(En)cartes y (Des)cartes

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Jane Hirshfield. French Horn.

1.

Estos días últimos,

aparte de disfrutar fiestas en pisos de amigos y atender cenas de casi trabajo, aparte de haber visto a Nacho Vegas en el Auditori y comprar libros y hasta leerlos y de preparar un viaje a Bruselas el viernes y otro a Madrid la semana próxima (ambos a un tiempo de placer y de casi trabajo),

pues aparte de esto, he estado trabajando duro en el relato “Tarde en Lisboa”.

Lo que pueden imaginar: trabajar de valiente, escribir mucho un día (dos páginas), borrarlas al día siguiente, escribir mucho más al día siguiente (tres páginas) y al otro día -hoy- dejarlo todo en un parrafo o casi dos.

John Updike, que ha escrito más de sesenta libros, no pasaba de las tres páginas diarias. Lo cual es apenas nada si lo comparamos con las veinte páginas de Bukowski.

En fin, que esta noche continuaremos, esto es lo importante: no cejar nunca en el empeño.

Pues bien, como un blog es un lugar bueno para estas cosas del work in progress y un blog o es un dietario o no es nada, pues voy a copiar una de las escenas del relato que se ha quedado fuera pero que a mí me parece hermosa

(hermosa con esa hermosura trágica lisboeta, claro).

2.

Tal que así:

En la entrada de la gasolinera hay una mujer vestida con altos tacones que obstruye la puerta de acceso a la tienda. Pienso que debe ser una puta. Lleva unos pantalones acampanados. Una gabardina marrón. Pendientes de esos pequeños, con un mínimo diamante que brilla en sus lóbulos. Una chica discreta, pienso. Tal vez. Me gusta. Pienso que es una puta que espera a un cliente. A pesar de las pocas probabilidades de que esto sea cierto, me deleita sólo pensarlo.
Noto que se me cae el vaquero. Me sorprende que me venga grande. No lo recordaba así. Al darme la vuelta y coger la manguera para llenar el depósito y tratar de sujetarme el vaquero que me cae, advierto que la tira de la braga de Albertina se me va a notar en la cadera. Me pregunto cómo harán las mujeres, pues.

Es tan difícil que la tira quede por debajo, tan difícil… la chica de la gabardina tiene pinta de llevar bragas negras. Un lacito. Diversos bordados en tonos marrones, amarillentos. Siempre imagino a las mujeres portuguesas con bigote. A la chica de los zapatos de punta en medio de la gasolinera también. Es puta y lleva bigote, pienso. Sólo que lo disimula con maquillaje.
El caso es que ello no desinfla mi excitación.
Es más alta que yo. Un palmo por lo menos. Bueno, unos cuatro dedos. Y eso que yo no soy ni mucho menos bajito. Un metro setenta y siete.
En tanto que me pongo las manos en el bolsillo a la búsqueda de unas monedas o billetes o simplemente hago como que busco algo importante para que la chica no sospeche, la escruto en su hablar por teléfono. Una mano agarra el teléfono. La otra baila sobre la cadera, roza el tejido negro y afianza un bolso que yace sobre su hombro izquierdo.
Se mira obsesivamente la punta de los zapatos. Las levanta. El cinturón de la gabardina le cuelga ambos lados de la cadera. Se mueve. Las puntas del cinturón se le bambolean. Tiene el cabello horriblemente negro.
He puesto exactamente cinco litros con treinta. Gasolina diesel. Óptima. Me gusta saber de las cifras que me rodean: cuatro coches repostando. Dos de ellos negros. Otro verde. Otro rojo. Me gusta saber de la especificidad de las cosas: Treinta y dos años, son lo que debe tener la chica del pelo horriblemente moreno. Y un treinta y nueve de pie.
Camino hacia ella. Muy lentamente.
Saco la tarjeta del bolsillo. La de crédito. Es de Albertina. Como en Portugal sólo te piden el pin puedo utilizar las que le da su padre. Su padre no le controla los gastos. Albertina no las utiliza nunca. Las guarda en su dormitorio, ese que solo utiliza ella, cuando está cansada o abatida o preocupada o distante, que viene a ser exactamente el sesenta y tres o setenta y ocho por ciento del tiempo que pasamos juntos. O sea, cuando no está de viaje ocupada de los asuntos… sus asuntos.

No sé, me fascinan las cifras y, sin embargo, sus temas aburridos de la consultoría hacen que mi atención se desvanezca de un plumazo, con una determinación inquebrantable.
Camino hacia ella. Lentamente. Hacia la puta.
Es tan meticulosa, Albertina, pienso, además, que siempre elige la misma combinación secreta para todas sus cosas. Números de tarjeta, direcciones de correo electrónico, el móvil… todo. Tan previsible.
Dejo caer la tarjeta de crédito en el suelo (finjo torpeza y que se me ha caído justo por ello), justo al lado de los zapatos de alto tacón y la gabardina y ese cuerpo portugués de metro ochenta y dos, más o menos.
Me rasco mi pelo desordenado y rizado. Hago una mueca.
La puta portuguesa me mira los pies desnudos, frunce el ceño. La chica del cabello negro y los treinta dos años. En este momento pienso en cuánto me gustan mis pies desnudos. Me gusta toda mi desnudez, en general.
Al tiempo, como impelida por esa brava excitación de un frío súbito –o del reconocimiento del peligro, lo que viene a ser lo mismo-, la braga de Albertina aprieta, me aprieta fuerte y terca a los lados, me constriñe la carne justo en la parte alta de los muslos. Pero, ah, me gusta. Sí.
La determinación de sus ojos marrones –los de la puta- y su metro ochenta y dos, más o menos, ahora mirándome con esa mirada pulcra y obsesiva de las chicas trágicas, acierta a disparar la actividad en los aledaños de la braga, en mi entrepierna. Y entonces las gomas aprietan más y, por lo tanto, duelen más. Y ah, también dan más placer. Sí.
Así es que mi erección me sujeta los pantalones y, justo por ello, no caen –los pantalones- y se cuidan de resguardarme la lividez de la braguita cruzándome perversa la nalga. Saber esto me produce cierto abyecto placer. Saber asimismo que ella no lo sabe –el roce sensual de la seda de las bragas de Albertina sobre mi miembro- es la clave de la vileza de mi disfrute. Y también la puta, a la que niego el conocimiento de mi placer. Saber que ella tampoco lo sabe, duplica, qué digo, ¡triplica! mi lidibinez.
Nadie niega consuelo a la gente que sonríe, pienso, y así raudo me pongo frente a ella –de la puta-, aprovechando el forzado movimiento de recoger parsimoniosamente la tarjeta de crédito del suelo e ir poniéndola en mi bolsillo trasero; le susurro así un verso de Pessoa –se lo susurro a la puta y al viento mismo-: “como si cada beso/fuese de despedida”.
Y le hago un gesto con la mano. Y le tiro un beso. Y vuelta a sonreír. Yo. Porque ella, no sé. La puta, la puta no hace nada, hasta que se envalentona y no para.
La puta portuguesa no susurra sino impreca ya no versos sino insultos. Supongo, no sé, pues esa fatal cadencia del luso podría significar cualquier cosa… es difícil saber cuándo una chica portuguesa está para el amor o para la pelea, si no es que ambas cosas son lo mismo para ellas.
La poesía está en todo –digo de nuevo, obstinadamente y repito-, la poesía está en todo: en la tierra y el mar, en el lago y en la rivera del río”.
A Albertina le encanta Pessoa -a pesar de ser regiamente castellana- me digo para reconfortarme, en tanto que quizá me haya arrimado demasiado a la puta, y mis manos se hayan excedido por sobre su trasero.
Y recito pomposamente:
“ También esta en la ciudad, no lo niegues –llegados aquí le sonrío teatralmente-, se hace evidente a mis ojos…
(le señalo sus senos portugueses -a la puta misma- y el amor se muda finalmente a pelea)
Qué lástima, pienso, mientras noto sus puños irascibles en la nuca. Qué injusticia, todo.

3.

Aclaración (pertinente):

Un relato no debe ser jamás un río

-y ya no digamos un atorado afluente- ,

ni debe permitir un relato bien hecho tampoco la desmesura -torpeza- de ir desbordándose por las cuencas provocadas por el mismo trazo de su dibujo.

Este es el motivo por el que he sacado esta escena de mi relato, pero me parecía bonita, así que la he puesto ahora aquí, en este chiringuito lleno de fanales apagados al borde de un río cualquiera que este blog.

Este pecado es justamente lo que le pasa a Estrella Distante (Roberto Bolaño). Es un mal chiste hinchado, preludio y ejercicio narrativo para poder acometer más tarde Los Detectives Salvajes, por supuesto, pero relato fallido al fin y -lo que a mí más me interesa- prueba de trabajo, promesa de obra futura. Su grandeza está más en lo que permite vislumbrar que en el relato mismo (porque el relato se desborda por sus mismas cuencas).

Igual ocurre con “El arrebato de Lol V. Stein” de Marguerite Duras, que he comenzado a leer hoy.

La Duras da precisa en las distancias más breves, en la novela corta, especialmente (acuérdense de la volcánica eficacia de “El amor” o “Los amantes” o la delicia de sugestión que es “Moderato Cantabile“).

Y lo mismo podría decirse de Andre Gide o Turgueniev.

Aquí (en “El Arrebato…”), la Duras se vuelve morosa y su particular caleidoscopio donde se suelen enfrentar reflejos de espejos en un mismo punto, debido a la tardanza en retirar la luz del foco, el efecto “plástico” (y esta es la grandeza o hallazgo mayor de Marguerite Duras) se difumina y directamente flaquea y se hunde en sus propias aguas. Flop, se ahoga.

No obstante tiene una frase hermosísima (bueno, algunas más, pero esta especialmente). Y por eso ya vale la pena esta novela entera.

Dice:

Creo que ahí, en la monotonía de la lluvia, debía de encontrar esa otra parte uniforme, insípida y sublime, más adorable para su espíritu que ningún otro momento de su vida presente

Oh, Marguerite, cómo no amarte!


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