Arte y vida

1.

El arte es una multiplicación: estilos, bibliotecas, metáforas, querellas, el cuadro y su crítico, la novela y su época… Hay que aceptarlo como la existencia de los insectos. Hay restos por todas partes. Pero la vida, ya se sabe, “es una sola” [1]

Lo que hay ahora en la casa no es arte sino dos hombres haciendo ruido, no mucho, sino un ruido sostenido y práctico, un ruido diligente y artesano. Se pasan aguda y casi fervientemente -y eso con el típico aderezo de esos chascarrillos como sólo el universo vital de los operarios sabe hacer y conoce-, y así, de ese modo, se van pasando  destornilladores, lijas, martillos, cortadoras de madera e hipótesis.

Uno es gordo, de mediana edad, calvo. Lleva uno de esos chalecos con mil bolsillos, como los de los reporteros gráficos. No es reportero gráfico porque en su chaleco pone “reformas en general”, pero si lo descubrieses en otro contexto, digamos atendiendo al cielo con esa obnubilación propia de los fotógrafos y los poetas, podrías pensar eso, que su calva es la calva brillante de un hombre de ideas.

Lleva el hombre gordo del chaleco color carne una perilla gris bordeándole el mentón redondeado y ligeramente prominente, hasta me atrevería decir especulativo, o así me lo parece, al estudiar sus movimientos con los dedos y el metro y verlo mesurar una esquina y anotar unas cifras. Podría estar llevando a cabo cualquier obra de ingeniera menor, acaso el cálculo de la arquitectura rítmica de una oda o sextina, acaso el pareado con el que comenzara o finalizase la sextina misma, una de sus estrofas, o puede simplemente estar midiendo la distancia que media entre una esquina y la otra de puerta sobre  la que se aplica.

Es una cuestión de grado, pues, arte y artesanía. La calva de este hombre es la misma calva si piensas de él que es un fontanero o un carpintero, la misma calva pues que podría lucir José Hierro.

El otro hombre que le acompaña tiene el pelo chileno, o sea, desmañado y con las puntas al desgaire, hinchado del modo en el, por ejemplo, se le hincha a  Evo Morales. Pero el hombre, en la treintaena larga, no es boliviano sino chileno, se lo noto en el acento. Es lo único que veo de él, la parte trasera del cogote y su acento que  ronronea por la casa. He aprendido a identificar el acento chileno gracias a Bolaño, a las pocas entrevistas que de él circulan por el Youtube.

No lleva este segundo hombre un chaleco color marrón con mil bolsillos como su jefe sino uno azul, de operario de telefónica o lampista o de una empresa de mudanzas, pero sucede que este hombre menor (en edad y en rango) trabaja para el otro, digamos realiza la tarea más provechosa pero menos creativa, como la que pudiera hacer un amanuense o recadero, igual de importante para la misión general que nos ocupa y que es arreglar una puerta dañada, pero de menor rango.

Pero lo importante es que este hombre, con ese pelo moraliano y su acento ducho en la batalla de la vida, ese acento tan chileno y kamikaze, y esa cara como de amedrentado actor de reparto, podría ser perfectamente Maiakovski, el gran poeta ruso proletario. Podría también, igual que su jefe, componer odas preciosas a la vacuidad de la noche.

Es una cuestión de contexto, pues, que el hombre más mayor y gordo y calvo y con perilla y el otro con el pelo hinchado y el cráneo partido al medio por una raya en los cabellos y el chaleco de operario de endesa y los pantalones grises y las botas negras de trabajo, no sean precisamente unos poetas.

Aunque algo de poesía hay en su alegre recibir los billetes, guardarlos como con la menor importancia y demostrar la eficacia de la puerta que acaban de arreglar, diciendo: “espera tu dentro de la casa y verás”. Y salen, y prueban las llaves y hacen demostraciones desde el otro lado, para que yo constate que ya no hay ruido exterior, que no entra el aire ni el frío ni la luz ni los desmanes de la escalera, que se podrá trabajar con la mayor confianza y prontitud.

Y se despiden con un gesto de la cabeza y no dicen gracias ni que aproveche, sino que se deslizan sinuosamente hacia cualquier otro lugar, sin hacerse notar demasiado. Con elegancia y maestría, según acostumbran los buenos literatos. Según ha sido el modo elegido con el que vinieron antes.

Y pienso, cuando se marchan, que ese acto performático del señor calvo y con perilla gris y su ayudante moraliano son, en sí mismos, pura poesía política. De supervivencia, mejor dicho.

Y así es la historia del hombre.

La poesía se hizo para la mejora del alma primero y ahora,en estos tiempos en los que ya no tenemos alma, la poesía debe servir a la polis, al individuo.

Porque lo suyo, lo de estos dos hombres, es aclimatar estéticamente la vida de los otros, concederles objetivamente el más plácido de los hogares para que los otros, nosotros, yo, podamos estar hoy aquí, miércoles a las doce de la mañana, sin trabajar, o mejor dicho trabajándome en la escritura o en el pensamiento ocioso,  en tanto que ellos ahora se marcharán a otra casa, a arreglar otras puertas y escritorios y tabiques y mesillas de noche y poyatas y armarios y estanteria para que otros como yo también lo disfruten. Y vendrán con el mayor sigilo ordenado y desaparecerán cuando todo esté listo, como si nunca hubiera estado, dejando eso sí, la presencia inestimable y lírica de su obra.

2.

Pienso en aquello de Linspector:

Muchas veces escribir es acordarse de lo que nunca ha existido. [2]

Y esto porque yo también fui uno de esos poetas menores que ayudan a otros poetas, yo llevé también esos pantalones grises y esas botas y esos chalecos azules y colgué toldos en edificios de apartamentos en Levante, de forma kamikaze, sin arnés ni ataduras, sino simplemente sujetándome en pisos de alturas diez y quince y casi diecisiete con  mi misma mano sobre las terrazas, y descargué camiones larguísimos de prendas para Inditex y sacos de abono o cemento y me ocupé de terribles mudanzas y serví montones de cafés para mucha gente y más copas y ayudé a producir los azulejos sobre los que tus pies descansan y cargué sacos de naranja al hombro muchísimos años antes de haber echado incluso mi primer polvo y conduje rabiosos toritos mecánicos con toneladas de peso aquí y allá y volqué algunos y no morí y siempre caminé hacia delante rompiendo los caminos e incluso en una madrugada loca, de tormenta dura, le exigí a dios una reparación que no obtuve y  me quede en un silencio atroz, leyendo a Thomas Mann.

Y por eso es cierto que yo escribo de lo que nunca ha existido, es cierto, pero eso es porque ya lo viví, lo denudé de todo lazo biológico. Nunca ha existido después de ocurrido sino en aquel perdido país donde yacen mis recuerdos olvidados. Porque el pasado no es más que una posibilidad y una crisis.

Y lo que hago ahora -y aquí, en este instante- es trazar fervorosamente (invocarlo para Vds.) un puente extraordinario y sutil y silencioso entre el arte y la vida. entre lo vivido y lo que no quise vivir.

Entre lo que cuento y lo que no quiero contar, pero no me puedo resistir a elicitar poéticamente.

Lo que yo persigo es hacer de arte y vida una sola cosa.

[1] César Aira. “Cecil Taylor”. En Buenos Aires. Una antología de narrativa argentina. Juan Forn (ed.). Compactos Anagrama. Barcelona. 1999.

[2] Clarice Linspector. Para no olvidar (Crónicas y otros textos). Ed. Siruela. Madrid. 2007. [p´g.32]

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Archivado bajo El yo y sus aledaños, Vida personal

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