con inenarrable placer e interés;

lo había comprado hace meses y tenía unas insoportables ganas por desmenuzarlo y poseerlo y aprender de él y con él solazarme.

Pero nada,

del mismo modo que me es imposible tener un sueño de calidad en esta casa de mi madre (y que, por tanto, no es mía),

del mismo modo me sucede con este libro de Javier Marías, porque sucede que no es del enorme escritor Javier Marías que conocemos por sus obras geniales, sino otro, uno que está en otro sitio,

en este pretérito Marías no hay alma, porque todas las almas habrían de venir después.

Por ello no consigo disfrutarlo:

igual que ahora (a las 09:30 11:13 de la mañana) intento infructuosamente dormir y me atormenta el ruido infalible de los obreros, así me pasa con el libro de Marías, que está preñado del ruido de otros muchos autores que no son él.

Y la calidad del sueño sólo se alcanza cuando hay sueño solo y nada más.

Así con los libros. Así con Javier Marías.

[1] Javier Marías. “Los dominios del lobo”. Ed. Alfaguara. Madrid. 1999.

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