Y Jhonny cogió su fusil…

jonrich

1.

Y pensó que el olor del sufrimiento siempre da asco a los demás [1]

Por razones que no conviene precisar en demasía

(simplemente decir que visité a mi doctora),

he tenido que ir esta tarde a Les Corts.

Y al salir y dirigirme de vuelta al metro, he sentido miedo, frente a ese ambiente enrarecido en la calle, esos cientos, tal vez miles de personas con la emoción brava, desaforada y pendenciera.

Y no es que fuese una cosa tabernaria, de bárbaros peludos, pues entre el inmenso gentío había niños y mujeres y perros y abuelos y una representación diría yo bastante precisa de lo que habita nuestra sociedad, at large.

Pero el caso es que yo caminaba por la Travessera de Les Corts,

y no en la dirección en que todo el mundo caminaba,

sino al contrario de todos ellos.

Y, dada tal circunstancia,

sus ojos, sus rodillas y su voracidad (los de toda la gente) chocaban contra mí cada pocos segundos, así que tenía que poner las manos al frente, y primero fueron las manos y, pronto, frente al desconcierto de mi indefensión,

la tapa dura de la edición de Siruela del libro “La mujer de Gilles”, de Madeleine Bourdouxhe hubo de facilitarme un improvisado escudo.

Entretanto, luchando contra la multitud que venía en mi contra, he visto vendedores de bocadillos y guardias urbanos y mendigos y ciclistas enojados y señoras con carritos y dependientes de comercio y oficinistas a la carrera,

y todos gritaban en mayor o menor medida, con sus voces o con sus gestos o con su urgencia.

He visto en todos ellos, además, una consigna repetida, en cada uno de los cuellos de los seres que poblaban la zona de Les Corts:

una bufanda del F.C. Barcelona.

Podría decir que lo he entendido entonces, que se me ha clarificado el temor que me embargaba o el por qué de toda aquella movilización y alboroto.

Podría decir que he entendido el por qué del comienzo del pánico.

Podría decir que así ha sido y que ello me hubo de dejar tranquilo, pero mentiría.

Porque arriba de esas bufandas del F.C. Barcelona se veían ojos cacasenos,

enfurecidas emociones que delataban tanto su incontención en unos ojos enormes, como -resulta obvio- su imposible control,

y delataban asimismo la falta de voluntad de los cuerpos que portaban esos ojos para detener el enfurecimiento de esos mismos ojos protoasesinos.

Su indiferencia hacia la voluntad, la de esos cuerpos, su adoración hacia el motivo primitivo que los movía, de esos cuerpos con bufandas, su decisión criminal.

Cuerpos complejos dirigidos por una razón tan simple como arcana.

No puedo decir que les culpe, para nada.

No es esa mi intención.

Sólo puedo decir que comprender su tragedia, entiendo que es una tragedia que compartimos.

Esto es lo que me llenó de estupor, esta tarde.

Sobre las ocho o así.

Y lo que comprendí es que la determinación de actuar no procedía de la volición, sino del mismo instinto asesino,

ese instinto animal que parece en letargo, en el hombre, ese instinto que los escritores sabemos llevar a sus últimas consecuencias; o sea, preveerlas.

Y mientras iba en el metro, línea verde, tuve que cerrar los ojos y agachar la cabeza y llevar la cabeza hacia el pecho.

Porque habitaban las consecuencias de ese instinto en mi cabeza:

heridas, sangre, golpes, vísceras.

Amputaciones, violaciones, vejaciones, mutilaciones.

Todo rojo y oscuro; todo cosas feísimas.

2.


De lo que tengo miedo es de tu miedo a que lo veas todo igual

Joe Crepúsculo. Baraja de cuchillos.

Y hubo tragedia ayer también,

en los ojos de Jonathan Richmann, anoche, en el Apolo; aforo casi completo o bastante lleno.

Cambiaron la sala [2] por la sala grande.

Así que, afortunadamente, conseguimos entradas.

La tragedia de Richmann se adivina lejana y menor.

Quiero decir, no es una tragedia asesina, primitiva.

Pero sí es esa tragedia del que comprende la futilidad del mundo y, por fuerza, se lanza a estimar el presente, el amor y las enormes cosas pequeñas que nos hacen felices y que, justamente, nos salvan de esa tragedia asesina, animal y, por fuerza, aniquiladora y brutal.

Esa postura naïve que habita cada una de sus canciones de Richmann es felizmente honesta, con la clarividencia de quien sólo expone lo que le parece el mundo, y no lo juzga, sino que lo celebra.

El cantar todavía a la excelencia del ser humano,

con esa ternura prodigiosa;

pero, sobre todo, habiéndose cerciorado de que el ser humano es, al mismo tiempo, una cloaca… ay, si este señor no existiera habría que inventárselo.

Zelda Fitzgerald siempre le decía a Francis Scott: “cariño, el mundo ya está lleno de cosas horribles, no escribas tú más”.

Y como dice el mismo Richmann:

“cantante, a cantar, a cantar, a cantar…”


[1] Madeleine Bourdoxhe. La mujer de Gilles. Siruela. Madrid. 2003. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.

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