Sueños

Amo a la gente. Intento amarla de la misma manera que a mí

Julio Bustamante. Entusiastas.

1.

Al decir de Levrero los sueños se nos configuran como parte fundamental de la experiencia de escritura, o más acertadamente, son los pasos previos que resuelven los nudos que la impiden y nos dan las claves para acceder a la musa.

Son las cinco de la tarde del sábado y me acabo de levantar espoleado por uno de esos sueños, de muy fácil interpretación.

El olor de la yerba mojada, la arena que se hunde bajo los pies y algunas piedritas de estas que uno encentra cerca del mar, piedritas planas de colores oscuros, negro azulado, como las que se lanzan sobre las aguas, para hacerlas saltar.

Me queda muy claro que se trata del territorio de mi infancia, de eso no hay duda.

En el sueño.

Por el olor. Es invierno, en el sueño, como ahora. A mi lado hay un Volkswagen Golf y frente a mi pecho una estufa con dos resistencias abrasivas (cuando iba al instituo tenía una de esas, y era en esas mismas resistencias donde me encendía los cigarrillos, de noche, cuando machacaba rabioso las teclas de una vieja Olivetti que hubieron de regalarme por mi comunión, o sea, una Olivetti que tal vez tuviera ya unos largos ocho o nueve años).

Es una cuesta que hay arriba de una gasolinera. Y hay un chalet. De él sale una chica morena ni guapa ni fea que me habla familiarmente, que se extraña de que no la conozca y dice que no me cree. El caso es que me pregunta qué hago allí y le digo que no sé. Dice: “ya, como todos”. Y sigue sin creerme, pero será que le caigo bien y me deja pasar.

Entonces se organiza una fiesta y veo al final de la estancia una mujer alta con un flamígero cabello pelirojo. No hago mucho caso y entre las caras de la gente creo reconocer a alguien. Es un guitarrista de un grupo de rock menor. Aunque no estoy seguro de si es él, me parece que se llama Juanma. Al resto no los conozco, no sé cuánta gente habrá, pero lo que me queda bastante claro es que todo son chicos excepto la guardiana del palacio (la chica morena ni guapa ni fea) y la chica alta del cabello flamígero.

Así la chica pelirroja (la cual es muy dable a ser identificada como “la musa”) me da algo, una especie de dedal costurero lleno de alguna esencia, cremosa pero consistente.

La fiesta se va volviendo cada vez más agitada y deseo marcharme, para descubrir que en el único camino viable de salidad está “la musa”, sentada sobre una silla, y su flamígero cabello holandés ondeando. Y no me deja salir.

Y el sueño se acaba (o yo quiero que se acabe). Me despierto. Me visto. Corro a la cocina a prepararme el desayuno. Descubro que son las cinco de la tarde.

Pienso: luz, necesito luz.

Cuando A. se despierta y se viste y sale a ver a una amiga le digo que traiga pintura verde, verde como los campos de yerba de mi infancia.

Mañana por la mañana -sino esta misma madrugada- voy a pintar la pared del pasillo de verde, justo detrás de donde queda mi silla y mi computador. La voy a pintar con uno solo de esos pinceles menudos, minuciosamente.

Arriba y abajo, moja el pincel, arriba y abajo.

Es una actividad que sé que me relaja y da confianza, y tiene además el añadido de que es físico, orgánico, limpio y casi definitivo. Igual que un buen relato.

Confío en que resulte, confío en que me valga para terminar “Le mort subite” que es el último relato en el que trabajo y en cuya acometida he venido variando cuatro puntos de vista y he probado con cinco personajes distintos para que cuenten una historia y no ha habido manera. Voy a tratar de hacerlo ahora a dos voces. Creo que ésa es la respuesta, yo y mi musa flamígera contando una historia, sotto voce.

Y es que se me está resistiendo, “La mort subite”. Quizá porque en el relato sale un trasunto de mi abuelo. Y, quizá, también yo mismo, aunque yo siempre salgo en mis relatos, de un modo u otro. Me interesa la ficción especulativa, pero no esa científica, sino la que especula sobre uno mismo, sobre lo que uno mismo podría llegar a ser o ya ha sido.

2.

Mario Levrero trata de rescatar La novela Luminosa que escribió más de quince años atrás. La primera versión que yo hice de “El hombre que se parecía a Glenn Ford” (que es el sustrato de “La mort subite”) data de hace unos seis o siete años, más o menos.

3.

Son las ocho menos diez (pm) del sábado.

Abro el Word, me dispongo a escribir.

En el móvil entra un sms,

dice:

fiesta esta noche en mi casa, habrá chicas de todas razas y religiones. Y comida.
El sms es de Riki.

He de ponerme a trabajar, de una vez, cojones.

¡Ya!

>>>Postscriptum:

Acabo de caer en la cuenta de que la pared de mi anterior casa era verde, verde, de un verde precioso. Verde yerba fresca y espigada.

Y que la otra casa donde escribí mi primera novela “Alytzia Abbondanza” también tenía un pasillo enorme pintado de verde.

Habremos de confiar en el verde, pues.

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