Un párrafo de más

1.

Las cosas más insospechadas suceden de repente

y se materializan en un párrafo de más;

parece un detalle irrisorio: “¡un solo parrafo!”.

Bueno sí, otro párrafo que se suma a la sucesión truncada de más párrafos y que quiere ser concebida finalmente como una relevante historia, un verosímil e interesante relato corto.

Sí, bueno,

es un sólo párrafo, sí,
pero la diferencia entre ese estar o no estar de ese párrafo es la puerta que nos llevará a la consecución de la historia o nos dejará atorados.

Es la diferencia entre la vida y la muerte de un relato,

y de su propia legitimidad como historia. Y hasta del escritor mismo.

Pues siempre en la concepción y escritura de un texto aparece este momento crucial.

Ese párrafo apareció hace dos noches.

Lo que varía siempre es el método para conseguirlo, tras días semanas o meses de penoso esfuerzo.

Lo que me funcionó dos noches atrás fue estar viendo en el ordenador contiguo Factotum, al tiempo que dejaba preparados los dedos sobre el mac, dedos que raudos se apropiaron de ese párrafo que pululaba por la habitación.

Hace dos noches.

Y a ese párrafo le han seguido felizmente muchos otros, entre anoche y hoy,

Factotum, que cuenta la biografía de Charles Bukowski, mezclada con sus relatos fue lo que propició mi entrada -de nuevo- a la cueva secreta del lenguaje.

Al final de la película Matt Dillon (que interpreta a Bukowski)

dice algo así como:

“si no estás dispuesto a llegar hasta el final, siquiera lo intentes”.


2.

Pero ello también conduce a la inevitable tristeza,

melancolía que que se me materializa en estos versos de Luís Quintais y que tiene que ver con el tema de la distancia, el tiempo y el viaje que esbozaba el otro día.

Dice así el poema:

con el paso del tiempo / una sombra nos revisita: es una mirada diferente, / crepuscular, / que se nos acerca, nos sitia / diciéndonos: “tal vez me persigas y yo te persiga” [1]

Yo te persigo y tu me persigues.

De esto va la creación literaria: el juego del escondite entre el escritor y el lenguaje, cada vez paga uno.

3.

Hay días en los que es mejor no hacer más que una sola cosa.

Días que sirven para encontrar un párrafo que nos mejore la historia que andamos escribiendo y días que son sólo para dedicárselos a un libro.

Del mismo modo que hay días que deberían dedicarse íntegros al amor y otros a la borrachera.

Me sucedió ayer con “Gina”, del costarricense Rodrigo Soto, que no pude hacer nada más que leer ese libro y pensar ese libro y habitar ese libro.
Nada más.

Consigno un sólo párrafo del mismo:

“Y no sería esto, esta muerte lenta y chiquitita, incompleta y silenciosa que cargo desde entonces, esta angustia de la espera, estos pedazos de cielo desgarrado como una hoja de papel…” [2]

Habla de la muerte del padre.

Y de ese pequeño hueco por el que, si tenemos la osadía de colarnos, alcanzaremos una suerte de resurrección en vida.

Y todo gracias a algo duplicado y que sucede en la novela -y redime al personaje central, Gina, y a nosotros también- (y que no puedo contar), pero que resultar ser ese “párrafo de más”, que se torna innecesario finalmente, pero que, sin embargo, nos alumbra e ilumina el futuro que ya será enteramente nuestro, libre y feliz

(o feliz en la medida en la que todo hombre y mujer pueden ser felices).
Es tan hermoso…

que sólo mencionar el título del libro “Gina”, ya dan ganas de volver al recuerdo de su lectura, de acunarlo cercano al pecho y hablarle a todo el mundo de él.

Rogarle a todo el mundo que lo lea de inmediato, que lo guarde cercano a la almohada, como se guardan los valiosos tesoros:

gina_gde

Un libro breve, poético y necesario.

Un libro que “por su sutileza parece de otro tiempo / por su escritura resulta muy actual” (de la contraportada).

Un libro con el que he encontrado montones de insospechadas afinidades.

Además,

adoro los libros que sólo llevan por título el nombre -o sobrenombre- de una mujer. Me viene a la cabeza ahora “Alondra”, de Merçè Rodoreda, “Isabel”, de Andre Gide (a pesar de ser fallida), “Sylvie” de Gerard de Nerval o todo el “Cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrell.

4.


Las cosas más insospechadas suceden de repente, sí.

Y lo que era un relato de unas veinte hojas,

llamado “Esto es La Morte Subite” y que está ambientado en un bar real de Bruselas (un bar que no es La Mort Subite, pero que se llama así en mi relato porque su nombre real no lo recuerdo y además me gusta más este), y que estoy escribiendo en estos días, se ha convertido en una recuerdo para mi abuelo,

Bautista de Montfort i Rios,

enlazado con memorias de infancia y una historia que una chica me contó hace largos años sobre un asesinato horroroso que sucedió en Valencia.

Así, ese párrafo que vino hace dos noches ha dado entrada a todo esto: a sentir que puedo hablar más o menos libremente de la muerte, la infancia y el dolor.

Y, sin embargo, ese párrafo ha desaparecido del borrador actual con el que trabajo, porque sí, porque era un párrafo de más.

Pero un párrafo absolutamente imprescindible,

como esa última copa de todas las noches, ya de alcohólico, pero que te afiebra necesariamente el alma, la copa última a la que uno no se puede resistir y con la que ahora voy a brindar por la salud de todos Vds.

Y por mi reciente triunfo, en este juego del escondite que es la literatura.

eah!

[1] Luís Quintais. Poma sin título, del libro “La imprecisa melancolía”. Ed Lumen. Barcelona.1995. Traducción de Jordi Virallonga.

[2] Rodrigo Soto. Gina. Editorial Periférica. Cáceres. 2006. [Pág 47 & 48]


Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo El ejercicio de la escritura

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s