Cosas Espeluzznantes

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No, no, no, no puedo parar de gritar!!!!

Los Espeluzznantes. “No puedo parar de gritar”

Pues sea

que ya el reloj marca las 11:00 am del lunes 20 de abril y yo sin poder dormir,

aprovecho y escucho a toda leche la canción de Los Espeluzznantes y, como no hay nadie en casa, pues me pego unos gritos así, con alegría y sentimiento, para distender el pérfido nudoso embrollo del estómago.

Estaba pensando antes (antes de no poder dormir), o sea, acurrucado en las sábanas y escuchando las tonterías que dicen los locutores de la radio

(vosotros antes molábais, tíos),

pues pensaba en lo que me están recriminando los amigos cercanos.

Bueno, lo ensartan en su discurso como una recomendación.

El asunto es que mis últimos relatos están trufados de locura y muerte

(y yo no soy así, sí, yo antes también molaba).

O sea que vamos a tener que hacer algo con la narrativa nueva.
Entonces, como temo que la novela se me llene de eso también

(digo del afán Horacio Quiroga por embrutecerse a sí misma),

pues voy a sacar a pasear aquí el primer capítulo y así lo aireamos un poco…

(así, de paso, recuperamos la vieja costumbre del extinto blog “Virtudes decadentes” de ir mostrando las cosas en las que uno está trabajando; así, en primicia total, unabridged y sin editar, en bruto, eah!)

Allá va:

Óscar.

Capítulo 1.

Una psicóloga,

en el colegio, de niño, me dijo que poseía una capacidad inaudita para desbordar el marco. Dijo que no podia controlarme, ceñirme a los límites. Dijo que tenía un severo problema de proyección. De fijar la proyección misma, mejor dicho.
Qué haces, recuerdo que me preguntaba siempre la abuela, de niño -y ya no tan niño-, en cualquier caso antes de que nos abandonara; subido yo al tejado de nuestra casa, mirando insistentemente los picos de las montañas del Maestrazgo…

qué haces, ahí, Óscar, tan solo…qué haces, eh, qué haces.

-No hago nada…
Y ella, con su acento ridículo y forzado, decía invariablemente: “no te creo”.
Pero de veras que no hacía nada. Lo único era que me dominaba el placer cada vez más culpable de la imaginación. Así que yo no contestaba a la abuela, bueno, a veces, sí, cuando le decía , al principio: “no hago nada…”,
pero ya harto de que ella utilizase mi misma frase con un tono burlón y afectado que trataba de simular el mío, pues ya sabido esto, simplemente yo ya no decía nada. No respondía.
Y levantaba los hombros. Y hundía los pómulos, como deseoso de morderme mis propios carrillos. Intentaba que mi abuela entendiera con ese sutil gesto que porque una provocación se repitiera mil veces, no habría de ser más eficaz.
“No hago nada…” repetía insistentemente la abuela, imitando mi voz y al marcharse concluía con muy mala baba inaguantable: “eres igual que tu abuelo…”.
Pues qué iba a hacer, abuela, pues soñar, abuela, fantasear con el hecho de ser capaz de destruir todas esas hábiles montañas que me impedían ver el mar. Todas, abuela, todas. Todas y cada una de ellas. Sólo quería tener frente a mí la imagen de un mar único e inmenso e inabarcable. Que mi vista se perdiese en un horizonte abierto. Sólo quería olvidarme del olor húmedo y a veces putrefacto de las montañas. Sólo quería irme de este lugar, como hiciste tú también más tarde, cómo no comprendiste eso, cómo no me llevaste contigo…

Lo más triste que recuerdo de aquellos días era la imagend e los desvalidos alcornoques sin piel, con cuyo corcho comerciaba mi abuelo. Recuerdo los camiones largos, subiendo vacíos hacia la fábrica de mi abuelo, ascendiendo trabajosamente las carreteritas de montaña. Y luego los mismos camiones pero llenos de un corcho ya duro por la sequedad de las alturas y el viento al que han sido expuestos durante meses largos, todo el corcho perfectamente apelotonado y a presión sobre la panza de los camiones. Y esos huecos divertidos que deja el corcho al ser forzado a formar pelotón y que son la marca, el recuerdo de cuando ese mismo corcho abrigaba el cuerpo de un alcornoque.

Cuando desaparecían los camiones los imaginaba raudos y diligentes, dejando el corcho en ciudades con mar, algunas de ellas no demasiado lejanas, pero otras sí. Ciudades cuyos nombres ya sabía de memoria: A Coruña y Vigo, Barcelona, Cartagena, Málaga y Huelva, y tal vez Aljezur en Portugal. En Santander, seguro, y puede que Bayona, en Francia. O puede incluso que en Trívoli, en Libia. En Rabat, Odesa o Bursa.Y porqué no también en la lejana rusia, en Murnmansk, pensaba.
Luego imaginaba el corcho despedazado en tapones, que supongo utilizarían para las botellas en los viñedos, y que luego iban igualmente a otras partes del globo como Honduras o el Brasil, por qué no. O a Antigua y Barbuda, que era una isla del Caribe que me tenía profundamente fascinado.
Como no sabía muy bien cómo serían aquellos países, solía imaginar a niños como yo, pero felices, y sus belenes navideños, en todos los puntos de la geografía del país. Al tocar con mis manos esos corchos al comienzo de su proceso de secado, justo después de haber sido arrancados del árbol y dejados a la intemperie, con toda esa horda de operarios en acción y que comandaba mi abuelo, yo no podía dejar de imaginar las manos de todos los niños de españa y del mundo entero que luego tendrían esos mismos corchos en los belenes navideños de sus casas. Las manos de esos niños que tocarán mis manos, pensaba. El recuerdo impreso de mis manos en todos esos corchos… Niños que yo imaginaba vivirían despreocupada y felizmente en ciudades que yo no había visto y que temía no alcanzar a ver nunca.
Niños afortunados que vivían en casas junto al mar. Niños felices que con apenas caminar unos largos pasos desde sus casas podrían perderse en la inmensidad del mediterráneo o del atlántico o el cantábrico o incluso en esos mares lejanísimos y extraños de nombres exóticos.
Me había dedicado a estudiar con paciencia y bastante precisión el mundo, gracias al atlas que me había regalado el abuelo por la comunión. Es lo único que podía hacer en aquel terrible pequeño pueblo de montaña de mi infancia.
Y tenía además mi bola del mundo giratoria.

En esa bola a la que hacía dar vueltas estaba todo, esa bola que obligaba a unas rotaciones vertiginosas y que, en su intrépida rapidez, manchaban de mar todos los continentes y la tierra no era tierra porque estaba sepultada, inhóspita e inútil sobre ese mar azul de mi globo terráqueo que daba vueltas y vueltas y vueltas participando de una velocidad enloquecida, volviéndolo todo mar.
Mi amada bola del mundo… que un día desapareció de mi habitación.
Sé que fue cosa de la abuela…la desaparición de mi globo terráqueo.

Lo sé.

No se contentó con desaparecer ella misma, sino que se llevó también mi globo terráqueo, y con él, el fundamento de mis ilusiones.

Post-scriptum (20:18 horas):

A esto me refería con lo antedicho, que estoy desconcertado:

Pero hay algo más: el mal en los demás nos intranquiliza pero el mal que podemos descubrir en nuestro interior nos desconcierta.

Vicente Verdú. En su blog para ElBoomeran(g).



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Archivado bajo El ejercicio de la escritura, El yo y sus aledaños, Vida personal

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