(In)Decisiones

1.

The French are certainly misunderstood:-but whether the fault is theirs, in not sufficiently explaining themselves; or speaking with that exact limitation and precision which one could expect on a point of such importance, and which moreover, is so likely to be contested by us -or whether the fault may be not altogether on our side, in not understanding their language always so critically as to know “what they would be at”-I shall not decide `[1]

2.

Mr. J. s de Monfort longin´ for... what?

Mr. de Monfort longin´ for... what?

3.

A mí me gusta esto.

Me gusta esto de que sean las cinco de la tarde, las cinco y dos minutos exactamente. Ahora ya las cinco y veintinueve (porque he dejado el blog -el post- abierto y estaba a otras cosas como la música o los mails, el cigarrillo y el placer de mirar la tarde palida y, cansado yo, pero todavía escupiendo la fosforescencia última del invierno , la tarde fosforescente, y yo: observándola, sólo observándola y fumando y seleccionando canciones o acaso haciendo que los ojos se abriesen y cerrasen, impulsiva y rápidamente, como para darle tono de discoteca a la tarde: zus! zas! zus! zas!).

A mí me gusta esto de no tener que decidir, de estar dándole a la tecla del mac y que las ideas peregrinas vayan y vuelvan o se marchen. Y me gusta mucho haberme hecho esa foto de arriba hace apenas una hora, en la parte trasera de la UB, justo al salir hacia la Gran Vía, con esos ojos histéricos y agarrotados y haberla puesto arriba enseguida: he aquí la felicidad, ahora,

el ejercicio libre de la voluntad (la cita es de John Fowles).

A mí me gusta poder estar a la tarde y servir un grandioso vaso de vino.

En copa grande.

Y bebérmelo, Glup, glup, con delectación y con la máxima alevosía.

Me gusta lo de estar de amanecida, o sea, sin haber dormido desde el sábado y, sin embargo, sentir agradecido ese cosquilleo de los ojos que quieren cerrarse, esos pinchazos en la columna también, atrás, jugueteando, no agradecidos sino demandando un poco más de acción, que si no se me duermen… quizá comience a quitármela la ropa. A ver.

(no estoy solo)

Me gusta el hecho de no saber exactamente qué hacer, ahora mismo.

Ni siquiera tener que ceder al planteamiento de decidir qué podría hacer, así, así, en tono cabal, con seriedad, com hacen los hombres juiciosos, como enfurruñado quizá, adoptando la justa mesura y una resolución inquebrantable.

Pero es que… Sí, me gusta el crapulismo. Vaya. Me parece que esto está bien claro.

Porque

la felicidad objetiva es que no tengo ninguna obligación que acometer en breve.

La cama, si acaso.

Poner la radio, si acaso.

O no.

Esconderme debajo de unas sábanas oscuras, de una cama en la que, a pesar de ser de matrimonio, se me salen los pies por fuera. Soñar un buen sueño hasta la hora de la cena.

No sé,

dado que puedo hacer cualquier cosa, mejor no hago nada.

Y espero aquí, a ver qué tal… a ver si algo sugerente y lascivo y procaz sucede.

Me sucede a mí. A mí que me gusta que esas cosas me pasen.

[1] Tristam Shandy (1980). Laurence Sterne. Edited by Howard Anderson. Volume VII. Chapter XVIII.P.350. London: A Norton Critical Edition.

Actualización (03:11 am // martes 27 de Enero):

Leo a Umbral, en el baño.
Son las tres de la mañana. Me desperté sobre la medianoche, cené una pizza y ahora estoy tomando el primer café de la madrugada. Y fumando el primer cigarro del segundo paquete del día.

Pero antes de haberme sentado y de escuchar a los vecinos comentar algún programa televisivo estaba en el baño, preparándome para la ducha, y leía a Umbral.

al Desnudo.

Abrí el libro al azar, sojuzgado por el destino de lo incierto -aunque en Umbral una cosa son todas las cosas y todas las cosas son una sóla: él mismo-

y leí lo siguiente:

A uno se le ocurre, por ejemplo, una mañana: “Homenaje a Noviembre”. Qué hermoso, qué extraño título, nos decimos. Y habría que escribier el libro sombrío y hondo que correspondiese a ese título. [2]

No nos es ajena la realidad, así como nos parece tantas veces. Qué va, no lo es. Sólo que la realidad es más precisa en los libros y más profusa en la cotidianeidad que nos sucede a diario. Sólo que la realidad se deja más fácilmente meter mano en la línea en blanco cruzada de grafías y páginas y páginas y nos desdeña con sus garras en las horas que nuestro cuerpo se deja vivir en los aledaños.

Y digo esto porque hay veces en las que la vida toma forma de mujer y  senos hinchados y citas para lo esto y para lo otro (yo mismo, hoy, esta mañana: entrégame un papel, imprime lo otro, sonríe, luego vete);

pero, otras veces, y no digo las mejores sino sólamente otras veces, la vida nos es más grata, cercana y comprensible, y nos es amiga en esas líneas que leemos o pergeñamos, en esa novela que estamos escribiendo o que leemos con gusto.

Y sucede  así porque nos damos a nosotros mismos a través del sueño de estar con otros y conocer lo ajeno, palabras hechas historia e historia devenida misterio de libro o literatura.

Así con las líneas de Umbral que me han sofocado, avergonzado y hecho bien en la misma medida. Las líneas de Umbral ahora, hoy, han sido lo otro, lo que andaba buscando, indeciso, esta tarde sin saberlo.

Y por eso el tedio de la cotidianidad, que no nos gusta no porque sea aburrida, ni por las zarpas malévolas que debemos ir esquivando,

la cotidianidad no nos gusta porque es una historia que escriben los otros, son palabras y frases y párrafos que maquinan los otros, tanto sea a nuestro favor como en contra, es lo de menos.

Las líneas de Umbral sí me gustan, sí me han venido bien

Y encontrar en él esa palabra: “Noviembre”, achacoso título que no tiene médico que le ausculte ni escritor que le escriba. Bueno, miento, no tendrá escritor el Noviembre del título de Umbral, porque mi Noviembre sí lo tiene. Soy yo.

Yo le estoy escribiendo a Noviembre su libro, mi próximo libro tendrá la palabra Noviembre en su título. Y es gracioso que el recordatorio de la tarea, esa alarma de la agenda, haya saltado en el baño, justo hoy, día en el que mi cansancio era ridículo de elevado (lo sigue siendo) ,hoy: leyendo el libro de Umbral “Mis paraísos artificiales”, un libro que viene con 34 años de distancia.

Un libro todavía joven, pero con la suficiente madurez y atemperancia como para ser el libro al que justo hay que darle salida ahora y en el momento más apropiado para ello, a mis treinta + 1 años.

Que la suerte esté con nosotros, eah.

[2] Francisco Umbral. Mis paraísos artificiales. Editorial Argos. Barcelona. 1976.

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