Contra la fotografía

desenfocado

J. S. de Montfort desenfocado

1.

Ni soy fotógrafo ni lo pretendo,

ni aficionado al arte del retrato ni nada.
Que no, que soy escritor.  Y alguien que vive, a su pesar.

Pero como tengo un móvil, igual que todo el mundo, me gusta eventualmente echarme alguna instantánea a mí, o a lo que sea que me rodea en el momento de tomar la foto

(en el momento de sentir que quiero tomar una foto).

Me gusta esa especificidad aleatoria del instante.

El que domina la máquina y la técnica, podrá objetar que pone su ojo sobre la realidad y, de modo intencionado, la deforma al accionar el disparador y jugar con el foco, al advertir las sombras y el contraste para que nada salga en la foto que él o ella no quieran.

Cierto.

Bien, pero yo no quiero domeñar a la máquina ni saber de geometrías, luces, sombras ni colores. No es mi propósito.

Yo no soy un fotógrafo, ni experto ni aficionado ni sobrevenido.

Yo sólo soy alguien que tiene un móvil -igual que todo el mundo- y al que le gustan las fotos que no son fotos, puesto que no tienen la pretensión de serlo.

A mí me gustan las fotos que nacen ciertamente del desastre que produce ser voluntariamente bisoño -y reconocerlo- en los términos en los que se ejercita el arte de la fotografía.

A mí me gustan las imágenes que no son fotografías sino que apenas juegan a ser cadáveres exquisitos.

Porque la fotografía exige el posado y así evidencia la manipulación.

Y a mí me gusta la realidad azarosa del instante, esos fragores de cada segundo, de tantos cientos de segundos al día que nadie apresa ni aprehende y que, sin embargo, suceden, del todo ajenos a nosotros.

Suceden sin nuestro consentimiento.

Por eso no me gusta la fotografia, porque exige un pacto.

Por eso detesto a la fotografía, porque no es realidad sino impostura.

2.

A mí lo que me gusta es levantar el móvil y ver qué tiene que decir el móvil Nokia sobre mí, desde su pequeño ojito en la parte trasera, me gusta saber cuál es la imagen con la que la realidad del Nokia me representa

(no la coherente y organizada que se demuestra en cada gesto que delata nuestra personalidad sino la realidad pura, la que nos aprehende en tanto que nosotros estamos despistados)

Esa realidad inocente del descuido es la que me interesa ver en una instantánea, porque todo lo otro es elaboración y, por tanto, no está libre de sospecha.

Me gusta la realidad ingenua, esa que toneladas de información y de estímulos nos esconden a diario.

La realidad que estaba antes de nosotros, esa realidad me gusta, esa realidad  que seguirá estando cuando cada uno de nosotros se haya ido.

Lo que sea que no somos nosotros, ni nuestra mirada, ni nuestras ideas ni miedos, lo que sea sobre lo que no podemos imponer un criterio.

Eso que se escapa,  que tal vez no exista más que hipotéticamente.

Todo aquello ajeno a la voluntad de dominio.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo El yo y sus aledaños

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s