Gente normal, que fuma

Pero qué es una muchacha normal. Qué significan estas tres palabras unidas: una muchacha normal. No lo sabía. [1]

1.

Internet es maravillosa, pero igual es un lío.

O los viajes son un lío. O yo mismo me siento un ovillo imposible, y la internet sea sólo la excusa.

Sucede que estoy buscando vuelos. Sucede que me marcho al Caribe, again. Pero no sé cuándo, exactamente.

Es inminente, sí. De acuerdo. Pero parece que me resisto a ponerme en sintonía conmigo mismo, a tomar una decisión, a avanzar una fecha concreta; o sea, resolver: “sí, entonces, tal día me marcho”, concretar que debe ser tal día y no cualquier otro, pues eso, que se me resiste violento el acuerdo.

Y lo peor es que no tengo que acordar nada con nadie, sino conmigo mismo, simplemente decir: “sí, tal día”. Poner el dedo en el calendario y se acabó.

Pues no, que no lo consigo.

Y eso a pesar de que puedo marcharme cuando quiera, lo repito, de que soy libre como el gorjeo brioso de las palomas y de que el viento -el capricho de los vuelos del viento de la yema de mis dedos- es quien me manda, únicamente.

Y, sin embargo… ingobernable e ingobernado, aquí sigo, lustrando la yema del dedo, haciéndolo zigzaguear por las fechas: el 3, el 4, el 7 de Marzo, no, mejor, el 9, no, si acaso el 15…, ¡pero bueno!, pero… etc (ad infinitum)

Y lo peor: con siete u ocho páginas abiertas de buscadores de vuelos: ah, sí, este precio, no, mejor el otro, no espera, veamos este otro por si acaso… etc (ad infinitum)

Y me digo a mí mismo: pero buen hombre, decídelo ya, un solo día, el que sea… una fecha, marca con el dedo cualquiera de los treinta y un cuadritos del calendario… hazlo al azar, si es preciso, sin pensar, donde caiga el dedo, una-dos-y-tres… pero qué va. Qué va. Qué va.

18-02-09_0643

2.

Me estoy haciendo un lío tremendo, ya digo,

Así que pienso (lo pienso sin mucho convencimiento), pienso: dichoso enredo, maldita maraña; me digo: ¿no será una eventual -y simple- negación de lo enunciado?

O sea, llanamente: que apenas tengo ganas de ir. Que no me apetece tirarme quince horas en un avión. Que no me sale de las narices cruzar el océano, dejar Portugal y ziu ziu, hacer escala en Nueva York (esto debo reconocer que sí me entusiasma, J.F.K Airport, qué grandioso me suena…) y ale, ale, ale… ponte el bañador y la camiseta de manga corta y ponte rojo como una langosta y el ron Tres Esquinas y…

(o algo tan sencillo como que lo más aconsejable ahora mismo sería el estado de calma para continuar con la nueva novela y no cruzar precisamente un océano)

De todos modos no acierto a convencerme de si este razonamiento último (o justificación) es dudoso o, por contra, es lo más plausible del mundo, tanto que casi da risa enunciarlo.

No sé.

Porque el caso -inapelable- es que lo que me ha traído hasta aquí, hasta hoy, han sido días, días, semanas, semanas, y varios meses de un anhelo chisposo, de un gustoso y vehemente delirio por hacerlo ya de una vez: irme al Caribe. Sí.

Porque, sí, es verdad, que el deseo es cosa promiscua y se envenena de sí mismo. Y se multiplica y borbotea ruidoso hasta que te enajena. El deseo.

Y ese impulso,

esa descortesía fatal, esa inurbanidad, me han traído hasta aquí, cinco y media de la mañana del viernes 20 de febrero de 2009,

madrugada ligera en la que -irónicamente- prefiero fumarme un cigarrillo

(y no decidir una fecha de salida de España hacia Latinoamérica),

madrugada ligera en la que prefiero verle las volutas circenses al cigarrillo, volátiles sobre el teclado del mac,

esas cargas de aire mudables

y seguir fumando fumando fumando fumando y fumando,

argumentando (contra mí mismo) que es de crucial importancia apurar el cigarrillo (ah, el cigarrillo) y, justo por ello, ser incapaz de decidir nada.

Pienso entonces: tú de normal no tienes más que la facha.

Pienso entonces: tampoco sabes qué demonios significa exactamente la normalidad.

(Si es que algo parecido existe)

Pienso entonces:

cuando te acabes el cigarrillo, o éste o el próximo (y sólo te quedan tres) , o cuando cojas los otros cigarrillos del paquete de Marlboro lights de A. (sólo le quedan dos) habrás de decidir algo. ¡Algo!

Y me respondo: claro, claro. Por supuesto. Oh, sí. Así será. Claro que sí.

Y lo jodido es que en el ínterin me está saliendo una barba salomónica,

Yo, mi normalidad, y mi barba salomónica.

Yo, mi normalidad, y mi barba salomónica.

la cual hace días, semanas, que trato de afeitarme e igual que Levrero no consigo acometer con la tarea, pues siempre hay algo mejor que hacer, como fumar un cigarrillo, contemplarle esas mágicas volutas circenses al cigarrillo,

esa carga hermosa y mudable de aire…

Y luego fumar otro cigarrillo. Y otro.

Y otro.Y otro.

Hasta que no queden más.

[1] Andrés Barba. Versiones de Teresa. Ed. Anagrama. Barcelona. 2006. [pág 16]

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Archivado bajo El yo y sus aledaños, Viajes, Vida personal

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