La vergüenza de ser feliz

«Prefiero ese tipo de historia en que se deja al lector pensando ¿quién tienen la culpa?, hasta que empieza a darse cuenta de que él mismo (el lector) debe asumir parte de la responsabilidad porque es humano y por tanto infinitamente falible.»

Richard Yates

(Tipos Infames, para Soitu.es)

1.


Escribir mal no es el problema.
Se puede solucionar y, al cabo, aunque persista la mala costumbre de seguir haciéndolo mal, apenas afecta al propio ejercicio libre de la mala escritura.

O sea, que se replica. La mala escritura, que es una suerte de cáncer.

La mala escritura, al compararse en igualdad consigo misma, recibe diríamos un feedback positivo, así que, ya digo, escribir mal no es el problema.

Escribir mal sería, tal vez, una felicidad. Porque no habrán de sobrevenirle dificultades al pacífico ejercicio de la burda mala escritura, sino que ella se contenta consigo misma, a la aciaga escritura la satisface su natural podredumbre.

El problema viene cuando uno sabe que puede hacerlo bien, y, además, lo ha hecho bien, y confía (y todos a su alrededor confían también) en que uno lo hará muchísimo mejor de lo que lo viene haciendo.

La expectativa, digamos. Eso es cuanto jode todo.

Y no tanto el correoso delirio de dejarse vencer por la facilidad, el tic, el manierismo, lo ya conseguido, etc.

Qué va, el miedo, la dolorosa preocupación… el hecho de pensar:

“¿y si no queda más por decir?”.
Eso es lo que me atenaza ahora mismo.

2.


Me he pasado todo el día durmiendo. Me he levantado a las cuatro de la tarde, al escuchar el ruido de la puerta. He saludado. He bebido agua. He fumado.

Y he seguido durmiendo hasta las nueve de la noche.

Hoy: domingo.

En el reproductor sonaba Sex Museum todo el rato

(o al menos hasta que se acabó el disco; no sé).

Es el disco que grabaron en directo en la Sala Caracol. Se lo regaló mi hermano anoche a A.

Porque sí, anoche hicimos una fiesta, aquí en casa. Y anoche también escuchamos ese disco, el de Sex Museum.

Y bebimos.

E hicimos todo lo que se ha de hacer en estas ocasiones festivas.

3.

Tengo que coger un tren a Castellón en unas tres horas.

Son las cinco y media am del lunes.

Estoy borracho, o casi. Pero emborrachándome sin ganas. Con malicia, no sé.

El viernes tengo que coger un avión, también, a Madrid.
Me pasa que me da por emborracharme antes de los viajes.

No puedo evitarlo.

Los viajes suelen ponerme taquicárdico, pero me entusiasman. He acometido decenas de viajes sin dormir, de amanecida, borracho.

No puedo evitarlo.

Habrá una explicación para esto, probablemente, pero yo no la tengo.

4.

A mi lado, en el pasillo, hay una maleta. La maleta que me de he llevarme en unas horas. Lo único que hay dentro de la maleta son libros. Hay unos quince o veinte libros de regalo para J., la hermana de mi mamá.

Libros vistosos, de buena encuadernación. Libros grandes.

No me gustan nada los libros grandes, me parecen de mal gusto. A J. sí, sí le gustan. Quedan muy bien en las estanterias del salón, junto a la tele enorme de plasma.

Sucede entonces que al volver tendré la maleta vacía, pues he pensado que me traeré algunos que echo de menos de la biblioteca de casa de mi madre.

Recuerdo la última vez que estuve allí, en navidades. Me recuerdo a mí mismo, releyendo a John Cheever “El nadador y otros relatos”. Borracho también. De madrugada.

Es un libro que compré en Granada, en una librería de viejo. Compré este libro justo minutos después de que me comunicaran la muerte de mi abuelo. Por teléfono. No me lo comunicó J, sino su hermana, o sea mi mamá.

Compré ese libro, suspendimos el viaje. Y nos vinimos de vuelta.

A Castellón. Al puto infierno.

Recuerdo ahora esa carne sin alma que era mi abuelo, cuando abrieron el ataud, una carne prieta, y su traje impecable, y el color imposible de su rostro, marcado por el maquillaje de los muertos, ése que nos unifica a todos en el momento final, cosa de los del tanatorio, sospecho. Creo que lo hacen con todo el mundo.

El caso es que no me produjo la menor impresión.

Las mujeres lloraban.

Los hombres, entonces, apretamos el estómago y consentimos en ver cómo nuestra niñez desaparecía.

5.

La mesa alrededor del mac

(ahora, y ya son las seis de la mañana)

está llena de latas de cerveza, de Estrella y de Voll-Damm.

Vuelvo a la escritura, quiero decir a pensar en la escritura, quiero decir, en averiguar qué es lo que pasa. O sea, porqué sucede que llevo seis horas sentado aquí y no he conseguido escribrir nada, más que releer los textos que he escrito (buenos, buenísimos textos) desde el comienzo del año 2009.

Y pienso en los sueños que he tenido hoy, he tenido sueños verdaderamente gratificantes, pacíficos y claros. A pesar de que ahora no consiga recordarlos, sé que han sido sueños estupendos. Y es que he dormido demasiadas horas.

No se puede escribir así, pienso, con la calma estruendosa de la felicidad, me reprocho.

O será la extrañeza, hipotetizo.

Entonces pienso en el viaje,

que debe ser como la escritura, cosas que suceden de improviso.

No sé, pienso también en Sex Musem cuando cantan “I´m ready to interrumpt”.

Acaba de sonar uno de los timbres de la finca. Hay varios tipos que venden droga en este inmueble. Yo no lo sabía. O sí, y me hacía el ingenuo.

Sé me da bien, hacerme el tonto. Sí.

Pero, bueno, el caso es que me temo que no voy a poder dormir ya.

Estoy demasiado excitado.

No se pude acometer la escritura con tamaña excitación.

Así, que.. qué más da, prefiero reivindicar el extraño hecho de ser feliz.

Me voy a beber otra cerveza.

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