Actos ridículos

1.

Me saluda,

sabía que me lo tendría que encontrar, pero uno nunca se prepara para ello.

Alza la mano, hace porque me detenga y viene hacia mí.

Ha salido de una de las esquinas y, por ello, me ha pillado de improviso.

Vamos hacia la sala de pleitos. Yo delante, con mi madre y el abogado.

Me detengo. Ellos dos se apartan a un lado.

Viene, camina, camina zumbón y se apresura y me encuentra justo en la esquina antes de entrar a la puerta,

y lo terrible es que su sonrisa no es de farol, no trata de congraciarse ni buscar mi favor a su causa, sino que no concibe razón para que, en respuesta, yo no se la devuelva. La sonrisa.

Piensa que no queda remedio de mi parte sino ser amigable con él. Así piensa mi padre. Vive en su mundo de pin y pon. No concibe que las personas tengan opiniones contrarias. No alberga siquiera la posibilidad de un diálogo.

El mundo o es el mundo al revés en el que habita su cabeza, o nada. Es decir, sí, todo lo demás es una afrenta irracional, injusta y desmedida, siempre en su contra, claro.

A su lado va un señor con traje y una maleta marrón, de piel. El traje es un traje, sin mayores detalles destacables. Una corbata igual a todas las corbatas del mundo y su cara de idiota, igual a la que exhiben impúdicos todos los idiotas del mundo.

Quiere que le dé la mano, pero no se la doy. Mi padre.

Simplemente digo “hola”. “Qué quieres”.

El juez y su secretaria y sus dos ayudantes -o lo que sean- hacen acto de presencia. La gran puerta marrón se abre y el sonido de la puerta resuena en la vacía y espaciosa sala de pleitos

Acabo de llegar de la estación del tren. Vengo de Madrid. Es un día por la mañana, las once y media, pongamos. Diría -si no me equivoco- que se trata del año 2003.

He hecho unos cuatrocientos kms para esto. Para repetir una frase que llevo toda la vida repitiendo sin hallar justa respuesta (ni respuesta de ningún tipo más que la contrapregunta “qué tengo que querer, pues?”).

Nada, claro. Nada. Vds, perdone, señor padre.

2.

Es un juzgado, inocuo y, a la vez, sádico, como todos los espacios de la burocracia oficial. Es un triste juzgado, y ya sé que se trata de un pleonasmo.

Hay muchos bancos. Para testigos que no vendrán. Público, cámaras de televisión… pero no hay nada de eso.

Hay un silencio abtruso y un resonar y resonar de cada uno de los movimientos de las sillas en el estrado, las carpetas que chocan contra la madera de las mesas, el eco y la reverberación de los micros, que se van encendiendo de uno en uno y alguien -¿un alferez? ¿un bedel?,¿otro imbécil más?- dice “hola, hola”.

El imbécil dice: “probando, probando” o dice lo que sea que dicen los bedeles, los funcionarios, todos esos imbéciles.

Me siento a la derecha. Con mi madre y su abogado. Un tipo con un traje que es sólo un traje, la misma maleta marrón de piel que usa su colega y su idéntica cara de idiota.

A la derecha se sientan mi padre y el abogado clónico.

Mi padre me mira, alza la mano. Me sonríe. En el mundo de pin y pon debe ser un personaje, pienso, seguro que todos lo tienen en alta estima.

En el mundo de pin y pon, claro.

No podría cuestionar en lo más mínimo la ejecución: todo es impecable. El juez, los ayudantes, los abogados; todos ahora con sus togas y sus papeles y los micros funcionan y nosotros quietecitos en nuestros asientos mirando al frente, escuchando al alguacil (o cualquier memo con su cara de memo al que se le ha destinado la labor de abrir el fuego).

Pienso que esto podría tratarse de un matrimonio, un bautizo, una comunión, la confirmación, etc

Lo irónico, si se piensa, es que todos esos asuntos ya han sido tramitados con anterioridad. Felizmente, se podría arguir. Pero si uno mira a mi padre y su sonrisa, nadie negaría que se trata de un asunto para él sino feliz sí ameno.

3.

Se habla de números, cantidades, demandas, contrademandadas. Argumentos y contraargumentos.

Por el momento la palabra la han tenido los abogados, el juez, alguno de los ayudantes que han murmurado vaciedades (o masticado el bocadillo) o acaso es que tosieron y, ah, la mecanógrafa, que se me olvidaba. Ésta actúa como en delay.

Entonces, unos diez minutos después, o quince

(y pienso, qué suerte, porque normalmente en los matrimonios, y los bautizos y las comuniones la cosa va mucha más lenta),

pues el señor juez, me dice “tú”.

Y añade “levántate”. Y continúa “acércate”. Y señala el micro y sus preguntas van rápidas:

“esto-lo-otro”,

y yo “no” y “no” y “no” y “pues no”.

Y dudas:

“porque tú hiciste esto y luego lo otro y después lo de más allá y…. es verdad y.. es verdad lo otro… y, pero bueno, lo importante, ahora qué?”.

Y yo: “pues ahora… literatura“.

Y la palabra literatura queda majestuosa, grácil y elástica en la sala y va dando brinquitos en la maquina de escribir de la taquígrafa y se esfuma por el viento de la sala y el juez dice:

-Ah… bien!

Y murmura algo para sí. Y dice: “suficiente”. “Esto es todo”.

4.

La sala se queda en silencio.

Deliberan. O hacen como que deliberan (o a mí me gustaría que deliberasen).

O simplemente sucede algo más vulgar y dicen: “ya tendrán notificación”.

El caso es que no hay respuesta en ese mismo momento.

Y dicen esa cosa tan fílmica de “se levanta la sesión”.

Y todo el mundo parece estar satisfecho.

La cuestión es que a mi padre no le han quitado la sonrisa y, otra vez, se acerca zumbón y repite:

-Hola

Y es él ahora quien toma la iniciativa y dice”qué quieres”

(pero esto se lo dice a mi madre).

Y ella, pues ya supongo que contagiada por el mundo al revés, le responde:

-¿qué quieres que quiera?

Y él sonríe. Y yo sonrío. Y los abogados, que están a nuestro lado, sonríen.

Y mi madre sonríe.

Mientras me miro los zapatos y cabeceo, me paro a pensar un segundo, o digamos que una idea viene a mi mente, o bueno, digamos que simplemente noto que la sonrisa en mi boca no me produce ningún sinsabor ni tampoco alegría.

Y me digo a mí mismo “¿qué?”.

5.

A las semanas llega una carta. Mi madre me llama y me lo cuenta. La contestación es un sí para un lado y un no para el otro.

O sea una contestación ambivalente, o multifuncional.

Lo importante es que obtuve un correlato: la literatura no sirve para nada, no le importa a los jueces, a los abogados ni a tu padre. Así que apañatelas como puedas.

El correlato fue: no, no hay dinero para eso.

Pero también aprendí algo: que el mundo de pin y pon tiene sus reglas, que quería aprender esas reglas.

Aprendí que la literatura no es más que eso: hacer inteligible lo abtruso.

Por eso no se trata de esclarecer el “qué quiero” sino quererlo. Y compartirlo.

Consentir en que sí,

que todo son sonrisas válidas, pero cada una tiene su intrínseco significado.

Hasta la mía (la de aquel día y la de todos los que le siguieron), a pesar de que todavía me sigue siendo incomprensible.

Post-scriptum:

Lo vi por última vez hace unos dos años. A mi padre.

Iba con su coche. Era de noche. Eran navidades. Su sonrisa seguía intacta: dientes pequeños en una boca grande. Cabeza imposible y su pelo gris.

Dijo: “hola”.

Respondí: “hola”.

Dijo: “qué tal”

Dije: “bien”.

Silencio.

Dijo: “bueno y qué, todavía escribes,,,?”.

Dije: “…”

No, no dije nada. Sólo pude sonreír.

Más silencio. El motor en marcha. El coche en medio de la calle. Coches que venían detrás. Cláxon de los coches. Ruido de más motores. Una radio que soltaba una canción festiva.

Mientras pensaba en lo ridículo de mi sonrisa dije:

-No, qué va… ya no escribo.

Y el comenzó a carcajearse. Y eso fue todo.

Que mi añadido, ese:

“pero, ¿tú que crees?”,

se perdió con el sonido de su tubo de escape y la música risueña de un Ford y su mano, la de mi padre, que salía por fuera de su ventana y saludaba zumbona, giraba una curva y se perdía para siempre.

Hasta hoy.

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