Negritudes y oquedades

1.

My heart beats so slowly now

Valero. Happy song.

Leonard de Selva/CORBIS  - "Frederic Mistral"

Leonard de Selva/CORBIS - "Frederic Mistral"

Leo a Kiko Amat,

que dice que la rémora es un pez indigno y asqueroso, que es el pez más rastrero del mundo, eso es lo que dice Kiko Amat, y dice también que su equivalente humano -el de la rémora- es peor.

Bueno, esto lo dice Pànic, su personaje en la novela “Cosas que hacen BUM”, pero es un trasunto claro de sí mismo. Pànic Orfila, digo, el narrador de “Cosas…”.

Y yo le creo, igual.

Porque hay cosas que son verdad, legitimamente verdad, con independencia de quién formule esas cosas.

2.

Leo a Levrero

y dice Levrero en el prólogo de El discurso vacío:

“he visto a Dios en un rayo de sol que oblicuamente animaba la tarde”.

Sí, pero aquí ha estado lloviendo, pienso;

y me digo a mí mismo que la lluvia lo ha jodido todo.

Pero ello no me consuela.

Yo no he podido ver a Dios.

Al menos no hoy. Es cierto que lo vi en esta misma casa, en la de mi madre, en el 2004, mientras escribía Alytzia Abbondanza.

Pero hoy no he conseguido verlo, como sí pudo Levrero, y de veras que ello me ha destrozado.

Es justo advertir que si me asomo a la ventana, justo al frente tengo un convento de monjas. Y es que justo al frente de mi balcón (un cuarto piso) hay una imagen en mármol de Jesucristo señalando con su mano derecha justo hacia la ventana de mi balcón.

Si, ya, lo sé, pero yo hoy, justo hoy, hoy más que nunca, necesitaba notar la presencia de dios, sentir ese aliento primero gélido y luego de puro fuego que es saberse en presencia del dueño del universo,

sea éste el dios de los católicos o aquel que se manifiesta con la furia del terremoto.

Yo hoy quería ver a dios,

al dios que habita el centro mismo de la literatura (y no a su puta rémora de mármol) y lo único que he tenido ha sido un terrible dolor de estómago y un tedio que me instiga a no cambiarme de ropa ni ducharme.
Llevo así dos días, con la misma ropa.

Llamé a dios y me encontré con la gratificación del simulacro:

la silueta de su estatua marmórea.

Yo mismo, hoy, soy un simulacro de mi mismo.

Tal vez demacrado, el pelo revuelto violentamente y la mueca desencajada, los ojos enfurecidos.

No sé, no me atrevo a mirame al espejo.
3.

Me leo a mí mismo, me releo.

Y no encuentro nada provechoso. Releo un texto que se llama “Esto no es la muerte súbita” y sé de qué va, sé perfectamente de qué va.

Lo supe desde el primer día.

Y es esa la razón que me impide escribirlo. Me duele demasiado. Es justo ese dolor el que me paraliza.

El texto va de las alucinaciones (alucinaciones que yo sufro), del fantasma de mi abuelo (fantasmas que yo veo), pero también de la violencia del ser humano

(violencia que conozco; sin ir más lejos el domingo por la noche arrojé por la ventana de un tercer piso una estantería de cd´s )

Se trata, además (“Esto no es la muerte súbita”), de una historia real.

Supongo que eso es lo que lo complica todo.

4.

Los Mancos, esos chicos raros...

Los Mancos, esos chicos raros...

No hay nada peor, excepto tal vez tu mirada.

Los Mancos. “Mayo”.

Dadas todas estas circunstancias,

hago lo que está claro que no debería hacer, que es beber Cardhu y Eristoff y cervezas no, cervezas no bebo porque me las acabé todas ayer.

Y me pongo a mandar cien peticiones de amistad en el Facebook porque pienso que es una forma civilizada de gritar “¡auxilio!”. O de decir: “¿hay alguien ahí?”

Y nadie me contesta.

Bueno, sí, acaba de venir a mi auxilio Fernando Marías, ¡gracias bendito!

Son las 05:26 am.

Miércoles 8 de abril de 2009.

5.

Por loar a mi benefactor le leo, a él también.

Leo a Fernando Marías.

Leo “Huellas desnudas de la mujer invisible”, que es un título harto acertado para el tema que nos ocupa, quiero decir que es el motivo no sé si de mi desdicha, pero sí de mi parálisis.

Tanto por lo sucedido recientemente en mi vida como lo que deseo contar en el mentado relato “Esto no es…”.

Bien, dice Fernando Marías que “Los tacones, como la mirada, emiten mensajes desde el oculto mundo del alma, que por supuesto no todo el mundo puede percibir”.

El dolor del escritor viene de percibir esos “mensajes ocultos del alma” de los otros. De las mujeres, especialmente.

El dolor del escritor viene de reconocer que entre sus instintos se albergan esos mismos que llevan a ciertos hombres a violentar a las mujeres. Y viceversa.

Lo terrible de la enfermedad de escribir es conocer esa magna silenciosa tragedia, tanto de los hombres como de las mujeres.

El dolor del escritor es que nada humano le es ajeno, sobre todo las cosas más terribles.

6.

Me gustaría hablar también de la felicidad de este último viernes por la noche, en Barcelona, de ese after de Poble Nou llamado The Other Place, donde entramos gracias a la amabilidad de Santi (al que conocimos el mismo viernes).

Y también la locura del Magic y las cervezas de antes con mi amiga la editora y mi amigo el escritor y hasta la pelea con el taxista que al final nos llevó a pasear gratis, ya con el día bien puesto en el horizonte, por la línea de la costa… a mí y a la rubia.

Y la tranquilidad del sábado. Y ver un partido de balonmano de madrugada para calmar la ansiedad de no tener tabaco, pero sin embargo estar contento y feliz, aun sin poder dormir.

Sí, me gustaría recordar brevemente todo eso en este dietario-blog, y el sexo feliz e inmejorable y la conversación agradabilísima y fructífera, y los abrazos tan tiernos; no, no quiero que eso se me olvide después… no quiero que se me olvide nunca.

Por eso sé que debo anotarlo aquí, en este dietario-blog.

Y sí, quiero mencionar también las Voll-Damms del domingo por la tarde, con mis dos hermanos y con nuestro primo P., y sí, incluso el haberme casualmente encontrado en el Absenta, en la barceloneta, a Amanda, la inglesa. Y haber decidido ir a saludarla. A ella y a sus amigos gays. Después de hacer más de un año de no verla (miento, una vez me la encontré en el metro y no la saludé).

Y sí, corrobar entonces que mis apreciaciones sobre ella de hace un año eran ciertas. Corroborar cómo uno no se equivoca en esto, en las cosas básicas del carácter de los otros, quiero decir.

Pero también la contrapartida del mismo argumento: la tristeza asociada al hecho de descubrir que la gente no cambia, que todo sigue igual a pesar de las apariencias, que en lo profundo lo que hay es lo único que tenemos. O bueno o malo. Sólo eso.

Nada más.

Y ahí, en lo más recóndito, sólo quedan dos opciones. Lo bueno o lo malo.

Eso es lo que ocurrió el domingo por la noche: descubrir nuevamente lo malo, lo arcano, lo funesto, la insoslayable perversidad de la rubia (aun a su pesar, creo); en fin, el golpe fatuo de lo malo y cruel y ya definitivo.

Aquello cuya existencia me negué ingenuamente a aceptar durante largo tiempo.

Tener que hacer de nuevo la maleta, de madrugada, de malas formas. De las peores formas.

Y ya es la segunda vez…

No, esto último no quiero recordarlo.

Para nada.

Verme así irremediablemente solo, de nuevo, con una maleta sola, en la calle, y llegar a la ventanilla de larga distancia de la estación de Sants, con la misma ropa del día anterior,  y pedir con la boca pequeña billete para el primer tren… con destino a casa de mi madre.

La ridícula tragedia necesaria de volver al hogar materno.

A mis 31 años.

7.

Supongo que en este exacto instante todo tiene que ver con la pared azul mar o azul piscina o en cualquier caso azul enormidad que me enfrenta ahora.

Quiero decir que así no hay modo de que desaparezcan los fantasmas.

Quiero decir que mañana me mudaré a la otra habitación, la de la pared negra. Donde escribí Alytzia Abbondanza.

Y es que mañana va a haber mucha agitación aquí, vienen a limpiar toda la casa, luego vendrá el cristalero a poner unos espejos y hay que mover la mesa y sacar una cama y.. y…

que ya se han hecho las 07:38 am.

Y será mejor que descanse un poco; voy a cubrirme la cabeza con la manta y el edredón y a ver si en la oscuridad del sueño se me aligeran las cargas molestas.

Por si acaso le daré algún sorbito más al Cardhu, con esa decisión última con la que se profesa una fé dudosa,

la misma que le tengo a dios ahora mismo, por ejemplo,

y así trataré de ver si las rémoras se ahogan en esa cascada decrépita que hay en mi estómago.

Y si no se deciden, mañana ya les estrujo yo la cabeza con mis propias manos y acabamos de una vez con esto.

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Archivado bajo El ejercicio de la escritura, El yo y sus aledaños, Viajes, Vida personal

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