Trágica adolescencia

En Kärlekshistoria (1970). Roy Andersson.

En Kärlekshistoria (1970). Roy Andersson.

Catorce años, senos que ya pujaban bajo el estrecho vestido de colegiala, incomodando al cuerpo endeble, aún infantil; pies grandes y dos largos caños rematados en manos rojas, de dedos manchados de tinta, que un día tal vez se convertirían en los brazos más bellos del mundo [1]

1.

Pienso en las imágenes de Roy Andersson,

en cómo aprendió que la exquisitez de la imagen puede impresionar al espectador tanto como lo hace un excelente o ingenioso diálogo.

Pienso en “A swedish love story” [En Kärlekshistoria] y en la prometeica

(y, por ello, abocada al fracaso) elegía adolescente que en ella se narra.

Adoro la poesía trágica de la adolescencia,

ésa que se narra con fervor y tino y con cierta distancia.

Jaime Rosales también defiende esa distancia brechtiana.
Es la única forma de abordar la adolescencia, a mi modo de entender.

A la obra de uno y otro (Andersson / Rosales) las separa 23 años.

A los 23 años ya no se es joven,

a los 23 años la tragedia ya se ha convertido en drama.

2.

Dice Jaime Rosales

que es el deber de un director de cine añadir otras dimensiones a la obra.

Andersson -que 23 años antes le hace caso- establece un diálogo imposible (por sordo) entre el mundo vibrátil de los jóvenes y el testarudo moribundo y derrotadamente lloroso y compasivo mundo de los adultos,

en su film de 1970 “A swedish love story”.

Jaime Rosales, en 2007, inventa la polivisión: la realidad no duplicada, sino polivalente y múltiple, pero intercambiable ,del mundo adulto.

La falacia de la posteridad, por decirlo así rápido.

3.

A los 23 años ya la fruta es condumio, porque lo peor de la adolescencia es haberla consumado. Ya la vida adulta es infame, entonces.

Es lo que elicita la poética de Andersson:

deja intacto el mundo del amor adolescente justo en su cúspide, justo cuando el mundo de horror e histriónica violencia de los adultos con su áspera lija, se les echa por sobre la belleza de sus torsos núbiles, a los adolescentes que ríen, se besan y se acarician el vello que comienza a erizárseles lascivo.

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4.

Tenía un amigo que se llamaba Eloy.

Eloy hubo de vivir la adolescencia de un modo en el que yo sólo podía soñarla. Su adolescencia fue la tragedia de oro de finales de los ochenta y principios de los noventa, el paraíso deseado por todos los adolescentes. Por mí.

Nunca le faltó de nada: chicas, dinero, drogas, amigos, fama, motos, coches, respeto, etc

Una noche, mucho tiempo después de haberlo conocido, en un bar lamentable, me confesó Eloy su impotencia por haber perdido su adolescencia.

Cómo, pensé, eso sería conmigo (si acaso), que no la viví más que deseándola, esperando que se consumase y lo único que ocurrió es que se consumió, pero sin haberme dejado que los frutos más sabrosos de ellamisma pasaran por mis manos, sino que simplemente huyó rápida, rapidísima.


-Ojalá supiese todo lo que sé ahora -me confesó abatido y con una voz por la que se le iban escapando frugales los vientecillos últimos del alma.

Qué equivocado estás, pensé.

Pero no le dije nada, porque en aquel momento estaba convencido de que él, mi amigo Eloy, sí había sido capaz de exprimir la adolescencia como nadie, de haberla vivido salvaje y desaforada, vital y plena de un modo que yo sólo podía soñar…

En aquel momento estaba convencido de que su manifiestación de pérdida era sólo una postura estética, la decadencia del dandy que humildemente concede no haber sabido aprovecharse de los placeres todos debido al límite de sus poderes como hombre, de su inteligencia y de su buen gusto.

Pero me equivoqué. Sí, el equivocado era yo.

Al poco tiempo de haberme hecho dicha confesión, Eloy

(junto al recuerdo de su juventud dorada)

se arrojó a la vía de los trenes, justo cuando el Alaris atraviesa Oropesa, uno de esos lugares donde (lo sé bien) hubo de satisfacer las perversiones más dóciles de sus años juveniles.

5.

Estoy triste y tengo mucha sed, hoy.

Por no haber escrito nada, quizá. Ello me ha puesto triste y sediento.

El hecho de no haber escrito una sola línea válida.

Pero también por la película de Andersson. Y por el recuerdo de Eloy.

Entonces, pensando en que recientemente recopilé los cuentos que tenía inéditos para un libro de relatos, he caído en la cuenta de que la adolescencia es uno de mis temas predilectos, el amor (la tragedia) adolescente.

Ahora pienso en ello y me doy cuenta de que la elegía adolescente sólo resulta posible cuando es narrada desde la distancia, y justo por aquellos que no la tuvieron.

Yo, por ejemplo. Mi adolescencia es un agujero negro de años, un olvido deliberado, un despropósito mayúsculo. De ahí que después haya utilizado esa épica adolescente de un modo elegíaco, tornando héroes a los que sólo pueden ser tontuelos.

La tragedia, para aquel que no gozó de sus años adolescentes, es tener que evocar lo que no se tuvo, hacer elegía de un paraíso que sólo se puede soñar.

La tragedia, para aquel que gozó de sus años adolescentes, es saber que ya jamás se repetirán. Que ya todo ha sido hecho y consumido.

Por eso se arrojó Eloy a los trenes, porque fue incapaz de sobrellevar el hecho de que la vida había puesto fin a su inocencia y a la facilidad de su descuido, por haberse dado cuenta de que, en adelante, todo iba a ser horror y repetición, que era imposible ser trágico, que todo sería condumio y ya no habrían fresas silvestres.

Por eso eligió Eloy una muerte trágica y definitiva, pues con su muerte desmembró su memoria, y finalmente los frugales vientecillos últimos de su alma corrieron al ritmo ligero de los trenes de larga distancia;

porque sabía que su única opción sería someterse a un drama vulgar, con chispazos fugaces de comedia aburrida, tal vez. Por eso terminó del modo en el que vivió: elegíacamente.

Sostengo, pues, que el escritor sólo puede ser aquel que no tuvo adolescencia

(bien porque le fue negada, bien porque se la negó a sí mismo).

Sostengo, pues, que los libros de un escritor acaban siendo

-inexcusablemente

su dorada y trágica adolescencia.

6.

Sigo teniendo sed.

Mucha sed.

[1] Irène Némirovsky. El baile. Ediciones Salamandra. Barcelona. 2006.

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