I don´t care

1.

Me he levantado al mediodía.

Estoy en bcn. De vuelta de Portugal. Bueno, de vuelta de valencia realmente, porque el viaje en coche (cruzar el país de punta a punta) fue durante el día y hasta Valencia.

Y de ahí un tren y hasta Bcn, y un taxi y a una casa que no es la mía.
Por suerte hay ropa mía en esta casa. Incluso uno de mis sombreros.

Al hilo de esto me acuerdo de que en Nochevieja me robaron uno de mis sombreros. Bueno,es que a las chicas no-sé-por-qué les encanta quitarte el sombrero cuando lo llevas puesto.

No era uno de mis preferidos, así que tampoco me inquieta mucho.
El caso es que a día de hoy alguna chica tiene mi sombrero y yo no sé quién es.

Recuerdo la última imagen de uno de los bares de la Plaza Real, o una discoteca, no podría precisarlo. Era tarde ya, aunque el alba todavía quedaba un pelín lejana. Me marché porque tenía que coger un tren al día siguiente,el día 1, y seguía sin tener la maleta lista.

Era un sombrero gris, el sombrero que perdí. El día de final de año también fue gris, aquí en Barcelona, en una buhardilla del Borne. Cocaína, mucho alcohol y langostinos. Lo de siempre: rutina.

Y ella estaba enferma. Y no vino. Se quedó en la cama delirando. La culpa: una mala comida de un mal lugar en Nou de la Rambla. Después del concierto de Quique Gonzalez en el Apolo. Dos días antes.

El concierto de Quique fue grandioso, de final de gira.

La comida de después un asco.

La vida es así: en ella hay que pagar por todo.

La felicidad trae asociada el ulterior castigo.

2.

Así que me he levantado en una casa que no es la mía. La maleta está en el pasillo. Puse ayer una lavadora. Ahora está secándose la ropa, pero creo que llovió esta mañana y así le costará mucho más secarse. Seguro.

Pero ahí está, unas cuantas prendas mías en este balcón y otras tantas en mi terraza. No sé si alguien habrá tenido la delicadeza de recogérmelas.

Lo averiguaré esta tarde.

No tengo muchas ganas de volver a mi casa.

De hecho, lomás destacable de todo esto es que no tengo casa, quiero decir, que no la voy a tener más que hasta final de mes y que, además,  en febrero no tengo más que varios sofás aguardando mi llegada a Londres.

Pero no me intriga.

Del mismo modo que no me intrigan en absoluto unos mensajes que he estado recibiendo estos días. No sé de quién son. Es alguien que quiere quedar conmigo y no sé quién es.

Igual que unas cuantas llamadas que he ido recibiendo a horas intempestivas, en las últimas semanas. No sé quién las hace, oculta el número.

Lo único destacable es mi libertad, la ligereza del espíritu.

Y sentirse amado.

Ya no tengo trabajo, apenas la obligación de unos exámenes en las próximas semanas. Eso sólo.

Y leer algunos libros buenos y la felicidad de poder estar escribiendo esto, tres o cuatro horas después de haberme levantado

(son las diecisiete y treinta y ocho)

y dedicarme a pensar y a lavar los platos de anoche y a trabajar en la novela y a tener sexo a deshoras y a beberme ahora mismo un buen vaso de vino mientras el resto del mundo se vuelve loco con las rebajas, la crisis, recoger a los niños del colegio y que el coche hoy no arranca por el frío y que si nieva o si no nieva.

Si se me ha de castigar por esta felicidad actual, les ruego que mejor se me castigue ya muerto, en ese falso infierno que se han inventado algunos poetas.

Si no es mucha molestia.

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