Ennui & Folie

-No tienes paraguas -dice Sabine.

-Un pueblo que lleva paraguas merece el ocaso -contesto. [1]

1.

A veces,

y no depende tanto de mí como del capricho del calentador del gas

(que suele petardear),

pues me quedo bajo la ducha fría, tiritando, gimiendo, enjabonado todavía,  y… me lo pienso un poco, no demasiado, porque la acción en este momento exige el movimiento y no la reflexión, pero me lo pienso y , al fin, me meto -sin atreverme a pensarlo verdaderamente

bajo la ducha rabiosa y fría

-y es que me niego a salir goteante y correr a la cocina a accionar de nuevo la llama para que el calor me asista y corra furioso por las tuberías-;

son momentos que no van más allá,

los del glaciar llover sobre el cuerpo tenso,

que no se quedan en el cuerpo como sucede con el agua caliente

-que siempre cura-, qué va, son momentos únicos que suceden bajo la soledad ufana del agua fría rigurosa,

agujereándote el cogote

y ya está. Son los únicos momentos ociosos en los que a la mente se le permite la banalidad de pensar en glaciares, montes nevados, el Himalaya y la Antártida.

Eso es todo.

Son punzantes largos segundos que difícilmente alcanzan la categorización al minutaje, pues como mucho suelen ser 120 o 150, a lo sumo.

Eso es la banalidad, desatender la llamada del calentador apagado y seguir duchándose con agua fría, como si el agua no estuviese fría, como si ese acto no fuese siquiera el acto de ducharse sino un escupitajo de spleen, doloroso pero rápido.

Abrasarse las manos y el torso con un frío hostil y prometeico que consume y salir de nuevo a la vida como si nada,

culebreando la cabeza del modo en el que los caballos indiferentes mueven los cascabeles para apartar de sí las fatuas moscas veraniegas.

Los paraguas de Cheburgo

Los paraguas de Cherburgo

2.

“allí donde no hay profundidad me siento incómodo” [2]


Sucede que son las cuatro de la tarde, ayer,

y entro al LletraFerit y no hay nadie más que los dos camareros (chico  chica) italianos que hablan, empero, en español, entre ellos.

Me dejan sentarme y calientan la cafetera y me distraigo mientras se organiza todo en ver pasar a los proveedores y las cajas afuera y adentro y los camareros conversan de asuntos banales: de la vajilla o los diferentes tés del mundo y de que algunos de ellos no están en la carta y de…

conversan así, de este modo:

“uy, cómo se dice en español esa fruta que…” “Frambuesa”, le responde el chico. “No!”, advierte la chica. “Melocotón” (chico)”No!” (chica), “melón” (chico) “Qué va!” (chica) “Esto…”(chico), etc

Entonces desconecto y me concentro en otra cosa.

Mi foco de atención se desvía hacia un chico en la treintena que limpia hacendoso los cristales, aunque ligeramente desganado en lo mecánico de su proceder, igual prefiere hacer otra cosa, pienso. O no.

Porque cuando termina, y ya está la cafetera caliente, y ya tengo mi café con leche sobre la mesa, y el chico treintañero ya ha limpiado los cristales todos por dentro y por fuera y ya hay más gente sentada en El Lletraferit, tres o cuatro,  pero más gente en cualquier caso, y dicen que quieren tomar capuccinos y bien, el camarero se los lleva, pues con todo el asunto terminado el chico que limpia los cristales se acerca a la barra, remolón, y el camarero le dice: “quieres algo” y él como un resorte salta y dice “una cañita” y a partir de aquí la banalidad se torna sopor.

Porque comienzan con la conversación anterior de chico/chica camarero y ahora se les une el limpiacristales, que les cuenta que vivió en Italia (oh, Italia, asienten los dos camareros, chico  chica) y luego en un convento (oh, un convento) y luego en Buenos Aires…

Y supongo que sigue así hasta el infinito porque yo escucho su relato a rachas, pues el camarero va y viene de una punta a la otra del Lletraferit y el chico limpiacristales lanza su voz cada vez hacia un lado.

Pues bien, lo que nos importa es que ahora, el caso es que el limpiacristales está en Barcelona y está muy contento porque tiene un trabajo y aunque su jefe le hizo trabajar dos días de prueba (aquí la chica camarera dice: “se han aprovechado de ti”), está muy contento de ser limpiacristales y vivir en Barcelona.

Es un cantamañanas, está es la verdad, como todos los argentinos. Y no hay más que me interese de él. Ni de los limpiacristales, ni de los conventos. Probablemente sea todo mentira, además.

Así que cuando comienza a hablarles a los dos italinanos camareros en italiano (y ellos le responden en castellano), desconecto otra vez.

Me pongo a leer,

alterno “Una dulce seducción” de Hugo Claus que “corto” (al decir de Mario Levrero) con Roberto Bolaño “Nocturno de Chile”.

Parece que le esté buscando las cosquillas a Bolaño, pues estoy releyendo o leyendo por primera vez toda su obra, y sí, te estoy buscando las cosquillas Roberto Bolaño. Que lo sepas.

El caso es que no me doy cuenta pero a mi lado se sienta alguien. Sola. Le veo las botas. Yo estoy solo también. Cada uno de nosotros ocupa el espacio de dos sofás, uno para nosotros mismos y otro para las chaquetas. Cuatro sofás en total. Es morena, esto lo consigo saber por el rabillo del ojo, cuando la he visto sentarse. Es morena, alta, creo, y la luz incandescente de su móvil indica que está mandando uno o varios sms, que espera recibirlos o que se siente más sola que la una y se ha venido aquí, al Lletraferit a pasar el rato hasta que abra la tienda en la que trabaja, la oficina o lo que sea.

Me concentro en Hugo Claus, le doy la espalda a la chica, leo fumo y me bebo con parsimonia mi café con leche. Yo también estoy esperando una llamada. De A.

Claus avanza a trompicones, y podríamos decir que la arquitectura de la novela es cuanto menos descuidada, pero tiene tramos graciosos y anida un fondo de tragedia que no me disgusta. Además formó parte del grupo belga Cobra, cuya base de operaciones estuvo en París en los años cuarenta. Una exposición ahora mismo se está exhibiendo  en Bruselas, en el Museo de Arte Moderno. Me negué a verla. En mi descargo diré que compré una postal de uno de los miembros del grupo Cobra, pero la he perdido y no recuerdo exactamente quién es el miembro en cuestión. Eran muchos. No sé. En la entrada de la exposición había una foto con todos ellos sobre las escaleras del museo de Arte Moderno y atrás del todo había un policía, feliz, fumando, congratulándose por la reunión de tanto artista de vanguardia en torno a él, feliz por ser él mismo uno de ellos (pues así se ha inmortalizado en la fotografía).

Pues eso, que leo a Claus y me divierto, y pasan los minutos y una hora y me canso de leer. Y miro el móvil y A. no llama. Joder.

Escucho: “cortado”.

Es la chica que está a mi lado. La miro de reojo y veo que tiene un libro sobre las manos. Me había olvidado de ella. Pensé que se había ido. Bueno en realidad no pensé nada, simplemente había desaparecido de mi vida.

Y entonces se produce uno de esos hechos curiosos de hermanamiento que suceden de tanto en tanto; que suceden muy pocas veces, de hecho.

Noto su respiración, súbitamente , la de la chica, el crujir de las páginas de su libro (que no me atrevo a averiguar cuál es), sus carraspeos, casi puedo compartir la sensación táctil de su dedo cuando rasguea la piedra del mechero, el rugor mínimo del filtro del cigarrillo sobre su mano,  el expelir el aire de sus pulmones, con ese frotar el aire contra los tres lóbulos. Un pulmón suele pesar aproximadamente mil trescientos gramos, pienso, noto pues casi dos kilos y medio empujando el humo hacia fuera, hacia la nebulosa incierta en que se ha convertido el Lletraferit.

Y así, impelido por el esfuerzo levanto la vista contra los cristales impecables que ha dejado el limpiacristales argentino que sabe hablar italiano (o lo chapurrea) y afuera la lluvia, la lluvia que cae, cae y cae, y me fijo en la gente que pasea con paraguas y… todo me parece muy triste.

Me siento solo de repente, agudamente solo. Despidadamente solo.

Trato de concentrarme en el libro de Hugo Claus, pero a Claus le falta determinación o firmeza, no sé, la suya es una seducción obscena y torpe, tabernaria, como de clochard con americana raída y barbas luengas y sucias. El caso es que Claus ya no me atrapa como antes.

La respiración de la chica lectora de al lado se vuelve insistente. Comienzo a notar más cosas, como que sus dedos pudieran tocarme, como si su boca estuviera lista para darme alguna palabra precisa y magnífica. No sé, es todo muy confuso.

Afuera la calle está oscura y el reflejo de las luces es demasiado pobre.

Todo se mezcla..

Quiero pedir otro café con leche. Una botella de agua. Algo. Me noto sediento y menudo. Y, al mismo tiempo, me siento enorme como una torre que pincha el cielo. Quiero hacer algo pero no hago nada. Quiero fumar también. Pero lo único que hago es tener los ojos clavados sobre el libro de Hugo Claus y, sin embargo, noto otros ojos clavados en mí.

Muevo una mano, luego el codo, me recojo sobre el sofá, cada vez me voy replegando sobre mí mismo con mayor furia, encogiéndome. Lo hago todo de un modo perentorio pero inconsciente.

Me aterra notar el pensamiento todo de alguien más contra mí. Lo noto de un modo físico. Toda la acción del  pensamiento de esa chica lectora que ya no sé si está a mi lado (pues he retirado la mirada contra mi propio pecho) la siento igualmente contra mí. Sé que está ahí (miento, lo sé),sé que está a mi lado, bueno, hay un sofá de cuero entre nosotros. Y es físico, ese arremeter terco suyo, la acción brutal de su pensamiento todo contra mí.

3.

A. llama.

-Llueve -le digo

-¿Llueve?

-Sí

-Pues no tengo paraguas…

¡Bien!, pienso.

(entonces me río, con una de esas risas de descargo, con una de esas risas de liberación, con una de esas risas que son risas de amor y ternura, pero al mismo tiempo, risas de alegría y desesperación y risas tormentosamente silenciosas, una de esas risas que tiene la cruel costumbre de resultar audibles sólo para uno mismo).

-Vengo ahora -dice A.- enseguida estoy ahí.

El extraño mecanismo de la hermandad se disipa entonces.

(porque noto el cuerpo del sillón de cuero de al lado que se pone en pie y va a la barra y deja dinero sobre la mesa, y sólo consigo fijarme en unas botas marrones que salen del Lletraferit, y lo hace todo con una rapidez inaudita. Es decir: desaparece )

Y entonces hay un silencio brutal en el Lletraferit.

Hay gente, pero no hay gente, o la gente que hay es irrelevante.

No se oye nada, además, habita este espacio un silencio cáustico.

Sólamente escucho el íntimo moverse del aire sobre mis pulmones, la calamitosa navegación de glóbulos y plaquetas por sobre las arterias, el crujir despierto de las vértebras… me siento a mí mismo, pero de la misma forma, me siento también yo mismo en lo otro.

Pienso algo que me turba:

No sé de qué modo, cómo, ni qué mecanismo ha sido el que lo ha hecho posible, me digo, ni mucho menos sé la naturaleza ni magnitud de dicho mecanismo, pero esa chica, la lectora que ahora se marcha, la de las botas marrones, me ha reconocido.

No sé exactamente esto qué significa, me digo, pero tengo la secreta convicción de que sucederá más veces, muchas más veces.

4.

A. tarda una eternidad en venir.

Me dice que se ha encontrado con alguien, que han charlado, que tenían asuntos que resolver.

Se pide un café con leche y miramos la lluvia a través de los cristales.

Le ruego: “Escucha”.

Entre temerosos susurros y un muy torpe recuento de los hechos por mi parte,  le explico lo sucedido.

Le explico que me ocurrió otra vez en la playa. Hace un año.

La veo muy seria y pienso en Elena Villena cuando dice:

-¿Y por qué no confesarlo? Usted me gusta -dijo mientras se ponía el abrigo-, me divierte su locura [3]

A. sonríe y hace una mueca festiva.

Pero no dice nada.

A. se enciende un cigarrillo.

A. fuma.

A. sonríe y me mira con sus alegres ojos negros.

A. bebe su café con leche.

Pienso en mis duchas frías, por la mañana, cuando el calentador petardea y se apaga.

En el pecho siento cuchillos afilados, el tenebroso latir de un corazón que busca sosiego.

Y afuera sigue lloviendo…

No tenemos paraguas, pienso. Y río, con una de esas risas malvadas  y silenciosas que sólo puede escuchar uno mismo.

Love is all around

[1] Hugo Claus. Una dulce destrucción. Ed. Anagrama. Barcelona.1992. [Pág. 47]

[2] Mario Levrero. La novela luminosa. Ed. Mondadori. Barcelona. 2008. [pág. 44]

[3] Enrique Vila-Matas. La asesina ilustrada. Ed. Lumen. Con ilustraciones de Óscar Astromujoff. Barcelona.2005. [Pag 96]

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