Me temo que ya no estamos en Kansas

No os lo vais a crer, pero ayer por la noche… [1]

Lo que suelen ser mis noches, mis últimas noches,

sobre estas horas…

-las siete menos cuarto de la mañana-

es seguir despierto, por haber estado la noche entera tijeretanto el silencio para arrancarle esas palabras buenas que nos habitan.

Así suelen ser mis noches últimamente, trabajar duro a favor de la literatura -y en mi contra-

desde las once o doce dela noche hasta estas horas -las siete menos cuarto de la mañana-

y aguantar tal vez hasta las nueve o las diez de la mañana, corrigiendo o simplemente aguardar un rato mientras  ella se despierta y contarle cómo ha ido avanzando la noche y las ideas para la noche siguiente,

y luego dormir hasta el mediodía, o las cuatro o las cinco.

Y al levantarme encontrarlo todo hermoso, limpio, ordenado, croissants o tal vez palmeras de chocolate o donuts y -siempre- más tabaco y un vino nuevo para el día de hoy -el siguiente, siempre el siguiente- y el café humeante y esa cosa siempre tan perentoria del sexo, para cuando uno recién despierta a la vida.

Eso de normal, porque hoy tenía -tengo-unas cuantas citas y cosas burocráticas. Así que anoche me acosté pronto, prontísimo. Y llevaba ya varias horas en la cama, remoloneando.

Y me he levantado, y al prepararme café y sentarme donde el portátil y encender un cigarrillo y leer esa frase “No os lo vais a creer, pero…” y constatar que son las siete menos cuarto am, de repente se han escuchado los primeros graznidos felices de las gaviotas en el tejado.

Sucede todos los días,

aquí, los graznidos, en el Raval, sobre estas horas.

[En esta zona de la ciudad donde al parecer solo habitan supporters de Al Qaeda (al parecer ya han detenido a doce; el otro día liaron la de dios, els mossos y la Guardia Civil -que de normal se llevan tan mal- pues a partir de las cuatro de la mañana bloquearon la rambla del Raval y comenzaron a liarla parda… ya digo,  12 detenidos, que yo sepa, y esto sigue…)].

Es curioso, porque el mar queda lejos, bastante lejos de esta casa en la que ahora habito.

A unos cuatro kms. diría yo -si no más-.Y, sin embargo, se diría que las gaviotas -con sus graznidos matemáticos, bastante antes del alba- pensaran todos los días que deben anunciar algo así como:

“no os lo vais a creer, pero…”

Y anunciasen la presencia del mar -y del mal-, alertando de que ya en esta ciudad desmembrada y petulante de Barcelona no quedase más que hacer sino soñar, quiero decir, seguir soñando un mar lejano -desde la cama-.

Yo, sin embargo, prefiero quedarme un poco más.

Confraternizar con las gaviotas.

Soy de los que nunca dicen que no a la última copa, ni al último baile, ni mucho menos al funesto beso último -este ya con lengua abrasiva que moja el otro cuerpo-; soy de los que prefieren quedarse a esperar un poquitín más,

porque sé que siempre -me lo dice la experiencia- hay gaviota rezagada a la que echarse al gaznate y obligarla a que desande el camino y te diga exactamente donde queda el mar,

ese mar inestimable, ese remanso preciso que debe quedar en todo texto literario y que es necesaria memoria y aristocrática nostalgia;  y es exceso, también, o no es nada.

Acuérdense de William Blake, cojones.

Y escuchen a las gaviotas, a las siete menos cuarto de la mañana. Anidan hasta en Madrid (si uno sabe bien escucharlas…).

Estén atentos, que una vez pasan… se acabó.

No son las gaviotas como las pánfilas golondrinas, qué va. Las gaviotas son pájaros como dios manda, pájaros borrachos que siempre buscan el bar último, la chica rezagada, el magreo fácil, el porro abandonado en el cenicero.

Igual que los poetas. Y los malos ladrones.

Hagan como Thomas Bayrle: investiguen las posibilidades de cambio que pueden aparecer en el horizonte

-lo que queda debajo del graznido de las gaviotas- ,

de ese grupo de gaviotas de las que siempre queda alguna rezagada y a la que hay saber agarrrarle el pescuezo bien.

Pero paciencia. Sepan mirar con pericia, y aprendan a esperar mejor.

Las cosas, miradas de lejos, esperando por sus posibilidades, nunca son lo que parecen

Las cosas, miradas de lejos, esperando por sus posibilidades, nunca son lo que parecen

[1] Roberto Bolaño. “El hijo del coronel” en El secreto del mal. Ed. Anagrama. Barcelona. 2007.

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